Las satisfacciones de una vida de magisterio Imprimir
El profesor del curso de mejoramiento profesional del magisterio perdió las casillas cuando la rectora del colegio Manuela Garaicoa y un sacerdote salesiano cuchicheaban.
-    ¡Canelos: fuera! -vociferó, apuntando con el índice la puerta del aula.
El padre Calvo, azorado, tartamudeó en defensa de la rectora sorprendida en falta. El profesor montó aún más en cólera:
- ¡Calvo: fuera! - gritó enfurecido, ordenando a los dos abandonar el recinto al instante. Los maestros-discípulos del curso miraron estupefactos a los dos personajes salir del aula, mientras Francisco Estrella Carrión, el profesor de Inglés, continuó su clase como suelen hacerlo los maestros sin dar importancia al incidente con los alumnos indisciplinados.
El recuerdo grato del episodio inolvidable en la vida de Dora Beatriz Canelos sirve de preámbulo para que la educadora, una de las maestras notables de Cuenca en el presente siglo, se decidiera a evocar las experiencias de su trayectoria vital y en las filas del magisterio.
Nacida en Cuenca en 1924, cursó sus primeros estudios en el asilo de las madres de la Caridad, de donde pasó directamente al tercer grado en la escuela Central. Luego iría al colegio normal Manuela Cañizares, de Quito, para graduarse de bachiller en la primera promoción, en 1940.
Su vínculo con la educación fue casual, pues apenas graduada le ofrecieron un profesorado en Huajibamba, caserío rural de Cuenca al que se presentó en octubre de 1940 y no encontró alumnos: la costumbre de los padres era enviar a sus hijos a la escuela en noviembre, después del período de sembríos de maíz.
Entonces intervino el azar, que marcaría el rumbo de su vida: la directora de la escuela Tres de Noviembre, Dolores J. Torres, le pidió que sustituyera a una profesora con licencia por enfermedad. La relación con la educadora - “una mujer de convicciones religiosas profundas, modelo de disciplina y vocación por la docencia”- le arrastró a ella a tratar de seguir su ejemplo.
Cuando en 1945 la señorita Torres fundó el colegio Manuela Garaicoa de Calderón, la joven Dora Beatriz le acompañó como profesora del primer plantel femenino laico creado en Cuenca, en tiempos en los cuales se consideraba innecesaria la formación de la mujer, cuyo horizonte social no tenía más destino que el matrimonio y el hogar.
“En 1950 Dolores J. Torres sufrió quebranto en su salud y debí sustituirla en el rectorado algunas temporadas, hasta cuando falleció en 1955 y me nombraron rectora del Garaicoa”, recuerda todavía incrédula por haber logrado afrontar el reto que llenaría la mayor parte de su vida.
“Yo era tímida y no sé cómo pude salir adelante frente a un equipo de profesores excepcionalmente notables nucleados en torno al colegio femenino cuyo prestigio atraería cada vez más alumnado”, dice la educadora, que en 1951 se matriculó en la Facultad de Filosofía, recién fundada, para licenciarse en Ciencias de la Educación con 10 compañeros que lo primero que hicieron fue crear el primer colegio nocturno de Cuenca, el Octavio Cordero, donde trabajaron sin cobrar un centavo.
Jubilada en 1984, laboró hasta 1993 en la Universidad del Azuay y hoy sigue vinculada a la docencia, a través de talleres para enseñar técnicas artesanales a madres que se ganan la vida con obras de costura, bordados, pinturas y manualidades. Es un establecimiento vinculado a la comunidad salesiana, que lleva por nombre Mamá Margarita, en memoria de la madre de San Juan Bosco.
Dora Canelos se califica como una mujer conservadora en sus costumbres y en su vida. Profundamente católica, se esfuerza por ser cristiana en el sentido más amplio de la filosofía de Cristo.
Su presencia en el Garaicoa quedó marcada por la severa disciplina impuesta en los profesores y el alumnado. En su rectorado el colegio no era de mujeres, sino de señoritas. “No se daban entonces casos de adolescentes embarazadas, pero nunca fui partidaria de que las jóvenes fueran madres antes de tiempo o compartieran la maternidad con el colegio”.
Ella lamenta que por influencia de los medios de comunicación, la juventud de hoy desborde el control de los padres y los maestros, pierda valores y viva desorientada. “Yo no acosejaría nada a los jóvenes, sino a los padres, para que sean guías de los hijos, a quienes no pueden soltarlos antes de que estén formados y puedan discernir entre lo bueno y lo malo”.
Cargada de años, pero con fortaleza de cuerpo y espíritu, Dora Canelos vive con serena satisfacción la etapa sin urgencias tras la tensión de horarios y obligaciones cotidianas. La Municipalidad, varios gobiernos, instituciones culturales y sociales de Cuenca y del país, la han premiado con preseas, medallas y acuerdos honoríficos que parece dejarlos atrás, frente a la íntima satisfacción del deber cumplido sin reservas.


LAS DISTANCIAS DEL AMOR

Admirada y querida por miles de mujeres que pasaron por el Garaicoa, la maestra jubilada está segura de que el magisterio le dio retribuciones espirituales que compensan algunas carencias que pudo sentir en su vida.

-¿Qué destaca de su infancia, de su juventud?
- Una niñez y juventud como la de todos los niños. Tiempos de alegría, de amistades, de paseos, de enamorados, de fiestas. Todo bajo los principios de respeto a las normas sociales, a las personas y a una misma.

- ¿Sus padres?
- José Miguel Canelos, un capitán del ejército, y Mercedes Carrasco Espinosa, fueron mis padres. Ellos se habían separado cuando yo, la única hija, aún fui tierna. Le conocí a mi padre cuando a los 13 años me mudé a estudiar en Quito. Falleció joven, en 1942.

- Usted aludió a amores. ¿Rehuyó el matrimonio?
- En 1949 tenía listo mi matrimonio. Jorge Peñafiel, mi novio, había ido a estudiar Geología y Minas en Chile y encontró la muerte en un accidente. Nuestro afecto era tal que la separación nos llevó a planear un matrimonio por poder legal y él ya me había enviado el documento cuando falleció.

- ¿Y después?
- Siempre le fui fiel a quien iba a ser mi esposo. Hubo otras posibilidades, pero preferí mantener el recuerdo de Jorge. Creo que mis sentimientos hacia él los revertí hacia las tareas docentes, que entrañan una entrega vital permanente.

- ¿Qué opina de la juventud?
- Es una bella edad, en la que predominan el entusiasmo, la sinceridad, lo espontáneo, la libertad: son valores imponderables que acaso no los aprovechamos en el mejor sentido, cuando están a mano.

- Aparte del magisterio, ¿qué la habría gustado hacer en su vida?
- Quizá periodismo, investigación sobre temas sociales y educativos. La música fue una de mis aficiones juveniles y cursé estudios de piano en el Conservatorio, pero todo quedó de lado por la docencia.

- ¿Contenta por lo que ha hecho?
- Sobre todo agradecida con quienes me apoyaron. Con Cuenca, pues su gente alentó mi vocación por el magisterio, siempre me sentí apoyada por autoridades, padres de familia y gente del pueblo que me mostró respeto, cariño y adhesión a lo largo de mi vida.

Agosto de 1999
 

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