Google Translate Widget by Infofru

Author Site Reviewresults

logo

Quien habla bien, está bien…
Leído en alguna ocasión.

 

Algo de soltura e informalidad viene siempre muy bien. Y – de yapa – nos hace falta un poco de humor; aunque éste sea irrespetuoso. Quizá, pues, debiéramos acordarnos de esa canción que machacaba: palabras, palabras, palabras; y de unos despectivos y adecuados términos, como palabrería, lata y blablá

Hay gente que tiende al nominalismo. Queremos decir que ciertas personas le dan demasiada importancia a la palabra. Sabemos – claro – que pensamos con las palabras. Y, luego, -- claro, también – que actuamos por ellas. Pero hasta ahí nomás… No hay palabras mágicas. Salvo en la Literatura, las aguas del mar no se separan por una orden verbal; ni los tesoros se destapan con el ábrete sésamo. A propósito, recordamos, aquí, los dichos de un sastre que conocíamos: ¡Respetémonos, señor ¡Deme el don que merezco; y, así, estaremos mejor… El buen artesano – molesto con su cliente -- parecía ignorar que un tratamiento gentil, o respetuoso, no mejora a nadie; no puede hacer caballero a un menestral. Exageraba, pues; les pedía demasiado a las palabras: les pedía que hicieran, con materia escasa, obras mayores. Recordemos: La cortesía es, solamente, el lubricante de la vida social. Y-- por otra parte – algo de soltura e informalidad viene siempre muy bien. Y – de yapa – nos hace falta un poco de humor; aunque éste sea irrespetuoso. Quizá, pues, debiéramos acordarnos de esa canción que machacaba: palabras, palabras, palabras; y de unos despectivos y adecuados términos, como palabrería, lata y blablá.

Dicen que la moda no incomoda. Pero hay algunas modas que no sólo incomodan, sino, -- bastante más --: fastidian. Ciertamente, ya estamos hartos de eso de amigos y amigas, médicos y médicas, actores y actrices, jóvenes y muchachas adolescentes… Y, por ello, hay quien caricaturiza tal afán inclusivo: clientos, clientas y clientes; calientos, calientas y calientes; desnudos, desnudas y desnudes. Y – ya que estamos en la tarea --, agreguemos una contribución extravagante: el billabarcón, la billabarcona, el billabarquín, la billabarquina, los billabarquines, les billabarquines. ¿Por qué no? ¿No queremos ir a la integridad y la completud del género…? Y, así, -- por debido contraste – recordamos, con cierta nostalgia, aquellos escuetos y generalizadores masculinos; y ése, antiguo y excepcional, señoras y señores; o, -- lo que es igual-- damas y caballeros. (Excepción, remachemos.)

Y, ahora, vamos al grano. No estamos infravalorando el lenguaje. La gente se comunica con él. Y, por lo tanto, -- suponemos -- debe ser suficientemente funcional, adecuado y correcto. Y – bien lo sabemos – las palabras se usan para todo; incluidas las reivindicaciones corporativas, sectoriales, de sexo, de género… Pero, aquí, atención: La equidad humana no se da en el campo del léxico, sino en el amplio campo de lo social. Es decir, debe conseguirse en lo económico y en lo cultural. Lo cual significa cosas tales como: política republicana; igual remuneración, por igual trabajo; libertad de expresión, dignidad para todos… La inclusión, pues, – paradójicamente – ha resultado un reduccionismo. Cerremos el punto: Las reiteraciones y duplicaciones verbales sólo entorpecen, y dificultan, la comunicación. La lengua y justicia, entonces, son dos cosas distintas: separémoslas; que cada una ocupe su lugar.

El complemento. En el campo de lo cultural, -- recomiendan los entendidos y los entendedores – lo mejor es practicar el conservadurismo. De otra manera: conservar lo bueno; ir aceptando lo nuevo y bueno; y esperar que una natural evolución nos traiga beneficios a todos. (Esto mientras – simultáneamente y sin problema --, cabe ser socialdemócrata, en lo económico: el estado regulador; y liberal, en lo político: el estado como árbitro. Un sano eclecticismo, pues.)

Y detalle final y pertinente: Usar correctamente el lenguaje es difícil: implica conocimientos amplios y sensibilidad; es decir, el dominio de varias destrezas y una experiencia suficiente en la tarea de la expresión oral y verbal escrita. (Recordemos: También hay otras expresiones: mímica, sensorial, corporal…)

Conclusión metafórica: Al pan, pan; y al vino, vino. Y lo que no vino, no vino. Olvidémoslo. No existió. Y dejemos que lo conjetural permanezca en la mente de Dios. Vamos a lo efectivo. Veamos, pues, lo que hay que ver: los hechos de aquí y ahora; y oigamos las palabras que los designan. Esa actitud, pues, tan filosófica (Ortega), clásica, sencilla y precisa.
.




Derechos reservados 2019 © Revista Avance
Desarrollado por Webnet Soluciones
        
012272826