Se llamaba Benigno. El nombre coincidía con la índole del personaje tranquilo en el puesto de periódicos, revistas, caramelos, cigarrillos, boletos de lotería y cosillas más, en un portal del parque Calderón

El 4 de mayo de 2025 un papelito colgado sobre el charol del negocio avisaba que el hombre había muerto. Los clientes de la tienda en la acera abrazaban a Geovnny, su hijo, dándole las condolencias y preguntándole sobre lo acontecido: un cáncer terminal del estómago le devoró las entrañas en pocos meses.

Benigno Tenesaca, oriundo de Azogues, apareció adolescente en los años sesenta del siglo pasado, ofreciendo vajillas de fierro enlozado o canastos de pan fragante por las calles del centro de la ciudad. Se hizo popular y no le iba mal, pero fue el entrenamiento para emprender lo que marcaría su vida y su destino: instalar el charol de confites y los percheros de madera para exhibir diarios, revistas y hojas enteras de guachitos desprendibles de las loterías.

 Benigno y Brando, rostros similares, dos personajes. 

Por los años setenta los cines pasaban filmes protagonizados por el norteamericano Marlon Brando, especialmente El Padrino. De inmediato, el ingenio popular impuso al canillita su nombre, pues se parecían como una gota a otra gota. Y Tenesaca fue Brando hasta después de que el actor falleció en 2004, ya desfigurado de la imagen que de él mantenían sus películas, pero se conservaban en la faz de su doble, el vendedor de cositas en el parque cuencano.

Más de sesenta años Benigno –Brando- recorrió las calles de Cuenca primero y se instaló luego en su negocio fijo en el portal de las calles Bolívar y Luis Cordero, con la sencillez del personaje convertido en elemento patrimonial, como las araucarias ahora contagiadas de un mal irremediable que también acabará por extinguirlas.

 Benigno Tenesaca, tal como era visto en su puesto popular en el portal frente a la Gobernación del Azuay. 

Desde el portal diagonal a la Gobernación del Azuay, Benigno presenció décadas del ajetreo de la vida urbana, los desfiles cívicos, las marchas de protesta, las procesiones religiosas y los aconteceres de la ciudad. También lloró con los gases cuando la policía disolvía a los jóvenes que echaban piedras a la casa del gobierno y él también tenía que correr para ponerse a recaudo. Fue testigo de la historia local durante su existencia, aunque le memoria colectiva pronto le será esquiva, como pasa con personajes importantes que tras lo efímero de su tiempo, no quedan ni para el recuerdo.

Geovanny, el último de sus cinco hijos, ha quedado en el puesto del padre, a quien escondió para que no se contagiara del Covid, pero nada pudo hacer por él al enterarse del diagnóstico fatal que le consumió camino a 86 años. Meses antes, logró legalizar sus aportaciones voluntarias al instituto de seguridad social para beneficiarse de dos pensiones jubilares, así como de los costos funerarios que alivió a su familia de los gastos de las eternas despedidas.

De Benigno, hombre bueno que también vendió por más de cuarenta años la revista AVANCE, queda un homenaje y testimonio en esta nota, de su vida honrada, su ausencia y su recuerdo.

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