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Poco significaría el padre Berroeta para su ciudad por el mero hecho de haber nacido en Cuenca, si no fuera porque su obra lírica reúne los elementos originarios de lo que podríamos llamar poética cuencana.

El próximo15 de julio hará dos siglos del fallecimiento, en Sevilla (España), del jesuita cuencano Pedro Pablo Berroeta, quien debería ser recordado por ambos nombres, Pedro Pablo (aunque según la partida bautismal se llamaba Pedro Pablo Joseph Berroeta Carrión) para no confundirlo con el escritor venezolano Pedro Berroeta (1914).

El padre Berroeta había nacido el 29 de junio de 1737. Debió disfrutar, en su niñez, de los encantos del paisaje comarcano: la campiña, el aire de los bosques, el canto de los pájaros, el rumor de los ríos. Sin embargo, muy pronto se alejó de este paraíso y de la aridez cultural que amodorraba a la Cuenca de la primera mitad del siglo XVIII, pues fue admitido en edad muy temprana (1752) en la Compañía de Jesús. Cabe suponer que era un adolescente de clara inteligencia como para ser recibido en la Compañía, ya comprometida con el pensamiento humanista, libre e ilustrado que empezaba a cambiar la visión del mundo, a los dos lados del océano, en el siglo XVIII.

Culminados los estudios religiosos, fue destinado a las misiones de la Compañía en Mainas. Estuvo entregado a ese ministerio cuando le sorprendió la orden de deportación a Italia, junto a los demás religiosos, entre ellos su hermano mayor, también jesuita, Agustín Berroeta. La expulsión había sido decretada en 1867 por Carlos III, temeroso, como todo gobernante autoritario, de la influencia del pensamiento humanista y libertario en la América española. Era Berroeta el menor de los jesuitas expulsados de nuestro país; tardó tres años en llegar a su destino en Europa.

Poco se conoce acerca de sus actividades en los primeros años de extrañamiento. En 1798 estuvo con su hermano mayor en Barcelona, gracias al permiso otorgado por Carlos IV; pero en 1801 se vio nuevamente obligado a regresar a Italia al ser revocada aquella autorización por el propio monarca. Desde 1815 se desempeñaba en Palermo como bibliotecario de la real biblioteca pública, con autorización para leer libros prohibidos. Reconocida la Compañía de Jesús por Fernando VII, fue llamado a España y destinado a Sevilla, en 1818, donde falleció tres años después; fue, entre los compañeros del extrañamiento, el último en morir, afirma Manuel María Pólit al restituir a Cuenca el nombre y la obra del jesuita, afán retomado luego por Aurelio Espinosa Pólit y Hernán Rodríguez Castelo.

Poco significaría el padre Berroeta para su ciudad por el mero hecho de haber nacido en Cuenca, si no fuera porque su obra lírica reúne los elementos originarios de lo que podríamos llamar poética cuencana. Hemos de destacar la alta calidad de su poesía, anunciadora de la diáfana y exquisita sensibilidad que prevalecerá en el verso cuencano a lo largo de dos siglos. Hemos de hablar, asimismo, del amor al terruño, expresado en la añoranza del paisaje nativo: los aromas del bosque, el rumor de los ríos, el canto de los pájaros. No se trata solo de un elogio a lo americano frente al menosprecio con que el europeo miraba por entonces al Nuevo Mundo; es también un anuncio de la obsesión por la poesía nacional, tan pregonada por nuestros románticos del siglo XIX. Por otra parte, pese a haber sido compuestas en el destierro, las composiciones del jesuita no se lamentan de la suerte del proscrito; al contrario, hallan el momento para que el autor se ría de sí mismo y de los demás con el humor y la ironía que serán retomados en el siglo XIX por Solano y, en la primera mitad del XX, por los jóvenes irreverentes del grupo ELAN.

Para no abrumarle al lector, solo aludiremos a otro elemento significativo, cual es la insatisfacción frente a la obra ya terminada. En efecto, luego de haber contado en ocho mil y más versos la historia de la Pasión, Berroeta está a punto de entregarlos al fuego, por cuanto sabe que la vejez no le dará tiempo para corregirlos. ¿No se anticipa así a concebir el poema como obra de arte inconclusa y perfectible, concepto llevado a la práctica por los poetas cuencanos a comienzos y a finales del siglo XX?




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