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Los reñidos resultados de la consulta nacional del 7 de mayo deben analizarse con objetividad y madurez, sin triunfalismos, porque el monto de los votos negativos y nulos casi plantea un empate con los positivos, son definiciones que dejan al descubierto una respetable actitud política.
Nos prueban que hubo sufragantes que no se adhirieron a las propuestas hechas ni a los textos que iban en contra de la libertad de expresión y del procedimiento para conformar las cortes de justicia.
El lenguaje utilizado en las preguntas fue enrevesado y cada interrogante iba seguida de una exagerada lista de consideraciones que volvió confusos los temas, no facilitó su clara comprensión y dejó advertir esa lamentable y generalizada ausencia de un mínimo de cultura básica en la mayoría de votantes.
Y aunque las respuestas ubicaron al si a la cabeza de la consulta, no hay que desestimar que la otra mitad de electores representa una preocupante resistencia.
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Hay otras realidades que deben sopesarse: ganó el voto positivo y al evaluarlo por géneros, el negativo mayoritario fue de las mujeres que no aceptan el autoritarismo.
Entre las organizaciones políticas, el voto contrario correspondió a los cuadros indígenas y la pregunta que buscaba excluir ciertas costumbres recreativas nacionales devino en un empate, porque se tocaban usanzas del acervo cultural ecuatoriano, difíciles de eliminar.
A este tiempo debería primar la imparcialidad y serenidad al hacer el balance, no desestimar la existencia de un sector opositor visible que arguye varias consideraciones dignas de respetarse. Impedir que se ahonden las discrepancias y optar por los consensos en temas que nos aproximen y concilien, para generar el ambiente imprescindible y necesario para las grandes decisiones.
El futuro de la vida republicana está en manos de sus gobernantes y de una población que no pierde la esperanza en mejores días.
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