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Aunque llamada ciudad de la eterna primavera o “reina hermosa de fuentes y flores” -según su himno-, Cuenca ha sufrido penalidades sucesivas por los rigores del verano o del invierno.
El 26 de julio de 1577 -apenas transcurridos 20 años desde la fundación española- el ayuntamiento de la muy noble y leal decidió invocar oficialmente la protección divina para combatir el verano que amenazaba aniquilar los sembríos de la inmensa llanura tan grande como el cielo.
El proyecto Paute no pasaba siquiera por la imaginación de los cabildantes, pero la emergencia de entonces, tenía el mismo origen de hoy: la escasez de lluvias.
Don Francisco Picón, teniente mayor de Justicia, que presidía la sesión en representación del Corregidor, entró de lleno al único y urgente punto del orden del día: el clima de Cuenca, generalmente benigno y apacible, tornábase a veces agresivo, especialmente en los meses de junio y julio, con veranos hostigosos y heladas destructoras. Había que designar un santo que mediara ante el Todopoderoso para mitigar los impactos ambientales.
Don Agustín de Castañeda, primer alcalde y el personaje más entrado en años, felicitó la iniciativa y propuso escoger como protector a uno de los santos festejados en los meses de junio y julio, para hacerlo acreedor a los cuidados y preservación de la que sería en el futuro la famosa cuenca hidrográfica de Paute. Su santo favorito fue San Antonio de Padua.
No fue tarea sencilla para los asistentes proponer las sagradas candidaturas. Por entonces tampoco pasaba siquiera por la imaginación de nadie el ahora ya obsoleto almanaque Bristol ni había periódicos que publicaran el santoral del día.
El regidor Gómez de Moscoso proclamó la candidatura del santo de su devoción, Luis de Gonzaga, de quien elogió sus virtudes angelicales y extremada inocencia, atributos con los que alcanzaría piadosa audiencia del Omnipotente.
Don Juan Bravo, contador de la Real Hacienda, evocó los merecimientos de su tocayo, San Juan Bautista, que gozó del privilegio de imponer las aguas bautismales a Jesús y tenía cierta experiencia para provocar la lluvia.
La lista de candidatos tornábase tan larga como sería en en estos tiempos la de aspirantes a la alcaldía de Cuenca. Don Pedro de Mendaña, segundo alcalde, sugirió el nombre de San Cirilo, aquel mártir que, condenado a morir en la hoguera, tuvo la valentía de salir ileso de semejante prueba.
Don Benito de Mendaña, tesorero real, propuso a San Daniel, protagonista de una hazaña aún mayor, pues se hizo respetar nada menos que de los feroces leones hambrientos con los que fue encerrado. Quizá, además, el pragmático español avizoró que cerca de cuatro siglos después, un técnico con el mismo nombre de aquel santo descubriría la potencialidad energética del río Paute y en cuyo homenaje se llamaría Daniel Palacios a la imponente presa de Amaluza.
El regidor Martín Hernández Lascano, presintiendo que si callaba pasaría a la historia desapercibido como ciertos legisladores en el parlamento de siglos venideros, dio el nombre de San Enrique, emperador de Alemania, hombre que había dado pruebas de vencer batallas más difíciles y duras que el verano.
Ante la dificultad de la elección, el teniente de Justicia Mayor, salomónicamente iluminado, consideró que debería ser la voluntad divina la que decidiese el santo que debería proteger a Cuenca de las sequías y heladas de los siglos venideros. No solamente estaba en juego el presente de la ínclita ciudad, sino el futuro de la Cola de San Pablo y de más de un millón de kilowatios de energía eléctrica por entonces ni siquiera presentida.
Don Lorenzo Fernández Lucero, escribano público, colocó en un ánfora -la historia no da detalles sobre el material y las características del artefacto- los nombres de los santos correspondientes a los meses de junio y julio; la sacude y extrae un papelito ante los ojos electrocutados de los presentes: el elegido es San Marcial, cuya biografía es inmediatamente investigada, mientras se decide mandar a confeccionar su venerada imagen para rendirle el culto al que se había hecho acreedor tan democráticamente, con la inspiración divina.
Desde el 30 de junio de 1578 hasta el 30 de junio de 1811 el santo protector de los veranos cuencanos fue honrado religiosamente durante 233 años consecutivos, con devotas procesiones y pomposas ceremonias, pero un clérigo que no era de su devoción le hizo la gran pasada: Pedro Antonio Fernández de Córdova, dean de la catedral de Cuenca, había descubierto que la iglesia celebraba el 10 de julio el día de San Marcial, pero no del protector de Cuenca, sino de otro más importante. El del 30 de junio era un obispo, el del 10 de julio un mártir con mejor hoja de servicios ante Dios.
Vino entonces el debate, que marcó el inicio del fin del reinado de San Marcial, a pesar de que el pueblo le había cogido devoción a la que el patrono retribuía con periódicas lluvias e inclusive con frecuentes crecientes de ríos que salieron de madre, destruyeron puentes y arrasaron sembríos.
En la actualidad la envejecida imagen del protector de las sequías permanece en la antigua catedral, ignorado por los cuencanos, que no saben su nombre, peor su vida y sus milagros.
Marzo de 1992
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