El hechizo de la manipulación comunicacional seguirá provocando lástima por la suerte de los cubanos que hurgan en las fundas de basura en busca de comida, apartándonos de la visión a los pobres que también obran así en nuestras narices, en los barrios citadinos del país
Tal como va la suerte de este reino andino, la única distribución realmente democrática es el horror. No el simple miedo individual ante lo que a todos podría sobrevenir en forma inesperada: accidentes de tránsito, contagios virales, caídas, apagones, eventos de algún modo previsibles, manejables. A este respecto, siempre quedará la tranquilizadora posibilidad de la idea expresada por un filósofo francés, quien aceptando el morir como el final inevitable de todo ser humano, aspiraba a que la muerte hiciera con él una excepción.
Sin miramiento alguno, en cambio, el miedo elevado a la máxima expresión se transforma en horror colectivo; por ejemplo, temer que en un recodo del camino a casa brille frente a los ojos un arma blanca o que suenen en el alto silencio de la noche los disparos, sobresaltos imprevisibles, inmanejables, hoy rutinarios sobre todo en regiones y ciudades costaneras.
Aquellos riesgos vitales escapan al control individual y recaen bajo la obligación del Estado, pues no constituyen causa sino consecuencia de una secular desprotección estatal. Resulta ilógico emprender en la abolición de consecuencias sin antes haber prestado atención a las causas de la conflictividad social; entre ellas, carencia de un sistema educativo coordinado y consistente; pobreza que raya en la miseria, incapacidad para sancionar a los defraudadores del erario nacional. ¿El resultado? Libre accionar del crimen organizado y desorganizado, corrupción institucional, falta de oportunidades de trabajo. Es el círculo vicioso en que se fraguan las calamidades nacionales.
Los medios de comunicación recogen con frecuencia denuncias sobre irregularidades en el ámbito educativo, violencia, irrespeto, drogadicción, venta de títulos académicos en el nivel educativo superior. En lo económico, no es un secreto que grandes atracadores del erario nacional disfrutan, dentro y fuera del país, de una ostentosa impunidad; muchos de ellos convertidos en predicadores. En contraste, el salario mínimo cubre apenas un poco más del cincuenta por ciento de la canasta familiar, con el alza incontrolable de los precios en el mercado; pero gran parte de la población no percibe aquel mínimo salarial pregonado como uno de los más altos de la región. Súmese a ello la deficiente formación de la juventud, que impide la renovación de los cuadros ocupacionales en la sociedad y en el Estado.
En este panorama sombrío, la honradez ha devenido en estulticia. ¿Hay sólido fundamento para que los ecuatorianos preguntemos cómo lograrán sobrevivir los jóvenes que por su fecha de nacimiento se ubican en la primera vertiente de la generación de 2014? Nos referimos a los aún niños, nacidos en el año 2014 y a los que nacerán hasta 2028. Es probable que a la postre prefiramos el horror de optar por la inveterada costumbre de pedir peras al olmo. Hasta tanto, el hechizo de la manipulación comunicacional seguirá provocando lástima por la suerte de los cubanos que hurgan en las fundas de basura en busca de comida, apartándonos de la visión a los pobres que también obran así en nuestras narices, en los barrios citadinos del país.
Sin embargo, premoniciones aparte, no parecerá justo limitar la atención a la suerte futura de los jóvenes que pronto engrosarán las filas de los trabajadores y de los desocupados. Es necesario echar también una mirada al porvenir de los ancianos, a quienes ya se les ha advertido sobre el peligro de que el presente año pudiera ser el último en el cual cobrarán, sin hacer nada en favor de la República, sus magras pensiones jubilares. Es difícil saber si tal advertencia es para los jubilados ecuatorianos menos horrorosa que los bombardeos sobre Irán
¿El remedio? Esperar con paciencia cristiana a que la muerte, siempre misericordiosa, los lleve al paraíso. Son libres también de salir a las calles, en misión suicida, y demandar al Estado la recuperación de los fondos que los atracadores han sustraído al Seguro, así como el cumplimiento legal de las obligaciones del Estado con el IESS. Y queda una última posibilidad de sobrevivencia, menos horrorosa: que el gobierno, tan sensible al clamor de quienes están por morir, ponga en práctica los consejos de sabios economistas, inefables como el señor Dahik, entendidos en economía.