Un poeta de vitalidad telúrica Imprimir
El poeta de 73 años, cabellos blancos, tiene palabras precisas, exactas, para hablar sobre su producción literaria y las experiencias vitales: los ojos se agitan por la rasgadura de los párpados como animalillos asombrados, sobre la nariz prominente, encima del bigotillo hirsuto. Es Efraín Jara Idrovo.
Los temas recurrentes de su creación son el amor, el sexo, la soledad, el tiempo, la muerte y las islas Galápagos. Pero esta vez el diálogo se va por los caminos de las vivencias humanas cotidianas.

- ¿Por qué le llaman Cuchucho?
- Porque tengo el sexo radioactivo. A lo mejor me parezco a ese animal, así me han llamado desde la infancia. Me lo impusieron compañeros de la escuela cuando un tío mío trajo un cuchucho del Oriente -entonces insondable y desconocido-, que se encariñó conmigo. Creo que acabé por identificarme con mi totem.
- La infancia, ¿qué de la infancia?
- Una infancia solitaria. Hijo único. Mi hogar eran mi madre, mi abuela y mi tía: allí un niño no tenía qué hacer y eso me indujo a la lectura como una forma de concretamiento de mi ser. En el jardín, la escuela y el colegio estuve entre monjas y jesuitas. Siempre entre polleras. En el Borja se creaba un tipo de estudiante sometido a rígida disciplina anuladora de la individualidad, homogeneizante, llena de castigos: la concepción de la muerte en mi poesía es un resabio de la educación religiosa, a base del terror, que no pudo pasar sin dejar huellas.
- La Universidad, ¿liberación?
- Debí estudiar Medicina por mi especialidad en Biológicas, pero no quise castigarme más después de la turtura de los años anteriores. Ante la alternativa que me dio a escoger mi madre: estudias o trabajas, opté por Derecho, que me abría la posibilidad de incursionar en los temas sociales y la Literatura. Mi tesis se llamó Religión, Aventura Metafísica del Hombre, que me la aceptaron aunque no fuese un tema jurídico.
- Después, ¿las islas?
- Seguí tres años de Filosofía antes de ir a Galápagos. La Facultad se había fundado bajo el buen auspicio de un grupo de maestros españoles, entre ellos Luis Fradejas. Fue una decisión temeraria, huyendo del alcohol, pues si me quedaba estaba condenado a ser un alcohólico anónimo. Cuando regresé después de dos años estuve convertido en un bebedor social y concluí los estudios de Filosofía.
La vida en las islas me enseñó a que nada pase inadvertido. Demorarse en todo larga y pacientemente viendo algo hasta agotar con el ojo la realidad de ese objeto, de manera que uno no necesite nunca volverlo a ver para saber exactamente con toda minucia y detalle cómo es. Yo soy un mirón empedernido. Tengo grabados con nitidez los corales, los pececillos o la espina de un erizo en la memoria.
-    ¿Cómo explica la influencia de Galápagos en su obra poética?
-    En Galápagos tuve por primera vez un encuentro genuino con mi propio
ser. De la experiencia salí con una carga vital enorme, metamorfoseado, y desde entonces he vivido un poco de los réditos. El ambiente obra mágicamente sobre uno al vivir fuera del tiempo una existencia paradisíaca, al margen de todos los problemas, dedicado a ahondar en sí mismo. Esas experiencias enérgicas dan formas de xpresión ricas, trascendentes.
- Luego el matrimonio, las idas y regresos de las islas...
- Vivir dos años solo en Galápagos me enseñó que la vida allí era imposible sin una mujer. En mi vida ha decidido más el azar que los proyectos elaborados y así se produjo mi primer matrimonio: me casé y la llevé a las islas, cuando estuvo encinta regresamos al Continente y luego entre que iba y regresaba de las islas se hizo mi familia.
- Ahora usted está hablando del amor, el matrimonio.
- La única opción para tener una mujer allá era casarse, ninguna de mis enamoradas quería irse, les parecía una aventura descabellada. En mi vida las cosas sucedieron al revés: normalmente uno tiene primero enamoradas y después queridas. Yo tuve primero amantes y tardiamente enamoradas.
Pero jamás he conocido el arrepentimiento: todos los actos de mi vida se justificaron a su momento: arrepentirse es inútil, porque no permite variar el curso de la vida y porque mi vida ha transcurrido un poco a mi decisión y estoy satisfecho tal como es: si me fuera dada la singular aventura de volver a vivir elegiría no solamente la misma vida, sino que cometería los mismos errores, que son lo mejor que me ha sucedido.
- Cuando quemó poemas primerizos, no fue arrepentimiento?
- Por un exceso de perfeccionismo siempre he creido que nada puede ser consumido por el público si no está consumado desde la perspectiva del redondeamiento de la obra. Tuve una etapa incipiente de torpeza inherente al ejercicio que empieza, tanto que repudié mis primeros poemas y los quemé, pero se recuperaron sometidos a un nuevo trabajo, tras larga demora y purga despiadada.
Quemé aquella producción en una noche de bohemia y entré en un silencio de 25 años durante los cuales estuve muerto como autor, para el público, pero trabajaba denodadamente buscando nuevas formas expresivas. Me sirvieron mis estudios lingüísticos para reaparecer con obra madura en 1973 con Dos Poemas: La Balada de la Hija, con formas métricas ceñidas y Añoranza y Acto de Amor, un poema experimental.
Lo importante es el trabajo, no la publicación, que es externa, adventicia. Lo que es bueno ahora ha de serlo después de 30 años o si no, mejor no haberlo publicado. Quizá lo apresurado y de lo que estoy descontento son los sonetos, que debieron someterse a una lenta revisión antes de mandarlos a imprenta. Eso estoy haciendo nuevamente, pero debí hacerlo antes.
- Volvamos a las islas. En 1996 usted se fue para no regresar más. ¿Qué pasó? ¿Ya se ha “curado” de Galápagos?
- Numerosas cosas surgen por azar y son más decisivas de lo que uno podría imaginar: tuve que salir para operarme de la próstata y cuando regresé me vi precisado a retornar por una hernia, por excesivo esfuerzo a mi edad. Debí operarme, pero no lo hago hasta ahora por mi eterna desidia...
Volveré a las islas en marzo próximo para terminar algunas cosas que quedaron allá, pero tengo la impresión de que lo que las islas me pudieron dar para llegar a ser como escritor y como hombre, está agotado. Creo que será mi último viaje para residir, pero no pierdo la expectativa de que estaré yendo de vacaciones cuando sea posible.
- Los años pasan. ¿Qué de Efraín Jara abuelo?
- Fui un mal padre en el sentido de estar siempre absorbido por la literatura y no dedicar más tiempo al hogar. He sido vertiginosamente abuelo, mis hijos se casaron tardiamente. Es una fase vital muy grata la de ser abuelo, después de todo es un afecto sin responsabilidad: jamás he querido más responsabilidades que no sean las del ejercicio de escritor. Tengo cuatro nietos: tres de mi hija que se fue a residir en Chile sin darme tiempo para estrechar lazos con mis nietos, pero soy muy afecto a ellos y los extraño. Otro nieto me dio mi hijo Juan.
- Hablemos de premios y reconocimientos. Usted los ha rechazado muchos y acaba de aceptar el Premio Espejo. ¿Cómo explica?
- Las distinciones jamás me han halagado. Como escritor nunca he creído en el éxito. Fiado de la convicción de que con el trabajo asiduo se puede mejorar la escritura, a eso me he entregado con todas las fuerzas de mi vida. Lo ambicionado se queda corto frente a lo realizado, pero cuando vuelvo la vista sobre lo hecho creo que he cumplido mi tarea de escritor, aunque todavía puedo intentarlo algo mejor.
El premio fue sorpresivo porque no estaba nominado, como hace 10 años, cuando me tocó competir con una figura muy preclara de la literatura ecuatoriana, Angel Felicísimo Rojas, y estaba perfecto que lo dieran. Pero en otro sentido he sido un hombre dedicado exclusivamente a la tarea literaria y si he hecho algo relievante, es obvio que haya encontrado resonancia mi obra y sea aceptada hasta el punto de que mi trayectoria de escritor merecería ser premiada.  Estos premios deberían darse entre los 40 y 60 años, cuando pueden redimirle al escritor de las urgencias para dedicar más tiempo al trabajo. Yo creo que el Espejo tiene la idea un poco siniestra de ser un premio a la supervivencia, pues se otorga cuando el escritor ha sobrepasado la barrera de los 70.
Decidí aceptarlo, porque ya he reiterado mucho eso de rechazar los reconocimientos. Además, me parecía una situación cruel para el actual Presidente, Jamil Mahuad, tan negado en todos los aspectos, darle otro desaire al rechazar el premio.
-    ¿Cuál es el sentido de la poesía en estos tiempos de predominio de lo material y de la corrupción?
- La poesía es un ejercicio de pureza. Un ejercicio gratuito en el sentido de que no importa rentabilidad de ninguna clase. Un trabajo esforzado, un desinterés puro. Por eso la función del poeta es escribir no para publicar, tener éxito o reconocimiento, sino para decir lo que piensa sobre el mundo y la vida. En este sentido la poesía es hasta subversiva, porque el conocimiento que brinda es a contrapelo con las ambiciones del resto de la gente, que son lo económico y no más, en un mundo en el que el ser humano se ha convertido en un puro mecanismo de productividad y consumo.
- ¿Para aceptar el premio, no influyeron los 60 millones?
-  Tampoco. He llegado a una situación económica en la que el premio es poco significativo. Tengo mis rentas y aunque no hubiese el premio viviría igual. Además, el premio que debió entregarse a mitad de septiembre está detenido por la moratoria propia del Gobierno, o es probable que haya que esperar el visto bueno del Fondo Monetario Internacional...
- Este lujoso departamento prueba su holgura económica. ¿Cómo evoca aquellos tiempos lejanos, de penurias?
- Creo que para el creador son condiciones más favorables para la escritura las condiciones desfavorables para la vida. La restricción económica desarrolla más la imaginación. Pero cuando el trabajo se ha vuelto disciplinado, profesional, la creación se produce en cualquier condición.
- Sobre su mesa de escribir hay licores. ¿Bebe?
- Nunca he hecho hábito de nada. Bebo cuando me place, con amigos cuya conversación enriquece. Si no enriquece, más vale no perder el tiempo. Los latinoamericanos somos introversos y el trago nos saca, nos vertemos fuera y eso nos diferencia de los norteamericanos, extrovertidos, sin mundo interior. Por eso no toman trago y prefieren la mariguana, que los introvierte.
- ¿Ha fumado mariguana?
- Como experiencia hay que probar de todo. He fumado oyendo música y tiene una acción impresionante. Dicen que no es alucinógeno pero sí lo es: yo he tenido unos viajes de riqueza extraordinaria.
- ¿Escribe bajo esos efectos?
- Es imposible: el poeta se queja  de que el lenguaje no alcanza a atrapar aquello que le fluye, porque la imagen es más rauda que el lenguaje. Si fuma la imagen se queda aún más atrás, irrescatable, como una piedra que cae al agua, desaparece y solo quedan las ondas concéntricas. La droga no puede enriquecer la visión del mundo.
-    ¿Cuáles son las satisfacciones que más han enriquecido su vida?
-    Las del amor.El amor es inagotable… Es un bellísimo estado de
imbecilidad. Eso es el amor: es irracional totalmente y quizá por eso es una de las fuerzas más poderosas de la vida.
- ¿A qué está dedicado ahora?
- Al espacioso, demorado rescate de la ingente cantidad de trabajos preparados para el ejercicio de la docencia. Quiero realizar un par de volúmenes de investigación y análisis sobre autores y obras ecuatorianos el uno e hispanoamericanos el otro. Es un trabajo de rutina profesional, disciplinado. Casi no salgo, me dedico a leer y escribir. Naturalmente, sin dejar mis trabajos de creación.


LA LIBERTAD DE VIVIR Y DE MORIR
En 1978 Jara vivió un acontecimiento singularmente intenso. Estaba separado de su familia, cuando le llamaron por teléfono para avisar que Pedro, su hijo de 16 años, había muerto. Se había ahorcado.
“La libertad del hombre se prueba sobre todo frente a la muerte. Si el hombre es un ser libre tiene derecho no solamente a elegir su manera de vivir, sino también su manera y su tiempo de morir.
“Mi hijo eligió él su muerte y yo he sido respetuoso de eso. Con Sollozo por Pedro Jara no escribí una elegía para lamentar la muerte de él, no tenía por qué lamentar si él había decidido. Alguna gente un poco roma creía que yo había hecho un motivo de escritura la muerte de mi hijo para una experimentación literaria. Para un homenaje a mi hijo tenía que hacer algo nuevo, que no se pareciera a nada. Por eso es un poema tan experimental, tan de búsqueda de nuevas formas, que inclusive su subtítulo es ilustrativo, pues dice Estructuras para una Elegía”.
Pasados 21 años, el poeta siente profundamente el episodio. Su voz se ahueca y sale cavernosa: “Primero es la incredulidad. Salí en precipitada carrera y fui con ese ánimo. Había hablado con él el día anterior y no aparentaba nada... Fue un golpe muy duro, impensado, era el hijo varón más apegado a mí: resultó muy doloroso. Son de esas cosas que le obligan a decir a uno que el sufrimiento pasa, pero el haberlo sufrido no pasa jamás y le acompaña toda la vida”.
Jubilado, entregado exclusivamente a sus cosas, Efraín Jara se mantiene física y mentalmente en forma: las mañanas hace gimnasia con pesas durante una hora, trota o va a nadar en Baños.
También dedica dos horas diarias a escuchar música. “Mi predilección es la música de concierto contemporáneo y el jazz. Pero no mezclo las cosas. Para leer y escribir necesito la máxima concentración y lo hago en silencio. Abomino los pasillos: son deprimentes, uniformes, monótonos, todos iguales. Nunca iba a los paseos del colegio o de la Universidad porque allí habían las tres cosas que más abomino: el aguardiente de caña, los cuyes y los pasillos. El aguardiente de caña lo bebía en la extrema pobreza de la juventud, pero recuerdo que los primeros tragos me arrancaban lágrimas”.
La cocina es una de las actividades domésticas de su mayor agrado: “yo preparo un excelente arroz de cebada, caldo de patas y los platos fuertes muy cuencanos que son de mi predilección, menos el cuy. Ni qué hablar de los mariscos, que tanto los comía en Galápagos”.
La Universidad San Francisco de Quito sacó a luz hace poco una recopilación de la obra poética de Efraín Jara: “Me llamó mucho la atención ese volumen de 400 páginas, porque creí haber sido un escritor parco, que ha escrito mucho y ha publicado poco”. *



* Este texto sintetiza dos entrevistas al poeta, la primera publicada en El Comercio en septiembre de 1995 en vísperas de un viaje a Galápagos y la otra en noviembre de 1999 en Encuentros.
 

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