El mandato de las urnas hay que aceptarlo y respetarlo: es obligación legal, moral y ciudadana. Las pugnas políticas terminaron y sólo queda acatar la voluntad soberana del pueblo. Daniel Noboa ganó la presidencia y su triunfo es un pronunciamiento histórico contra tendencias políticas con marcas de corrupción e intolerancia cuando ejerció el poder.
Al joven mandatario corresponde impulsar la renovación política y el cambio en la práctica de la democracia en libertad, justicia, paz y seguridad. Tras la campaña despiadada de la candidata vencida, defensora de la impunidad ante el despilfarro del erario público y otros males, renace la esperanza de un Ecuador honrado en todos los ámbitos de la gestión pública, sin perdonar las cuentas pendientes de líderes prófugos o con firmes sentencias judiciales.
Al electo gobernante corresponde no defraudar a sus electores. Está obligado a dirigir el país hacia una democracia auténtica, desterrar la corrupción, recuperar la honestidad del sector público, respetar la independencia en las funciones del Estado y, sobre todo, ser leal al electorado que reclama Un Nuevo Ecuador, frase que repetía en su campaña. La candidata perdedora no acepta los resultados electorales, actitud preponderante de una política improvisada que repite lo que ordena el dueño de su partido.