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Vive en Punta Payana, al extremo sur del Archipiélago de Jambelí. Una ventana de su casa tiene vista al Ecuador y otra al Perú.
Las arrugas de los setenta años han repujado mapas en su cara cobriza curtida por el sol y la intemperie del mar.
Se llama Eduardo Celedonio Granda y es personaje impregnado de historia y de leyenda: le llaman Zorro desde que en la infancia su padre le trasquiló la cabeza para exterminar los piojos invencibles adheridos al cuero cabelludo.
Hay que tener suerte para que revele el origen de aquel apodo zoológico, pues es una historia a la que se remontan secretas vergüenzas de sus primeros años. Cuando entra en confianza se entusiasma y cuenta también otras cosas de su vida: nació en San Gregorio, una pequeña isla próxima al pueblito de Costa Rica, devorada un día por la furia del mar.
Al perder su lugar de nacimiento descubrió en carne propia el significado y la importancia de lo que es la Patria. El mar, donde toda la vida pasó “pescando y marisqueando”, ahogó los primeros sueños, su historia, su geografía y su biografía, pues el ser humano es él y además las cosas que ama y atesora. Eduardo Celedonio es verdaderamente un náufrago.
Las pequeñas embarcaciones de los pescadores demoran más de tres horas para llegar desde Puerto Bolívar a Punta Payana. Es un viaje de ensueño, con paisajes marinos entre las islas del archipiélago -grandes unas, pequeñas otras- que transportan a un ambiente que parece más fantasía que realidad.
Las gaviotas y los alcatraces, como vigilando sus territorios sin fronteras, sobrevuelan incansables o contemplan con impávida soberbia, desde los espesos manglares, a los intrusos visitantes de sus reinos.
Eduardo Celedonio es un hito de carne y hueso en aquel paraje limítrofe entre Ecuador y Perú. Manglar sin raíces, él sabe como nadie más en el mundo lo que duele perder las heredades, pues los antepasados no solamente son los padres y los abuelos sino también las tierras donde ellos amaron, cosecharon frutos y murieron.
El viejo zorro del mar lo primero que hace todas las mañanas es izar la bandera ecuatoriana en el mástil que los militares colocaron detrás de su vivienda. Es una solitaria y singular ceremonia impregnada de civismo y de fervor vital: un hombre al que el mar despojó sus querencias enarbolando el emblema que identifica el patrimonio territorial de millones de compatriotas que ignoran de su existencia.
Al otro lado del canal de aguas internacionales, quizá separada 600 metros de Punta Payana, flamea la bandera del Perú, izada cada mañana por un pelotón del destacamento de El Salto.
Es una lástima que todavía aquellos límites en vez de marcar el sitio de unión entre dos pueblos, señalen el lugar donde se dividen y separan.
El viejo náufrago es feliz en aquellos territorios ignorados por casi todos los ecuatorianos. Cerca de su casa crecen los ciruelos y las sandías, cuyos frutos los lleva a vender en Huaquillas, junto al cargamento de mariscos capturados del fango de las orillas, entre los manglares.
Con el paso de los años, el hombre parece hacer cada vez más honor al apodo que le acompaña de por vida, pues las hebras grises en la cabeza y las escasas barbas canosas hacen de él un personaje zorruno inconfundible.
En 1985 un jefe militar de la provincia de El Oro, entusiasmado por sus servicios patrióticos, le obsequió una escopeta y un credencial autorizándole para usarla; también le asignó una remuneración mensual por enarbolar todos los días el emblema patrio, aunque dos meses después su nombre quedó borrado del rol de pagos.
Pero él sigue cumpliendo con lealtad el deber que se impuso voluntariamente: quien perdió en la infancia su lugar de nacimiento no necesita de un sueldo para amar a su patria.
Seguramente cada vez que realiza el rito de la bandera, en lo íntimo de su ser retumba un secreto grito libertario y gratificante: ¡Viva el Ecuador!. Y por eso también, el viejo zorro de Payana es un hombre feliz.
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