Donde antes se abría una cantina, ahora tienes una tienda de calzado; el local que ocupaba un zapatero remendón lleva hoy el aviso de una pollería; un antiguo consultorio ha sido reemplazado por una heladería. Pero vuelve a ofuscarte una señal indudable de progreso: los postes del alumbrado público empapelados de avisos comerciales, centros educativos, funciones de teatro; y hasta de reiteradas ofertas de auxiliarte con la elaboración de tesis universitarias, muestra innegable de adelanto académico
Siempre te ha parecido importante ir a pie por los sectores alejados del centro de la ciudad, porque así tienes la ventaja de mirar lo que ordinariamente pasa inadvertido al apresurado conductor y al impaciente pasajero. Esos espacios han sido tomados por proyectos de vivienda que van cambiando la fisonomía urbana y la rural. Donde antes pacían los ganados o se reunían los vecinos para sus distracciones semanales, vigilados por bosques centenarios, las nuevas edificaciones elevan sus torres de la noche a la mañana en sana competencia por limitar la amplitud del horizonte. En áreas otrora silenciosas, podías disfrutar del diálogo entre los ríos y los vientos, y escuchar el apacible sobrevuelo de los pájaros, pero hoy han cedido su lugar al bullicio, con pequeñas y grandes ofertas de comercio que intensifican el desequilibrio social.
Es uno de los signos del progreso, piensas: construir enormes soluciones habitacionales que prometen cubrir la creciente necesidad de vivienda, pero a espaldas de la indigencia en que sobrevive la mayor parte de familias sin techo, condenadas a la humillante demanda de asistencia pública. Es otro de los ángulos de observación para que tú, transeúnte dominguero, compruebes sobre el terreno el contraste abismal entre el anhelo de bienestar y la resignación a la pobreza. Y recuerdas que el progreso se incrementa a costa del abandono, cuando no de la explotación de los sectores sociales preteridos, a los que también pertenecen quienes sobrellevan las tareas más duras en la ejecución de los designios modernizadores aquí y en la mayor parte de países del vecindario, ilusionados por la oferta de soluciones mágicas, hasta hoy contradictorias, entre la justicia social y el desarrollo, salvo que se aspire a homogeneizar la sociedad a la cubana.
Observador desapasionado, captas al caminar la realidad desde una perspectiva humana, ajena a posturas ideológicas y no encuentras explicación racional a la proliferación de empresas, en este caso arquitectónicas, que requieren ingentes inversiones en medio de una población cada vez menos capaz de acceder a sus ofertas. Pero no hay problema para el diseño empresarial, porque pensando en esa población se han reducido los tamaños, de todos modos más amplios que una ratonera. Y a tu monólogo interior, responde la necesidad de hacer causa común con los condenados a la desesperanza.
Así has continuado el recorrido hasta llegar al cento urbano y prosigues la caminata por calles que antaño transitabas. Mejor no lo hubieras hecho, porque te ofusca la cantidad de establecimientos comerciales: tiendas, restaurantes, cafés, hoteles y moteles, muestrario de una falsa imagen de prosperidad. Donde antes se abría una cantina, ahora tienes una tienda de calzado; el local que ocupaba un zapatero remendón lleva hoy el aviso de una pollería; un antiguo consultorio ha sido reemplazado por una heladería. Pero vuelve a ofuscarte una señal indudable de progreso: los postes del alumbrado público empapelados de avisos comerciales, centros educativos, funciones de teatro; y hasta de reiteradas ofertas de auxiliarte con la elaboración de tesis universitarias, muestra innegable de adelanto académico. Por último, te sorprende el número incontable de boticas, tres, cinco, diez en cada manzana, como si todos los habitantes de este mundo estuvieran afectados de una grave enfermedad incontrolable, negocios provistos de cuanto no has de hallar en los centros de salud dependientes del Estado.
Y concluye aquí tu paseo con una final observación. Hace décadas, antes del contagio colectivo de la fiebre de progreso, se cabalgaba para entrar a la ciudad o para salir de ella, y los productos llegaban al mercado a lomo de mula. Era obvio -monologas- que hubiera áreas destinadas a que jinetes y arrieros dejaran allí las bestias; así como es obvio que el progreso haya eliminado las caballerizas y haya abierto otras plazas, mucho más espaciosas, para guardar vehículos. Pero te niegas a creer que para ello se haya necesitado demoler varios teatros. Sin embargo, como buen cristiano, estás seguro de que al menos esta noche dormirás tranquilo porque ningún emprendimiento ha puesto todavía los ojos en los templos.