A cien años del crimen el resplandor de la hoguera aún opaca la imagen luminosa de Eloy Alfaro Delgado, el luchador revolucionario, el propulsor de obras para el desarrollo nacional, el defensor de la integridad territorial y de los derechos del indio y de la mujer: la sangre del mártir no deja ver el altivo rostro del héroe.
Nacido en 1842 en Montecristi, provincia de Manabí, murió el 28 de enero de 1912 a manos de una turba magnicida y manipulada que arrastró su cuerpo por las calles, despedazándolo, hasta incinerarlo en el barrio El Ejido de Quito.
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El Presidente Eloy Alfaro (centro) en el vagón de un ferrocarril, inspeccionando la construcción del tramo Guayaquil - Quito. |
Por su sangre corría sangre española y montubia manabita. Desde la juventud es subversivo y conspirador, llevado del ideal de redimir al pueblo de los abusos del poder político y oligárquico y de combatir la corrupción de los gobernantes. A los 36 años ya es conocido como el Viejo Luchador y ha saboreado los destierros.
En 1895, tras la caída del Presidente Luis Cordero por el episodio de la “venta de la bandera”, en Quito se vive agitación política que no logra dominarla el Vicepresidente encargado del poder, Vicente Lucio Salazar. En Guayaquil el cinco de junio una junta patriótica con respaldo popular resuelve “nombrar para Jefe Supremo de la República y General en Jefe del Ejército al Benemérito General don Eloy Alfaro, quien con su patriotismo y abnegación sin límites, ha sido el alma del movimiento popular que ha derrocado la inicua oligarquía, que durante largos años se impuso por la fuerza, sumiendo al país en un abismo de desgracias”.
Cuando se proclamaba el triunfo de la Revolución Liberal su mentor estaba en Panamá, a donde se le envió una embarcación y dinero para financiar el retorno a la Patria. El 18 de agosto asumió el mando ante el pueblo de Guayaquil que le ovacionó en forma multitudinaria. Sería el inicio de la lucha por consolidar el poder, que sólo se produciría tras combates con las fuerzas que quedaban aún leales al gobernante de Quito.
El 4 de septiembre fue la entrada triunfal de Alfaro en la Capital de la República, en medio de la temerosa confusión de sus habitantes. “La curiosidad, la duda, el temor, el espanto se asomaban a los ojos exorbitados de las gentes. Pero cuando en medio de la comitiva que ascendía por la calle del Mesón vieron la figura apacible del Viejo Luchador, con la blancura de su barba en el bronce de su tez; cuando miraron que el hereje, el masón, nada tenía del monstruo infernal del que habían oído hablar; la angustia y el sobresalto se trocaron en perplejidad primero, y ésta en confianza y en sano entusiasmo, y, a poco, el grito de Viva Alfaro vibraba en el ambiente temblón de la ciudad sobrecogida”, según historiara Gustavo Alfredo Jácome.
Las medidas revolucionarias del gobierno alfarista le acarrean problemas con las oligarquías dominantes, pues ha decretado la supresión de tributos para los indios y campesinos, ha proclamado la educación laica, el matrimonio civil y ha subordinado la Iglesia al Estado. Los grandes latifundios en poder de comunidades religiosas son revertidos para obras de asistencia pública. Los conservadores y facciones desleales del liberalismo se juntan para combatirlo, más la Iglesia.
El 9 de octubre de 1896 la Convención Nacional reunida en Guayaquil le designó Presidente Constitucional de la República, y gobernó en esa calidad hasta el 31 de agosto de 1901.
El 16 de enero de 1906 Alfaro volvió a la Jefatura Suprema de la nación luego de empuñar las armas y provocar la caída del Presidente Lizardo García. Desde el 1 de enero de 1907 hasta el 14 de agosto de 1911, por decisión de la Asamblea Nacional, gobernó como Presidente Constitucional.
Uno de los momentos estelares en la vida del Presidente Alfaro es la inauguración del ferrocarril Guayaquil-Quito, el 25 de junio de 1908, obra majestuosa y difícil en la que puso empeño para encarrilar al país por las vías del progreso: “Día es –dijo en la ceremonia- el más glorioso de mi vida, porque es la realización de los ideales más grandes del país y que han sido y son los míos propios…”.
En la segunda administración Alfaro, aparte de culminar la obra del ferrocarril, realizó una gestión importante en el campo de la educación, creando incluso escuelas nocturnas para artesanos, el Conservatorio Nacional de Música, la escuela de Bellas Artes, el Colegio Militar, becó a jóvenes al exterior para que estudiaran carreras técnicas no existentes en el país. “Alfaro fue poseído de una verdadera fiebre creadora”, diría Francisco Huerta Rendón.
En las postrimerías de su mandato, el país se vio envuelto en conflictos políticos que provocaron luchas y hasta muertes en las calles. Ante rumores de que quería prolongarse en el poder tras la elección de Emilio Estrada para la Presidencia, surgió la conspiración, que obligó al Viejo Luchador a abandonar el poder y pedir asilo en la embajada de Chile. Carlos Freile Zaldumbide, Presidente del Senado, asumió el interinazgo y le pidió la renuncia.
Así llegamos a 1911. El Presidente Estrada muere súbitamente el 21 de diciembre y asume la magistratura Freile Zaldumbide, pero las condiciones políticas no son propicias para la paz, pues Flavio Alfaro es proclamado Jefe Supremo en Esmeraldas y Pedro Montero lo hace igual en Guayaquil, con la intención de entregar el poder a Eloy Alfaro, que regresa de Panamá.
El país está desintegrado y hay luchas entre las fuerzas oficiales y las revolucionarias. En Huigra, Naranjito y Yaguachi los combates dejan más de tres mil muertos que conmocionan al país y serán decisivos para las decisiones militares y políticas inmediatas. Los Alfaro y sus aliados son inculpados del derramamiento de sangre y caen prisioneros, mientras el pueblo encolerizado exige aplicarles las máximas sanciones.
Un Consejo de Guerra condena el 25 de enero de 1912 a 16 años de prisión a Pedro Montero, pero las turbas no se contentan con el castigo y exigen sangre, invadiendo la Gobernación del Guayas donde están los presos. “Quieren mi vida, la daré mañana”, dice Montero, mientras un teniente, Alipio Sotomayor, se acerca y le dispara en la frente. El cuerpo de la víctima es lanzado por los balcones a la multitud que lo despedaza y mutila para exhibir como trofeos los órganos. Este episodio será el antecedente de la orgía de sangre que vendría tres días después.
Tras una serie de vacilaciones y discusiones entre autoridades civiles y militares del Guayas y Quito, los prisioneros Eloy, Medardo y Flavio Alfaro, Manuel Serrano, Ulpiano Páez y Lucio Coral, son enviados a Quito, a donde llegan hacia el medio día del domingo 28 de enero. Una multitud enardecida invade el panóptico, a donde son transportados, y perpetran el crimen que ya, desde días anteriores, han vaticinado los medios de comunicación que inclusive azuzan a las masas.
El Viejo Luchador, que en 1908 había confesado que la inauguración del ferrocarril era el acto más grandioso de su vida, fue precisamente, en su ferrocarril, transportado preso a Quito para la inmolación.
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El papel de los medios |
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La masacre de Alfaro y sus compañeros estuvo antecedida por una campaña de medios de comunicación que insinuaron la violencia y la muerte. He aquí algunas transcripciones:
“Extinguid a la víbora. Acabad por siempre con estos salvajes. ¿Qué haremos con los Alfaros y los Monteros? Para ellos todo castigo es pequeño comparado con la magnitud del crimen que han cometido como perjuros y traidores, contra ellos carecen de eficacia el presidio y el destierro” (La Prensa, Quito, 16 de enero de 1912).
“El Partido Liberal tiene el orgullo de haber combatido al alfarismo en todo terreno y sin descanso. Muy pronto tendrá la gloria, con el auxilio de todos los ecuatorianos patriotas, de haber extinguido radicalmente del organismo nacional al vergonzoso alfarismo” (La Constitución, 17 de enero)
“Para extinguir las revoluciones es necesario, por lo menos, extinguir a los cabecillas; pedimos, pues, que no se proceda con la generosidad criminal con que hasta ahora se ha procedido con los esbirros del alfarismo”. (La Prensa, 17 de enero).
“Nosotros pedimos para éstos el patíbulo con la inflexibilidad de lo fatal y la carencia de nervios de los artículos del Código…Ante la muerte, un hombre vale como otro cualquiera”. (El Grito del Pueblo Ecuatoriano, 24 de enero).
“Con qué gusto habríamos visto que el noble gremio de cocheros de la capital, y los batallones de aquella guarnición, levantasen una horca más alta que la que le levantaron los limeños para los hermanos Gutiérrez en la torre de la Catedral de Lima” (El Guante, Guayaquil)
“En toda sociedad civilizada, a los grandes criminales se les excluye de la convivencia social y se profesa hasta como axioma de derecho penal moderno el de la eliminación de los incorregibles”. (Editorial de La Constitución, enero 23)
“De estricto acuerdo con la voluntad nacional y las leyes militares, perentoriamente pedimos a Ud., señor Presidente, que los incalificables Eloy Alfaro, Pedro J. Montero, Flavio Alfaro, Ulpiano Páez y demás principales cómplices sean pasados por las armas como traidores, sus bienes confiscados en favor de las viudas y huérfanos de los defensores de la Constitución y, en consecuencia, sus nombres borrados del escalafón militar” (Comunicado de militares y civiles en El Comercio, de viernes 26 de enero Nro. 1870)
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La muerte del Cóndor
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Alfaro con personeros de la empresa ferroviaria que construyó la red de unión de la costa con la sierra. |
Mario Vargas Vila, literato colombiano amigo y admirador de Alfaro, escribió la apología del héroe y mártir y relató con el vigor de su característico estilo, las horas postreras de su vida y de su ingreso a la historia y a la eternidad.
La obra se llama La Muerte del Cóndor y de ella transcribimos la narración del sacrificio e inmolación de él y sus compañeros, aquel fatídico 28 de enero de hace un siglo:
“La tragedia nos llama; ya, la marea zarrapastrosa, se dirige contra el Panóptico; los soldados hacen el simulacro de resistir; se oyen pocos tiros; las puertas de la prisión se abren; los pretorianos, se fingen vencidos; ¿por quién? Ya lo estaban por el oro clerical, y la orden de sus amos; son los mismos pretorianos indígenas del Once de Agosto; esa turba armada se une a la que viene de afuera y principia la matanza; el ojo avizor de las fieras, como guiado por un resplandor de Gloria, que saliese a través de la puerta cerrada, se dirige hacia la celda de Eloy Alfaro; husmean al héroe, cual si fuesen a cazar al león vencido, por entre el bosque de laureles, que ha sido su Vida; entran en la celda los galgos de Caín, que no fueron nunca los lebreles de Belona; aúllan cerca de la presa deseada; remolinean, miedosos y feroces; el Gran Anciano surge entre ellos, erecto en toda su talla, como si el Sol de la Inmortalidad lo iluminase ya, en aquel trágico momento, en que va a arrebatarlo de la tierra, envuelto en el cendal de sus rayos luminosos; los brazos, cruzados sobre el pecho, mira los asesinos, con aquella mirada terrible, que los había hecho temblar tantas veces, y los apostrofa con aquella voz, hecha a marcar en la batalla, los derroteros de la Victoria:
-¿Qué queréis”. –les dice:
Mataros, viejo Eloy –le responde un soldado del Marañón, y apunta su rifle contra él:
- Cobardes- dice el Héroe; el traidor dispara; y, el viejo Libertador, cae fracturado el cráneo por una bala; el corazón de América, se rompió en pedazos; el único Héroe auténtico, yace en tierra; la más alta personalidad, bélica y política, de un Mundo, acaba de caer asesinada por la plebe enfurecida;?lo ultrajan, lo escupen, lo desnudan, le atan una cuerda a los pies, y lo sacan a la calle; el Exodo de la Muerte principia en ese horizonte de pavor; la hora, es de las fieras; Medardo Alfaro, y Manuel Serrano, son ultimados luego; una mujer chupa la sangre que se escapa de las heridas de Serrano, y limpia con la lengua la hoja de la daga que lo asesinó; Ulpiano Páez se defiende y cae el fin; a Luciano Coral le arrancan la lengua estando vivo, y sus rugidos de dolor llenan el recinto de la prisión; Flavio Alfaro, es el último; lidia él solo, un combate contra las turbas; se defiende como un tigre en un jaral; y, sucumbe, al fin, teniendo delante de él, tres asesinos muertos por sus manos; la turba, en orgasmo, no es ya una turba, es algo inorgánico, enloquecido, monstruoso, que está fuera de los límites de la humanidad; sacan los cadáveres, los desnudan, los roban, les atan cuerdas a los pies, y los llevan a la calle; y la lúgubre procesión comienza; el cadáver de Eloy Alfaro va el primero; la cabeza venerable, fulge aún con el sol, bajo el oriflama de su cabellera blanca; pocos pasos más y la cabeza es cortada en pedazos; le arrancan los labios; un bárbaro, le tritura las mandíbulas; un niño enarbola en una pica un pedazo de la quijada, que muestra aún un resto de la barba blanca, inmaculada; un fraile disfrazado le corta los testículos; le arrancan el corazón, y se disputan sus pedazos; le vacían las entrañas, y se las reparten entre sí; ¿los brazos? ¿dónde están los brazos? Las fieras los llevan como trofeos; y el cadáver rueda, rueda, rueda, arrastrado sobre las piedras;
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El cuerpo del Viejo Luchador arrastrado por las calles de Quito rumbo a El Ejido, para la incineración. |
He ahí, una meretriz que avanza:
-Alto- dice; y, la comitiva hace alto; la meretriz, alza la falda inmunda, y se desaltera en lo que queda del cuerpo del Héroe; otra, desde un balcón, le premia la hazaña, regalándole una bandera; las calceteras de París, guardaron más pudor, en su crueldad;?¡mueran los masones!?¡viva la religión!?¡mueran los herejes!?¡viva el Sagrado Corazón de Jesús!
Tales eran los gritos de la plebe, en el silencio angustiado, de los cielos y la tierra; las beatas salen al trayecto con sendas copas de licor, para la plebe; son damas de buen tono; hombres de alta sociedad, salen a repartir dinero a los asesinos; la turba vocifera hasta enronquecer; un niño de diez y seis años, viola los cadáveres, y los poluciona, entre las carcajadas de la plebe católica, atacada de lascivia; así llegan los cadáveres al Ejido; ¿qué queda del cuerpo de Eloy Alfaro? El tronco sin entrañas; los otros cadáveres, igualmente mutilados y ultrajados, llegan también; se hace una pira, y se les arroja en ella; la Doctrina Tobar, triunfa; en torno de esa pira, las fieras ebrias, danzan, ríen, bromean, acariciándose con los restos, antes de lanzarlos a la hoguera; catorce horas dura esta orgía, y nadie viene a oponerse a ella; ¿no hay gobierno en Quito? Sí lo hay; pero, es el gobierno, quien ha ordenado ese asesinato; ¿no hay soldados en Quito? Los hay por millares, pero son otros tantos millares de asesinos, paniaguados;?lo que no hay en Quito, a esa hora es hombres; no hay, sino fieras…