¿Estamos en manos de locos? PDF Imprimir E-mail

Por Julio Carpio Vintimilla

 

Julio Carpio Vintimilla

La amenaza pública verdadera no es, en lo principal, la locura de un dirigente.
Es, sí, su temperamento dictatorial, su demagogia… Y, por otra parte, la amenaza real es, también, lamentablemente,  la desorganización social, debida a la precariedad o al colapso de una estructura política

 

Un loco hace a  ciento – solían decir, con una gramática  bastante defectuosa, los ecuatorianos del siglo pasado. Querían decir, por supuesto,  que la locura es, en cierta forma,  muy transmisible; que un loco puede  cambiar el comportamiento normal de un buen número de cuerdos. Añadamos algo: Hay quienes afirman que los locos, en determinadas condiciones y posiciones,  pueden ser sumamente peligrosos. (Sobre todo, si no se muestran muy alterados; lo cual, aunque no lo parezca, es algo frecuente. Los locos, en su gran mayoría, no le ladran a la Luna; ni andan desnudos por la calle; ni se lanzan a las piscinas  sin agua; -- como pretende la caricatura popular de ellos. Y, por otra parte, pueden ser instruidos, lógicos, empeñosos, constantes, audaces, obsesivos… Seres humanos, pues;  un poco especiales y raros, nada más…)  En esta línea, alguien se pregunta, por ahí: ¿Qué pasaría si el Presidente de los Estados Unidos sufre un súbito ataque de locura?  Y otro, más allá, explica el nazismo como un proceso sufrido por una gran nación frustrada y humillada; dirigida por una banda de perversos; los cuales, a su vez, estaban dirigidos por un loco superlativo… Y hablemos, ahora, de un nivel más bajo: nuestro nivel. ¿A Velasco Ibarra no se le llamaba, acaso, El Loco?  ¿Abdalá Bucaram no se autodenominaba “El Loco que Ama”? ¿ No ha circulado ampliamente una fotografía de Chávez, Correa y Morales  con la leyenda “Los Tres Chiflados”?  Hay, pues, sustancia, posibilidades y variedad en este tema. Sigámoslo.
Don Quijote, el loco por excelencia, siempre
con el infaltable Sancho.
Y precisemos. Loco  – como se sabe –  es solamente una palabra del vocabulario común y corriente. No es ni siquiera una palabra culta. Alienado y enajenado sí son, en cambio, dos términos cultos;  que denominan, mejor, a quienes padecen una variada serie de  trastornos y desarreglos mentales. (Que pueden ir desde una benigna manía  hasta una maligna y devastante  esquizofrenia. Nosotros estamos, en esto, nada más que consultando y siguiendo el criterio de los conocedores.) ¿Qué tienen en común los alienados? Para simplificar, diremos que muestran, en diversos grados, una defectuosa o distorsionada percepción de la realidad. Y, por lo tanto, actúan  incorrectamente. (El ejemplo más famoso de esto es el de Don Quijote: Confunde los molinos de viento con gigantes terribles y malévolos; y, de modo muy temerario e inadecuado, los ataca…)
Atención: En medidas pequeñas o medianas, todos tenemos algún defecto perceptivo. (Los poetas – anota alguien – son unos loquitos inofensivos… Y, por su parte, la sabiduría popular afirma rotundamente: De músico, poeta y loco, todos tenemos un poco…)  Bien sabido, ciertamente;  y, prácticamente,  indiscutible.
Al revés, lo discutible son las consecuencias que se pueden sacar de  tal, admitido, principio. Ejemplo: Si los alienados son pública o políticamente peligrosos, las comunidades o las sociedades debieran defenderse de ellos… (Nos acordamos, en este punto,  de una reseña de  EL PODER Y  EL DELIRIO;  un libro, sobre Hugo Chávez, del mexicano Enrique Krauze.)  Por lo tanto, unos cientos de miles de firmas, o el pedido del congreso,  podrían bastar para que una junta de siquiatras destacados  establezca si un presidente tiene o no  las condiciones mentales necesarias para dirigir un gobierno.  (En un terreno semejante, hay quienes han propuesto  que los políticos  debieran pasar un examen de suficiencia  en materias sociales y administrativas.) ¿Razonable?  En principio, parece que sí. Pero, a poco de andar, nos encontramos  con dificultades insuperables. Una: ¿Se debiera  impedir que una señora sea alcaldesa de una ciudad porque  presenta síntomas claros de histeria, depresión o bipolaridad?  No, por supuesto. Sería un obvio y neto discrimen; un proceder incivil… (Y, si el tratamiento ha controlado la enfermedad, ¿qué problema hay?)  La solución – de los problemas que traen algunos  extraños y extravagantes gobiernos – no se encontrará, pues, generalmente, siguiendo el resbaloso camino de la exigencia de la salud mental. Ese lector que escribe “¡Amarren  al  Loco!”,  aparte de ser irrespetuoso, es un simplón.  Habrá – es lo necesario -- que ver el asunto desde otro punto de vista.
¿Entonces?  Bueno, pues parece que  los problemas políticos sólo se pueden arreglar  dentro de la misma política y con la misma política. Quede claro: La amenaza pública verdadera no es, en lo principal, la locura de un dirigente. Es, sí, -- por la parte activa --  su temperamento dictatorial, su demagogia… Y, por otra parte,  -- por la pasiva --  la amenaza real es, también, lamentablemente,  la desorganización social. (Debida, ésta,  a la precariedad o al colapso de una estructura política.)  Expliquémonos. En una sociedad sana, razonablemente democrática, e instruida, los enajenados avanzarían poco en la cuesta del poder. Sobre la marcha, en el ascenso, dejarían al descubierto su irracionalidad, sus debilidades, sus extravagancias, sus disparates… (En definitiva, más que su locura, su falta de dotes.) Avanzarían mucho, en cambio,  los razonables, los  tolerantes,  los centrados, los vigorosos, los competentes, los creativos, los inspiradores… En pocas palabras, los buenos y verdaderos líderes. (La superioridad de los méritos y las obras.)  Para no ir muy lejos, -- y para concretar – es difícil  concebir el ascenso político de un Abdalá Bucaram en unas sociedades relativamente maduras como la costarricense o la chilena. (Donde predomina la tendencia al liderazgo positivo.) Otro ejemplo. Si la estructura política venezolana se hubiera mantenido más o menos fuerte, le habría retirado a Chávez, de por vida, su derecho a ser elegido. Eso es lo que una buena y competente democracia debe hacer con los golpistas. (Pero, los venezolanos ya habían olvidado las elevadas lecciones de Rómulo Betancourt; y estaba creciendo, netamente, entre ellos, la tendencia al liderazgo negativo.)
En definitiva, lo correcto y  lo acertado es detener a tiempo a los autoritarios. En otra forma, reconocer a la libertad como el primer derecho y la primera obligación de todos. Derecho: disfrutar de mi libertad. Obligación: respetar la de los otros. De hecho, los dictatoriales – atropelladores  pertinaces de la libertad y la voluntad de la mayoría --  se autoexcluyen de un verdadero sistema democrático. Remate y remache: ¿Oyó usted aquello de que dónde hay  un abusivo, hay un permisivo. (La parte activa y la parte pasiva de las dictaduras.) Entendámoslo bien. Y procedamos en consecuencia.
Para concluir, ¿pero qué sucede en un país cívica y políticamente atrasado como el Ecuador?  Pues, que nuestros partidos políticos –que siempre fueron raquíticos, depresivos e ineficaces – se murieron súbitamente, se suicidaron o se convirtieron en zombis, unos días cualesquiera  de los primeros años de la década de los noventa.  ( ¿La Izquierda Democrática no es, acaso, un auténtico zombi? ) (Todos los partidos; con la sola y terrible excepción del extremista y corporativo MPD.) En esta forma, dejaron un enorme  vacío de poder. (El que, en otros tiempos,  habría sido llenado por una usual y común dictadura militar. Pero, por entonces, los militares latinoamericanos  se  habían vuelto impresentables e inaceptables  en el escenario internacional.) Hubo, entonces, que buscar  unos postizos y malos sustitutos: todo un largo conjunto de irresponsables,  oportunistas, rutinarios, anticuados, fanáticos, demagogos y dictatoriales. ¿Nombres? Ahí van: los bucarames, los alarcones, los gutiérrez, los correas… En manos  de ellos, estamos y estaremos. (Si no logramos madurar como sociedad y como nación.)  En fin, estos variopintos individuos bien pueden ser, al mismo tiempo, locos; pero, eso es  relativamente secundario. Es sólo, aunque grande,  una mancha más de la piel de  los viejos, muy conocidos y peligrosos  tigres  demagógicos y dictatoriales.

 

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