La prensa hispanoamericana y la paliza nuestra de cada día... - Por Julio Carpio.
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Gabriel García Márquez

 

De nuevo, hace un par de meses, -- con sus muy particulares forma y exageraciones Gabriel García Márquez habló por todos; o, talvez más exactamente, por muchos de nosotros. (Como y cuando – en una muy recordada vez, en Guadalajara, México – pidió la modernización y la reforma de la ortografía española.) Lo último fue en Monterrey; con ocasión de la entrega de los premios de periodismo de la CEMEX (Cementos de México). Dijo, sin rodeos, que cada mañana “sufría como un perro”, al leer los indispensables diarios de la fecha. ¿Quiénes le pegaban? Pues, nada menos que sus colegas – nuestros colegas – los periodistas hispanoamericanos. ¿Y con qué? Pues, con el muy duro látigo de la mala calidad de sus productos. Muy pocas veces, --anotó – uno encuentra las valiosas perlas de unos escritos bien hechos, interesantes, inteligentes… Más que lamentable… Y – peor todavía – en una región cultural del mundo que presume de una literatura buenísima y floreciente. (Si hubiera control de calidad en los diarios, algunos periodistas, ¿no merecerían, por lo menos, unas buenas multas? ¿Y si se castigara – como en el caso de los médicos – la mala praxis profesional…?)

¿Estamos hilando demasiado fino? No, señor. Quienes leyeron AVANCE, hace unos años, se acordarán de aquel acertado lema: Por el derecho del pueblo a la información *. Aquí, observemos bien: hay, efectivamente, un derecho. (Y, en la contracara, un deber: el pueblo responsable está obligado a informarse.) Y los medios están en el medio: para dar el derecho y facilitar el deber. Y los gobiernos – si son competentes, ilustrados y democráticos – deben garantizar la información (la independiente, la plural, la idónea). Beneficia a todos. Bueno, otro tema para pensar, juzgar y escribir… Sigamos.

Y veamos, ahora, al azar, unos detalles de lo que García Márquez puede estar encontrando cada día. Ha avanzado una mala moda: la noticia comentada. (Ejemplo. Una presentación de Cristina Fernández, la Presidenta argentina. Los comentarios del reportero sobre la vestimenta, el maquillaje, la retórica, etc., son impertinentes y casi irritantes. Y dejamos aparte las fallas de la organización del material y las deficiencias del estilo.) Otra: Es molesto encontrarse con unas malas traducciones de noticias y comentarios. (Ejemplo. Algunos diarios españoles traducen el inglés americano a un castellano salpicado de coloquialismos peninsulares. ¿Hará falta decir que, en ciertas partes, tales textos resultan casi ininteligibles?) Tercera: Vemos unos diarios colombianos. (La redacción pesada y desmañada es la regla. ¿Saben los periodistas implicados que los mejores diarios tienen sus propios libros de estilo y que los siguen?)
Cuarta: En muchos países, la mala titulación ya no causa ninguna extrañeza. Quinta: Las faltas de sintaxis y de ortografía se hacen cada vez más abundantes. Por doquier… (Donde unas amplias mayorías son analfabetas funcionales, ¿a quién puede importarle este defectito? Bueno, suficiente. Cerremos este párrafo.

Pero lo peor viene con la opinión. La opinión, en su cabal y amplio sentido, -- es decir, la interpretación de los hechos – es lo que ordena, arma y organiza el semicaos de las abundantísimas noticias. Los hechos, en sí mismos, tienen nada más que una significación particular y escasa. Sólo adquieren una significación pública y plena cuando se los sitúa, se los mide y se los compara. Esta operación, usualmente, se la hace en dos etapas: (1) apreciación y (2) análisis. Avancemos con un ejemplo adecuado. Venezuela, 1991. Chávez da un golpe de estado. Sorpresa. ¿Qué pasó? Primera etapa: Los conocedores – ojo: conocedores; especialistas, sería mejor – dan sus primeras apreciaciones. (Conjeturas de gente enterada; suposiciones razonables, fundamentadas; hipótesis.) Así, el lector tiene una primera visión del suceso. Segunda etapa: Con más tiempo, -- para el incremento de los datos, la documentación y la reflexión – estos mismos individuos, u otros, realizan sus análisis. (Antecedentes, causas, matices, implicaciones, tendencias.) Ya tenemos, en este momento, una perspectiva más dilatada; una visión más rica y completa del asunto. Y, ya, el lector educado pudo incorporar la cuestión en el conjunto de sus esquemas y parámetros… Y el buen periodismo ha cumplido tres de sus principales funciones: informar, deliberar, orientar. (Hay otras: relacionar, difundir, distraer… Para eso, están los anuncios, los avisos clasificados, las especialidades gráficas, el humor…)

Cuando la opinión es competente, objetiva, respetable, el lector siente satisfacción; y, hasta, un cierto placer intelectual. Cuando no, -- es decir, cuando nos macanean, nos meten lata; nos ensartan vaciedades, ordinarieces, insensateces, personalismos y cursilerías; todo ese montón de intrascendencias que constituye el opinionismo – nos sentimos frustrados, estafados, despreciados, maltratados… Nos sentimos, ciertamente, casi unos tristes y pobres perros… Esta es la paliza diaria que nos da nuestra atrasada prensa hispanoamericana. Para la vergüenza: Ningún diario de nuestra muy grande región cultural ha podido, hasta hoy, organizar una buena, completa y permanente página de opinión. (Bueno, disculpémosles a los opinólogos de a pie. Hacen lo que pueden o lo que se les permite. Pero los jefes de redacción, ¿no habrán hojeado nunca el CORRIERE DELLA SERA? ¿No conocerán, por lo menos, THE BUENOS AIRES HERALD? Ellos – que son los que disponen y responden -- ¿no debieran ver bastante más allá de las ventanas de sus oficinas? )

¿Cómo explicar esta grandísima falla? He aquí una hipótesis cultural. Todos sabemos que el español es un idioma muy difundido. Pero, lamentablemente, todavía es poco refinado. Al español, le falta versatilidad; le falta internacionalidad; le falta cosmopolitismo. El español es, en el fondo, un idioma provinciano .Le falta esa sofisticación integral, que le sobra al inglés; y que, en mayor o menor medida, poseen el alemán, el francés, el italiano… Aparte de literatura, un idioma mundial debe tener cultura; mucha cultura… Cultura propia, variada y rica. Y, para eso, hay que tener una buena producción científica, tecnológica, intelectual, artística… En otras palabras, se debe conocer, en español, al hombre, a la sociedad, al mundo, al universo. Y, bueno, aquí, retomemos nuestro hilo. El día en que aprendamos a pensar con nuestras cabezas; el día en que nuestras Ciencias Sociales sean modernas; el día en que tengamos verdaderas escuelas de Ciencias de la Información… Y terminemos parafraseando a Porfirio Barba Jacob: Ese día, ese día, ese día, quizás nuestros tataranietos – si todavía siguen leyendo diarios de cualquier clase – no sean apaleados crónica e impunemente.
Sean generosamente satisfechos…

* AVANCE nació en 1978 como un periódico semanal –informativo y de opiniones- antes de transformarse en revista en 1981. N del D.
 

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