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. Por la mañana, los militares no hacen nada; y, por la tarde, descansan… (Nos acordamos de unas viejas conversaciones de nuestros mayores: familiares y sus amigos. En ellas, el tema militar solía ser recurrente.) Seguían. Que la guerra con el Perú; que los aviones peruanos que volaron sobre Cuenca y ametrallaron – creyéndolo un cuartel – el campamento de la compañía vial Ambursen; que el General Enríquez Gallo y el Código de Trabajo; que el coronel Mancheno Cajas y Velasco Ibarra; que se viene otra “revolución” (golpe militar); que es fácil militarizar a un civil, pero casi imposible civilizar a un militar… Alguien, sencillón y rotundo, afirmaba: los militares son nada más que unos brutos… Años después, -- cuando ya éramos colegiales y universitarios -- el tema retornaba, con ciertas variaciones. Que los militares son muy buenos para el 40, pero muy malos para el 41; un utopista afirmaba: hay que convertir los cuarteles en escuelas; un contertulio práctico proponía integrar el ejército a la producción: la conscripción de trabajo, la enseñanza de oficios…; un socialista afirmaba que el ejército era una institución reaccionaria (dominada por “los gorilas”). Nos queda en la máquina un largo etcétera. ¿Hace falta señalar que muchos de estos dichos implicaban una actitud desdeñosa u hostil hacia las fuerzas armadas? Quizás, no (Porque estamos cerca de lo obvio.) Sí es preciso decir, en cambio, que constituían una actitud social dominante. (En las pequeñas clases dirigentes; las que entonces importaban; es decir, la clase alta y la incipiente clase media.) Y hemos separado intencionalmente – para tratarla aquí – una curiosa opinión al respecto; algo que aún perdura. Lo que podemos llamar el costarriquismo. Es decir, el antimilitarismo abolicionista e ingenuo. (Debemos eliminar el ejército; como lo ha hecho, de modo ejemplar, Costa Rica; y, en años recientes, Panamá; y lo intentó Uruguay…) Avancemos con Uruguay. En la década de los cincuenta, -- cuando este país era conocido como la Suiza de América; una muy arbitraria comparación – se decía que los orientales no tenían ejército. Nos sorprendíamos. (Primero, por el alto grado de refinamiento civil y democrático que se les atribuía a los uruguayos. Y, segundo, porque la auténtica Suiza – muy pragmática – si tiene ejército y se dice que bueno; a pesar de no haber participado en ninguna guerra contemporánea.) Bueno, la burbuja de la perfección uruguaya estalló, para nosotros, en la década del sesenta. Un día, en Montevideo, vimos, sorprendidos, desfilar a un batallón de infantería: unos soldados blancos, negros, mestizos; unos comunes soldados latinoamericanos… ¿Qué tal? ¡El Uruguay sí tenía ejército! Eso quería decir que, de pronto, en algún momento, los orientales reconstituyeron su fuerza armada. (O nunca la eliminaron por completo.) ¡Vaya, vaya…! Y, ahora, volvamos a lo de Costa Rica. Una gran limitación: no conocemos el asunto más allá del dicho mencionado y de unas pocas referencias disponibles. (¿Hay algún estudio serio sobre el asunto? ¿Y no sería éste un excelente tema de investigación periodística? ¿Cómo se explica la singularidad de los ticos? ¿Cómo se arregla un país para vivir sin ejército? A propósito, tenemos nosotros un dato de primera mano: cuando hacíamos nuestro propio servicio militar, conocimos a un oficial costarricense que hacía cursos militares en la Escuela de Ingenieros del Ejército del Ecuador. /Año 1960. José Figueres había disuelto el ejército de su país en 1948./ ¿Para qué necesitaba la policía tica un experto en ingeniería militar?) Basta. Debemos quedarnos con las dudas. Y, si seguimos con este punto, ya estaríamos contando otro cuento.
Y vamos de sorpresa en sorpresa. A pesar de todo lo anterior, nuestros grandes hombres – salvo Espejo, García Moreno y Velasco Ibarra – son militares (en forma completa o muy importante.) Helos ahí: Huayna Cápac, Atahualpa, Rumiñahui, Bolívar, Sucre, Calderón, Flores, La Mar, Alfaro… Sucre es el más representativo. (Quiso al Ecuador. Pidió que sus restos reposaran en Quito. Allí están, en La Catedral.) Y, al respecto, hay algo especial y notable: los ecuatorianos, en reciprocidad, lo hemos ecuatorianizado. Aunque el Gran Mariscal nació en Venezuela y tiene una dimensión histórica muy internacional, es, plenamente, nuestro héroe. Cada ciudad de nuestro país tiene una calle que lleva su nombre. El sucre fue nuestra moneda… Y los grandes homenajes que se le han hecho son del todo justos. Tengamos en cuenta que – con la victoria de Tarqui – Sucre decidió realmente la existencia del Ecuador. (Si triunfaba La Mar, en cambio, talvez la mitad sureña de nuestro actual territorio habría sido parte del Perú.)
Militares son, pues, nuestros héroes; hasta, en verdad, nuestros mitos…¿ Por qué, entonces, el Presidente Arosemena – en un acto grotesco, pero muy decidor – se orinó en la gorra de un general? ¿Paradójico? ¿Socialmente esquizofrénico? ¿Del todo incoherente? Cierto. Y, más todavía, si pensamos que nuestro escaso espíritu militar es el responsable de una buena parte de la tragedia nacional. En efecto, al no tener prácticamente ejército, casi desaparecemos a mediados del siglo XIX. Nos salvamos por milagro… Al no tener un buen ejército, no supimos ocupar efectivamente el territorio que nos correspondía legalmente. Al no tener un buen ejército, no nos preocupamos de construir vías hacia nuestras fronteras. Por no tener un buen ejército, alentamos la tradicional codicia de nuestro vecino del sur… Y, por ello, aún hoy, -- después del arreglo definitivo de límites con el Perú en 1998 – muchos ecuatorianos se sienten defraudados, frustrados… ¿No lo cree? Mire usted, en Internet, las viscerales discusiones sobre la historia militar ecuatoriano-peruana. (Hay detalles reveladores, detalles que molestan, detalles que avergüenzan.) Además, por no tener un buen ejército, caímos, fácilmente, en el desgraciado militarismo… En definitiva, nos faltó temple militar. González Suárez lo notó a tiempo; y nos advirtió con el debido énfasis: Si el Ecuador ha de desaparecer, que sea con el arma al brazo, en el campo de batalla; y no enredado en los hilos de la diplomacia… (Así se habla.) Y aquí, para contrastar, pensemos en el caso de Chile… ¿Ve usted la diferencia? ¿Y por qué no tenemos temple militar? Bueno, este defecto viene de otro mayor y fundamental: tenemos malas cualidades políticas. Juan Viteri Durand – hombre muy culto y periodista hábil – sostuvo que los ecuatorianos somos impolíticos. ¿Y por qué lo somos? Aventuremos una explicación. Los ecuatorianos no tuvimos un núcleo formador urbano robusto. (Como México, Lima, Santiago y Bogotá, en sus respectivos territorios.) Nos formamos, como estado, a partir de tres núcleos urbanos más bien débiles e incoherentes: Quito, Guayaquil y Cuenca. (Ecuador: la historia de dos ciudades. O de tres…) El resultado final del proceso ha sido un conjunto flojo, diverso, gelatinoso. A propósito, nos acordamos de una exageración de José Edmundo Maldonado: Los ecuatorianos no constituimos un país; somos solamente una serie de tribus… Y, en este punto, ya es fácil deducir cuáles serán nuestras cualidades impolíticas: flojera, desorganización, irresponsabilidad, inmediatismo, quemimportismo, leguleyismo, indisciplina, rutina… ¿Puede haber espíritu militar en una sociedad de semejantes cualidades? Pues, no, señor. Y, por lo tanto y merecidamente, así nos ha ido. Eso de ser un país amortiguador tiene, de hecho, su lógica; la desafortunada lógica de nuestra geografía, nuestra historia y nuestra sociedad…
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