
Pintura que representa el asesinato del mariscal Antonio José de Sucre en la montaña de Berruecos, realizada en 1895 por el artista venezolano Arturo Michelena.
Calles de grandes ciudades o pequeños pueblos de América y planteles educativos de todos los niveles llevan su nombre. Su imagen se empina inmortalizada en monumentos por el mundo, envuelta en una aureola de admiración al héroe que luchó por la independencia en el sur del continente. Sucre se llamó la moneda ecuatoriana desde 1884 hasta el año 2000
El venezolano Antonio José de Sucre, nacido en Cumaná el 3 de febrero de 1795, fue asesinado en la selva de Berruecos, Colombia, el 4 de junio de 1830. A los 196 años de su muerte la historia evoca sus luchas heroicas por la independencia americana: una existencia de apenas 35 años y casi dos siglos de inmortalidad. Fuera de los campos de batalla, épicos amoríos completaron su fugaz biografía.
Provino de una familia de nobleza europea y venezolana con tradición militar al servicio de España, pero ya su padre, Vicente, teniente coronel, apoyó la libertad de Venezuela en intervenciones armadas alternadas en triunfos y derrotas.
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| Monumentos al mariscal de Ayacucho honran su memoria en pequeñas y grandes ciudades de América. |
Antonio José Francisco de Sucre y Alcalá -nombre completo-, a los 15 años estuvo en el ejército patriota con el título de alférez de ingenieros, luego de estudiar en Caracas matemáticas, agrimensura, fortificación y artillería. En 1812 fue ascendido a teniente, tras participar en la campaña de Miranda contra fuerzas españolas. Su hermano Pedro fue fusilado por los realistas y más de una decena de familiares cercanos perecen en las guerras de independencia.
En 1818 Sucre va a Angostura, donde Simón Bolívar tenía su cuartel general, proyectando constituir una gran federación de países liberados del colonialismo de España. El joven militar es ya estratega de la confianza de Bolívar y en adelante le tendría cerca o delegado en misiones importantes de rango militar, para la liberación de Venezuela, Nueva Granada (Colombia), Panamá, Perú, Bolivia y Ecuador, con heroicos triunfos en Boyacá, Pichincha, Junín, Tarqui y otras batallas libertarias.
El 1 de enero de 1826 asume la presidencia de Alto Perú (actual Bolivia), asignada a Simón Bolívar, quien declinó a favor del admirado combatiente. La asamblea debatió el nombre de la nueva república y decidió llamarla Bolivia en honor al Libertador. Y aprobó que la capital constitucional se llamara Sucre. Cuando se discutía el nombre del país, triunfó la propuesta del diputado y presbítero Manuel Martín Cruz, quien dijo: “Si de Rómulo, Remo; de Bolívar, Bolivia”.
Sucre es militar pundonoroso. Cuando el 9 de diciembre de 1824 triunfa en la Batalla de Ayacucho, el virrey José de la Serna queda herido y capitula ofreciéndole su espada, que se niega a recibirla y le devuelve, expresando “Honor al vencido, que continúe en manos de un valiente”. El triunfo de Ayacucho marca el final del dominio español en tierras hispanoamericanas.
Bolívar no escatima elogios a Sucre en su libro Resumen Sucinto de la Vida de Sucre, publicado en 1825: “La batalla de Ayacucho es la cumbre de la gloria americana y la obra del general Sucre. La disposición de ella ha sido perfecta, y su ejecución divina… Las generaciones venideras esperan la victoria de Ayacucho para bendecirla y contemplar sentada en el trono de la libertad, dictando a los americanos el ejercicio de sus derechos, y el imperio sagrado de la naturaleza”.
El libertador también dice: “El General Sucre es el padre de Ayacucho: es el redentor de los hijos del sol: es el que ha roto las cadenas con que envolvió Pizarro el imperio de los incas. La posteridad representará a Sucre con un pie en el Pichincha y el otro en Potosí, llevando en sus manos la cuna de Manco Cápac y contemplando las cadenas del Perú rotas por su espada”.
En 1820 Bolívar firma un Tratado de Regularización de la Guerra, tras el triunfo militar frente al general español Pablo Morillo, documento redactado por Sucre, al que el Libertador considera “el más bello monumento de la piedad aplicado a la guerra”, que la posteridad reconoce como un primer testimonio de respeto a los derechos humanos en situaciones bélicas.
El 27 de febrero de 1829 Sucre derrota en las llanuras de Tarqui, próximas a Cuenca, al ejército peruano dirigido por el mariscal José Domingo Lamar. Cuando la batalla triunfal terminó en rendición, Sucre proclamó: “Nuestra justicia es la misma antes y después de la batalla”. El 20 de marzo de 1822, cuando también estuvo en Cuenca, Sucre había creado la Corte de Justicia de la ciudad.
Sucre recibió los honores y títulos más elevados del campo militar por decisión de Simón Bolívar o de los parlamentos de los pueblos americanos por cuya libertad batalló con bravía. El proyecto de integrar a los países liberados por Bolívar en una poderosa federación regional, terminó diluyéndose en 1830, año fatal en el que Sucre fue asesinado el 4 de junio en Berruecos, cuando el fracaso del Congreso de Bogotá, que lo preside, marcaría la extinción de la Gran Colombia, y decide volver a Quito donde su esposa y Teresa, su hija tierna.
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| José María Obando, considerado autor intelectual del asesinato. Dos veces llegó a la presidencia de Colombia. |
En un paraje selvático, de la jurisdicción de Nariño, el mariscal fue sorprendido por una emboscada de sicarios que le acribillan a tiros. El crimen habría sido planificado y financiado por ambiciones políticas que señalaron como autores intelectuales a Juan José Flores o a José María Obando, venezolano el primero, que sería el primer presidente del Ecuador, y colombiano el segundo, que llegaría dos veces a la presidencia de la Gran Colombia, cargos que acaso temían los asumiera Antonio José de Sucre.
El cuerpo de Sucre estuvo 24 horas en la intemperie selvática, hasta que unos campesinos lo enterraron. Posteriormente, la viuda Mariana Carcelén, marquesa de Solanda, los llevó reservadamente a la capilla del palacio familiar de Dean, aunque proclamó que reposaban en el templo de San Francisco. Más tarde pasaron al templo del Carmen Bajo, desde donde, en 1900, el presidente Eloy Alfaro los trasladó a la Catedral Metropolitana de Quito, y allí reposan no lejos de la tumba del ex presidente Juan José Flores. El Obispo Gonzáles Suarez pronunció la oración fúnebre y destacó la trascendencia histórica del personaje.
Durante doce años no se esclareció el crimen. José Erazo y los peones Andrés, Juan Cuzco y Juan y Andrés Rodríguez, sindicados como autores materiales, murieron envenenados o en dudosas circunstancias, como ocurre en los magnicidios. Pero un tribunal colombiano de justicia, en noviembre de 1842, sentenció a muerte a Apolinar Morillo, coronel que hasta el momento de ser fusilado el 30 de ese mes, confesó haber planeado el asesinato de Sucre por orden de Obando, y defiende la inocencia de Juan José Flores.
La víspera de enfrentarse al fusilamiento, Morillo firmó ante notario y autoridades eclesiásticas y civiles un documento que en parte señala: “Cometí un delito; pero mi corazón no participo de él. Un destino funesto quiso que Obando, que tenía meditado el asesinato, me escogió por instrumento para aquel crimen perpetrado en un hombre justo, a quien yo respetaba. Acostumbrado a obedecer ciegamente las órdenes superiores, no tuve bastante discernimiento para meditar en la naturaleza y consecuencias de la orden que se me daba, mucho más cuando me rodeaban circunstancias que impedían evadirme…”
El mortal, de carne y hueso
El 20 de abril de 1828 Sucre contrae matrimonio con Mariana Carcelén de Guevara y Larrea. En la ceremonia en el templo de El Sagrario, en Quito, participa por poder, pues hallábase en Bolivia.
El primer encuentro con la esposa, luego del matrimonio, ocurrió el 28 de septiembre de ese año, en la hacienda Chisinche, de la marquesa de Solanda, donde el 10 de junio de 1829 había nacido su hija Teresa, bautizada en el templo del Sagrario, siendo los suegros del mariscal y Juan José Flores los padrinos. Bolívar le reclamó en una carta no haberlo hecho padrino, a lo que alegó que en el campo de batalla de Tarqui lo había comprometido a Flores.
El general Isidoro Barriga, segundo esposo de la viuda marquesa, un día jugaba con Teresita, de dos años, en un piso alto de la mansión de Carcelén y en un descuido la niña fue al vacío y murió por una lesión craneal, episodio que causaría rumores sobre que la criatura pudo ser lanzada desde lo alto, versión descartada por la propia madre.
El mariscal Sucre tuvo otros hijos con parejas sentimentales al paso de correrías militares y guerras. El 16 de abril de 1822 nació en Guayaquil Simona de Sucre Bravo, hija de Tomasa Bravo, quien falleció pronto, por lo que Sucre pidió al amigo Vicente Aguirre que recogiera y educara a su hija. El 15 de enero de 1826 nació en La Paz, Bolivia, José María Sucre Cortez, hijo de Rosalía Cortez Silva; el 7 de junio de 1828 nació en Chuquisaca, Bolivia, Pedro César Sucre Rojas, hijo de Manuela de la Concepción Rojas Iñiguez.
A esos descendientes conocidos del mariscal de Ayacucho no han faltado mujeres atribuyéndose un hijo con él, habladurías o versiones sin confirmar. En 1828, mientras era presidente de Bolivia, sufrió un atentado al parecer por conflictos sentimentales: una mujer estaba en su aposento cuando irrumpió un pretendiente de ella y disparó contra Sucre, quien escapó herido en un brazo para refugiarse en una hacienda, disfrazado de campesino y de cura. A poco renuncia a la presidencia y confirma a la marquesa de Solanda la decisión de casarse con ella.
Hombre garboso, con aureola de héroe y protagonista de hechos libertarios admirables, no pudo liberarse del acoso de mujeres incapaces de renunciar a la pasión que infundía un ser humano valiente, ligado a hazañas que lo encumbraron a glorias de entonces, del presente y del futuro.
Veinte y seis días después del asesinato la correspondencia informa a Bolívar, en Cartagena de Indias, del asesinato de Sucre. Consumido por la tuberculosis, estremecido de dolor, murmura: “¡Santo Dios! ¡Se ha derramado la sangre de Abel”, y concluye: “La mira de este crimen ha sido privar a la patria de un sucesor mío…” El golpe agrava su salud y se suma al dolor de ver frustrado el sueño de una patria grande americana. El Libertador muere el 17 de diciembre de 1830 en la quinta San Pedro Alejandrino, en Santa Martha, Colombia, seis meses después del crimen de Berruecos.

