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Lo más visible al aproximarse a Cuenca desde cualquier dirección, por aire o por tierra, son las enormes cúpulas de su catedral, cual colinas azules sobre los tejados.
Habituados a la presencia de la imponente construcción, los cuencanos la miran como si siempre hubiese estado allí: ha llegado a ser parte del paisaje y de la naturaleza, como las montañas que rodean la ciudad o los cuatro ríos que la atraviesan.
Al promediar los años ochenta del siglo pasado el obispo Miguel León ordenó a Juan Stiehle,un lego alemán tuberculoso y casi ciego, que planificara una catedral “tan grande como mi fe”.
El viejo redentorista que proyectó la obra, confirma que las grandes hazañas humanas no guardan relación con las condiciones físicas sino con la fortaleza espiritual de sus protagonistas.
Fue asombrosa audacia emprender semejante desafío, sin disponer de herramientas apropiadas para ejecutar grandes movimientos de tierras y cuando aún no se conocía la electricidad en Cuenca. El pueblo, entusiasmado, participó en unión de pulsos colectivos en la excavación para la cripta y el transporte de piedras para los cimientos: habrá sido un agitado espectáculo en aquellos tiempos, cuando el pequeño pueblito vivía sumergido en rutina y aburrimiento.
Con paciencia, tenacidad y superando penalidades, incomprensiones y hasta la oposición de canónigos que veían disminuir sus rentas para financiar la construccción, la catedral de La Inmaculada fue perfilándose imponente en el horizonte, hasta convertirse en uno de los grandes monumentos religiosos de América.
Juan Stiehle dirigió los trabajos hasta morir en 1899, consciente de que su obra no era para admirarse en el presente, sino en el futuro, y aún más, en la eternidad. Su genio vislumbró que la imponente mole, geológica más que arquitectónica, sería un siglo después epicentro de la gran ciudad, tema predilecto de postales y portadas de publicaciones importantes sobre Cuenca, y trasfondo insustituible ante el cual posarían los visitantes para llevarse los testimonios fotográficos más impresionantes de su paso por la ciudad.
Escalar hasta la terraza que separa a las dos torres inconclusas con frente al centro de la ciudad, es una experiencia que maravilla: un graderío espiral, tenebroso y mareante, conduce hasta el lugar donde, de pronto, el resplandor del día sustituye a la oscuridad e irrumpe el espectáculo de la ciudad con sus lejanos horizontes circundantes.
Llegan apenas a esa altura, convertidos en murmullo, los atronadores bullicios urbanos. Es novedoso ver de arriba abajo las torres de otros templos y los grandes edificios que mirados desde el suelo recortan sus perfiles en el firmamento.
Desde lo alto, la enorme ciudad pierde sus engañosas dimensiones, pues con solo cambiar de ángulo visual se contemplan paisajes extremos y pueblos rurales incrustados, con sus templos inconfundibles, en las montañas distantes.
También se admira, en la propia catedral, la compleja acumulación de elementos arquitectónicos inapreciables desde el suelo: decenas de torreones góticos coronan las murallas que rodean la estructura de la obra religiosa, desniveles convexos de la cubierta cubren las naves señoriales, abismos perpendiculares estremecen de vértigo al aproximarse al interior de las torres o al frontis hacia el parque central de la ciudad.
La enorme escultura de Santa Ana con su hija María, aún niña, que apenas es un bulto con formas humanas mirándola desde el suelo, impresiona por la delicada belleza de las facciones femeninas: el perfil de la madre, recortándose con nitidez en el firmamento, muestra el rostro joven, sereno y puro de la mujer que contempla, desde la inmensa paz del cielo, la pequeña agitación de las cosas de la tierra.
El lego y su obra
Descendiente de campesinos, Juan Stiehle nació en Dachingen, pequeño pueblito de Alemania, en 1829.
Desde la niñez mostró aptitudes excepcionales para la ebanistería y la escultura. En 1850 ingresó a la congregación de los redentoristas, donde cuatro años después haría los primeros votos de profesión, alternando su vida mística con la jardinería y las labores de portero, sacritán, enfermero y cocinero.
En 1874 llegó a Cuenca integrando un grupo misionero con fines evangélicos, pero su gran obra, aparte de la catedral de La Inmaculada, sería el trazado de planos para hospitales, conventos, seminarios y la construcción de obras públicas y privadas, entre ellas carreteras y puentes.
Georgius Kaiser, religioso contemporáneo suyo, escribe en 1899 un testimonio revelador de los geniales dotes del lego redentorista casi accidentalmente avecindado en Ecuador: “Es admirable y sorprendente que el humilde hermano hiciera tantos monumentos impresionantes: él, que en Europa solamente frecuentó la escuela primaria; él, que nunca tuvo a ningún arquitecto como maestro; él, que nunca había leído un tratado sobre arquitectura; él, alcanzó su experiencia solo por su propia reflexión”.
Stiehle fue perseguido en su vida por peligros y enfermedades. En sus primeros años se salvó de perecer en un incendio y en varias oportunidades estuvo a punto de morir en accidentes durante la reparación de templos en Alemania y Francia, labor a la que se entregaba con pasión y mística.
En 1855 la tuberculosis invadió su cuerpo hasta ponerlo al borde de la muerte, pero se recuperaría para encarar con fortaleza su destino: construir grandes obras como la catedral de Cuenca y planificar templos y conventos en Ecuador, Colombia y Chile. Dotado de innata habilidad instaló en la catedral de Quito un órgano traído de París y diseñó y construyó la Gran Cruz Misionera de piedra en un ángulo de la Plaza Mayor de la capital ecuatoriana
En 1896 la gastritis le puso en agonía, pero no se dejó vencer, para continuar la dirección de los trabajos de la catedral. Un año después le reaparece una varicela que ya antes le causó estragos. “Una de las piernas, desde la planta del pie hasta las rodillas, está completamente negra”, escribe a sus familiares.
Admirado y querido por los cuencanos, recibe atención de los médicos más destacados e inclusive la donación de una dentadura postiza para llenar la boca que hacía muchos años la llevaba vacía. El 20 de enero de 1899 murió el frágil redentorista, perseguido por dolencias acumuladas, en contraste con la fecundidad y fervor de su vida para levantar obras destinadas a los siglos venideros.
La catedral de Cuenca, que reúne diversos estilos en un conjunto arquitectónico monumental, es la obra en la que el lego puso sus mayores desvelos. En torno a ella, Cuenca se hizo gran ciudad en el último siglo y sus cúpulas continuarán visibles en el futuro, desde cualquier sitio, aunque aparezcan nuevos barrios por todas direcciones.
Noviembre de 1992
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