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Los claustros de las monjas conceptas preservan la memoria de casi toda la historia de Cuenca. Sus muros coloniales evocan los secretos de cuatro siglos de vida contemplativa y episodios del poder material que tuvo la iglesia.
El monasterio fue fundado en 1599 por petición de autoridades civiles y eclesiásticas, en vista de que en el lugar había gran número de doncellas descendientes de los conquistadores, “distinguidas por su riqueza y nobleza de la sangre”, dispuestas a convertirse en esposas de Jesucristo mediante votos perpetuos de pobreza, castidad y silencio.
Por entonces la presencia de alguien en el clero o los conventos aseguraba además de las bendiciones divinas para toda la familia, el dominio sobre bienes materiales que crecían en manos religiosas.
Doña Leonor Ordóñez donó a la congregación su casa, considerada la mejor y más grande de la ciudad, para que allí se fundara el convento. Entregó, además, a sus hijas Leonor, Gerónima y Angela, para que fueran las primeras monjas enclaustradas que profesaron en Cuenca.
El 30 de junio de 1599 salieron de Quito tres religiosas conceptas, por orden del canónigo Baltazar Tello de Soto, para asumir el gobierno del convento recién fundado. El prelado dispuso que el reverendo Francisco de Cabrera “las lleve con toda decencia, tratándolas por los caminos con amor y caridad, consolándolas y animándolas en dicho viaje y procurando que no sean maltratadas por persona alguna eclesiástica ni seglar...”.
Una vez establecido el monasterio, con normas y constituciones vigentes por autorización canónica, el paso inmediato fue acrecentar propiedades y riquezas con las dotes de las postulantes, en virtud de las cuales se producía la clasificación social de las monjas al interior del convento.
Las que pagaban dotes de mil pesos accedían al uso de velo negro, que las permitía ser elegibles para abadesas y vicarias, mientras las de dotes menores, de velo blanco, desempeñaban menesteres secundarios.
Además, las de velo negro estaban autorizadas para disponer de abundante servidumbre, por lo que su renuncia al mundo se convertía en un extraño reinado, contraviniendo las reglas que asignaban una sirvienta para cada diez monjas.
En 1790 habitaban el monasterio 150 personas, aunque no habían allí más de 27 monjas de velo negro, una de velo blanco y una novicia. Las demás eran criadas mestizas, indias, mulatas libres y “de particulares”.
El desacato a la clausura originó problemas disciplinarios a finales del siglo XVIII. Entre los episodios curiosos, según documentos del propio archivo conventual, se conoce el caso de Ignacia Echegaray, señora que rompió abiertamente las reglas alternando su vida de hogar con la clausura: acompañada por el presbítero Ignacio Macías, dos hermanos de éste, familiares y amigos, instauró en el convento el “baile del puro”, una fiesta consistente en libar varones y mujeres, sin distingo civil ni eclesiástico, hasta la embriaguez.
En ropa de seglares, “depuesto el hábito monástico”, las monjas se entregaban libremente a la parranda y al descuidar a veces cerrar la puerta exhibieron espectáculos que escandalizaron a la sociedad de aquellos tiempos.
Antonio Vallejo, el primer gobernador del Azuay y otras autoridades, solemnizaron las repetidas fiestas conventuales. La jerarquía eclesiástica de Cuenca, imposibilitada de imponer obediencia, pidió socorro al rey de España, Carlos IV, que expidió una cédula real destinada a morigerar los desenfrenos.
En la segunda mitad del siglo XIX persistieron los problemas de disciplina y siguió abundante la servidumbre. El obispo Miguel León dio en 1885 una semana de plazo para que salgan las sirvientas en exceso y ordenó que se instaurase la vida en común, pues cada monja disfrutaba de alimentación exclusiva y habitaba en celdas individuales arregladas a su gusto. También dispuso la colocación de rejas para aislar la sección de clausura, con un torno a través del cual podían conversar las religiosas con familiares o particulares, cuando fuera estrictamente necesario.
Hasta finales del siglo XIX las monjas conceptas eran propietarias de una decena de haciendas en diversos lugares del Azuay, donde tenían peones conciertos trabajando de por vida en producir la tierra. Eloy Alfaro expidió en 1907 la Ley de Cultos y Manos Muertas, que arrancó grandes extensiones territoriales en poder de comunidades religiosas, dándoles a cambio pensiones para la subsistencia..
Durante el siglo XX las monjas conceptas reencontraron el camino que las señaló Beatriz de Silva al fundar la congregación en 1448 y se sujetaron a la clausura, la castidad y la pobreza, como obligación perpetua para ser dignas esposas de Cristo.
Veinte y tres monjas habitaban en 1991 el mismo local donde nació el convento hace casi 400 años. En el centro del manzano, aisladas del exterior, las monjas oran por la paz del mundo y la felicidad de los hombres, a cambio de limosnas para su subsistencia. También preparan pasteles y aguas medicinales con plantas de sus jardines, alimentos que venden al público a través de un torno. Además, el arrendamiento de locales comerciales en la periferia del monasterio les permite obtener recursos esenciales.
El cementerio es parte del convento y cuando una monja muere, nadie del exterior nota su ausencia de este mundo.
Por el monasterio de las conceptas de Cuenca pasaron monjas que hicieron de su vida una plegaria de santidad y otras cuya renuncia a las pompas mundanas fue obligación circunstancial impuesta.
El convento empezó justificándose como una institución europea de la Edad Media transplantada a un mundo nuevo sometido al colonialismo. También fue refugio de niñas desamparadas por hogares deshechos o solución de viudos que consignaban su prole al monasterio para consolidar un segundo matrimonio.
Tomasa nació en 1817 y cuatro años después ingresó al monasterio al cuidado de sus hermanas Gertrudis y Angeles. Al cumplir los 15 pidió a las superioras que la dejasen conocer el mundo, del que solo tenía referencias por la servidumbre.
Un año y medio permaneció fuera, asolada por propuestas matrimoniales, hasta que la víspera de las nupcias regresó subrepticiamente al convento, donde murió en 1923, a la edad de 106 años, después de trabajar hasta el último día confeccionando escapularios. En los archivos del convento se refiere como anécdota que Tomasa de Santa Rosa -hija de Miguel Vázquez y Vicenta Correa- sobreponía en sus últimos años de vida un anteojo sobre otro, en un esfuerzo por mirar los hilos y telas que casi ciega sostenía en las manos.
Ramona de la Natividad nació en 1793 y de un año su padre la colocó en consignación en el monasterio. Cuando tuvo uso de razón pidió a las sirvientas que la hiciesen conocer cómo eran un río y un soldado.
Ellas la colocaron en un cesto para comprar víveres, pero cometió la imprudencia de hablar antes de trasponer los umbrales de salida, por lo que registraron la canasta y la devolvieron al convento.
Años más tarde, profesó sus votos perpetuos, convirtiéndose en una monja ejemplar que murió en 1885, de 92 años, sin haber realizado el sueño de su infancia, de conocer cómo era un río y cómo era un soldado.
Rosario de Santa María -hija de Jorge Vélez y Margarita Cañizares-, nacida en 1840, fue internada al convento cuando tenía un año. En su adolescencia “macerar su inocente cuerpo era su más bello ideal”.
Al cumplir 19 años pidió permiso para conocer el mundo y sobre todo resolver situaciones familiares, pues era la mayor de varias hermanas huérfanas. “Durante el tiempo que estuvo en el mundo lazos crueles le tendió el demonio. Muchas veces hubiera manchado su blanca vestidura de la inocencia y marchitado la hermosa azucena de la pureza, si la Santísima Virgen La Inmaculada Concepción que velaba sobre ella y la defendía de los peligros y astucias del demonio, no le hubiera librado de un modo milagroso...”.
Cuando la quisieron por esposa, “esta blanca paloma tendió su vuelo al arca santa del monasterio, porque no pudo posar su planta en los lodazales de este mundo”. Murió de 98 años, entonando canciones religiosas, alegre y feliz, pues la víspera preparó su mortaja, alistó las ceras, el ataúd, y esperó sin temores sus exequias.
A lo largo de los siglos el monasterio acumuló tesoros de arte religioso de imponderable valor. Las más antiguas secciones del convento, los comedores y el templo, son reliquias arquitectónicas que datan desde los años de fundación de Cuenca hasta el siglo XVIII.
El refectorio está considerado entre las joyas de arte más importantes del Ecuador por su pintura mural con temas religiosos y de la vida cotidiana..
El museo de las conceptas, sección abierta al público desde 1986, es uno de los sitios de mayor atracción para quienes llegan a Cuenca. Aparte de imágenes y pinturas religiosas, exhibe utensilios de la antigua vida conventual. Allí están también los juguetes de las niñas que ingresaron al monasterio y se convirtieron luego en monjas de clausura.
En el museo impresiona la perfección arquitectónica del edificio restaurado, pero, sobre todo, el orden, la limpieza, los jardines y la iluminación que complementan el ambiente museográfico y religioso del antiguo edificio.
Julio de 1991
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