Revista Avance

      

Ediciones de los Años 2001 - 2016

Konanz, un andariego Que vino de Suiza

El suizo Max Konanz Klaus, nacido en 1889, llegó a Guayaquil en 1912 y recorrió el Ecuador sobre una mula, despertando admiración por todas partes con su extraño nombre cargado de consonantes difíciles.

Le trajo la casa comercial Max Müller para promocionar los últimos inventos de la técnica, oficio que alternó con la arqueología, para descubrir profundas raíces de la cultura ecuatoriana que habían permanecido bajo tierra durante siglos.

Contratado por cuatro años, se quedó de por vida en el Ecuador. Fue de aquellos personajes privilegiados capaces de escoger la patria, que no es donde el hombre nace, sino donde se realiza a plenitud.

En 1925, en ejercicio del contrato que le llevaría a lomo de mula por todos los rincones ecuatorianos, conoció en Cuenca a una preciosa joven por la que perdería definitivamente su patria y su cabeza: Dolores Muñoz Dávila.


Pero un obstáculo le impedía hacer suya a esa mujer que abrió un volcán de pasión en su pecho: él era luterano. Al fin consiguió que Roberto Crespo Ordóñez, su gran amigo, oficiase de delegado suyo para responder sí al cura del Cenáculo, donde se celebró el matrimonio, mientras el novio atestiguó nervioso tras los ventanales del templo.

Eulalia Vintimilla de Crespo, sobrina política de Max Konanz, recuerda aún la solemnidad y elegancia del rito matrimonial en el que ella integró el cortejo infantil para llevar la cola de la novia.

Viajero por contrato y destino, Konanz recorrió muchas veces por los caminos del país, divulgando la utilidad de maquinarias y utensilios nunca antes vistos, pero dándose tiempo y modos para incrementar su colección arqueológica: curiosa vocación de alguien interesado por igual en lo más nuevo y lo más antiguo del quehacer humano.

Su crónica de viajero, libro inédito que guardan sus familiares, da cuenta de información sobre el Ecuador de las primeras décadas del siglo XX, así como de las penalidades que sufrió en Guayaquil, donde la fiebre bubónica casi le llevó a la tumba.

A más de coleccionista fue prolijo investigador del origen de las piezas que adquiría. “Los que venden tales objetos no quieren revelar la fuente de adquisición; o si lo dan no se sabe si hay mentira de por medio. Yo no compro sin que me indiquen la procedencia, que creo imperioso para la historia”, confesó alguna vez y su aseveración despeja las dudas sobre la autenticidad del sitio del que fueron extraídas.

En 1944 publicó El arte entre los aborígenes de la provincia de Manabí, un libro con centenares de dibujos de mullos, piezas cerámicas, piedras talladas, utensilios, ídolos, collares, cabezas de aves y animales, vasijas y más objetos arqueológicos de la cultura Tolita. “Ecuador, por el hecho de haberse concentrado aquí varias de las antiguas civilizaciones de la América Latina -escribe en la nota introductoria-, debe considerarse como el país más rico en tesoros arqueológicos y por lo mismo más a propósito para tales estudios”.

Un año después pasó a residir en la antigua hacienda de los familiares de la esposa, en Burgay, provincia de Cañar, donde estableció el museo más completo de la arqueología ecuatoriana, junto a ambientes que recordaban la patria de sus padres: los árboles de pino, un lago exvacado junto al pueblito de casas de hacienda, los páramos y el frío, hacían del paraje un transplante suizo en tierras ecuatoriales.

La pasión por la arqueología está por todas partes: en las fachadas de las casas hay pintados temas cañaris e incásicos y las cortinas, manteles y tapices que decoran los interiores son artísticos muestrarios de figuras humanas, animales, ídolos o máscaras, primorosamente bordados por doña Dolores, contagiada por los mismos sueños del esposo.

Es admirable en Konanz su capacidad para desarrollar con perfección actividades disímiles. Terminada su misión de agente viajero se dedica por entero a la hacienda y contrata al técnico suizo, Rodolfo Purtcher, para rediseñar los edificios e instalar  una planta hidroeléctrica de 10 kilowatios impulsada por las aguas del pequeño río que atraviesa por sus predios.

La hacienda, bautizada San Galo en memoria del pueblo suizo donde había nacido, adquiere fama nacional por los quesos que en ella se fabrican, con las más modernas técnicas entonces conocidas. El ordeño mecánico es una novedad casi increíble para los campesinos de la zona que además escuchan perplejos la música clásica que amiten los parlantes escondidos en los árboles, para que las vacas no se pongan tensas en los corrales.

Max Konanz alterna las ocupaciones agrícolas y ganaderas con su vocación de arqueólogo. En 1952 el museo está perfectamente instalado, con las piezas numeradas y la descripción precisa de los sitios de procedencia, por lo que es centro de interés para investigadores y hombres de cultura del país y del exterior. Konanz reproduce en dibujos en cartulina las piezas más importantes y esta labor presenta otra faseta del admirable personbaje: el artista.

Enamorado de Cuenca -la tierra de su esposa-, Konanz quiso que el museo fuera a propiedad de la municipalidad, pero al no encontrar interés por esa enorme cantidad de antigüedades, pasión de su vida, la colección fue al fin a parar en 1960 al Banco Central del Ecuador, que formó con ella la base del gran museo que exhibe en la capital de la República.

El sol de oro que el Banco Central adoptó como su símbolo fue la pieza número 431 del museo particular de Max Konanz y seguramente procede de Chunucari, cerca de Sígsig, en Azuay.

En 1969 el Presidente Velasco Ibarra impuso a Konanz la presea Al Mérito en el grado de Comendador, por su aporte al enriquecimiento de la cultura y la historia del Ecuador. Un año después murió y hoy pocos recuerdan al valioso personaje, mientras las que fueron sus piezas resplandecen en el museo del Banco Central o constan en fotografías en elegantes publicaciones, que ni siquiera mencionan a quien las rescató de su escondite de siglos.

Octubre de 1993

Comentarios 

 
+5 #1 sol de oroGreissi Mettler 03-03-2012 20:23
Quisiera completar la historia, mi papá Josef Mettler, Suizo también fue quien encontró el Sol de Oro y se lo entregó al Sr Konanz con ya que trabajaba allí de muy joven. Mi papá vive y puede atestiguarlo.

Greissi Mettler
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