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Una ciudad que “parece a la vista ponderación del pincel apurado de la fantasía”, al decir de Merisalde y Santisteban, una ciudad digna de ser el asiento del paraíso terrenal, sostenía el padre Juan de Velasco, otro soñador

Había llegado a un triste final la guerra civil desatada en los vastos territorios del Virreinato del Perú. Sentenciado a muerte, el legendario sobreviviente Sebastián de Benalcázar quería ir a España en busca de clemencia, pero falleció en abril de 1551, agobiado por el desencanto y la enfermedad. Antes, en 1546, había sido degollado en los campos de Iñaquito Blasco Núñez de Vela, primer Virrey del Perú, por mano de un esclavo negro que no le dio tiempo a concluir el rezo del “Miserere”. Como había sido calvo, el moreno le practicó un agujero en la mejilla para tener por donde izar el despojo ante las tropas de Gonzalo Pizarro y llevarlo a la picota, en un punto señalado en la plaza pública por Pedro de Puelles, Gobernador de Quito. En mayo de 1547, Puelles fue descuartizado y colgada su cabeza en aquel mismo lugar. En 1548, en otro mes de abril, le tocó al propio Pizarro el turno de ofrecer el cuello al tajo del verdugo. Abandonándolo en pleno campo de batalla, sus capitanes se habían pasado al bando del Pacificador Pedro de La Gasca, sacerdote enviado por la Corona para imponer el orden en esta parte del imperio. En ese mismo abril, fue degollado Francisco de Carvajal, el hombre de Pizarro más temido por la crueldad y la violencia. Así concluyó lo que pudo haber sido el primer intento de formar en América una nación independiente sobre un territorio que iba desde la actual Bolivia hasta el sur de Colombia. Los excesos del caudillismo malograron el proyecto.

Alcanzada la pacificación, La Gasca retornó a España. Advino el momento de la reconciliación. La eficacia administrativa exigía fundar nuevas ciudades, aparte de las tres que por entonces existían en la región que hoy ocupa el Ecuador, según Monseñor González Suárez. Pero era también la hora de volver a soñar: la otra cara de la medalla colonial.

Un sueño parecería ser la descripción enviada al Gobernador de Quito, Gil Ramírez Dávalos, por el Virrey Andrés Hurtado de Mendoza. En la Provincia de Tomebamba –le escribía- hay un lugar para una fundación española donde los naturales gocen de buen tratamiento. Que visitara esa provincia –le instaba- y mirase aquel asiento, atendiendo a que tenga agua perpetua, monte para leña, posibilidad para hacer molinos y tender calzadas. Se llamará Cuenca y tendrá una traza similar a la de Lima y en el centro una plaza tan grande como la mitad de la que había en dicha ciudad. Habrá cuatro solares para la iglesia, el cementerio y una huerta para el cura; además, cuatro solares para casas y tiendas; dos para el monasterio de Santo Domingo, y otros dos para el hospital, y solares para los vecinos, incluidos los naturales, con calles derechas cuya anchura permitiera ir por ellas dos carretas, sin que la una se detuviera para dar paso a la otra. Además, se construirán puentes y habrá zonas para pastos, y cada vecino se obligará a plantar en su heredad quinientos árboles cada año, y se explotarán caleras para construir los edificios.

En el acta fundacional, Ramírez Dávalos declaró que había venido a esta provincia para cumplir el mandato del Virrey, y que consultados caciques y pobladores comarcanos resultaba que el mejor sitio para la fundación era el asiento llamado Paucarbamba, porque reunía las condiciones descritas por el Virrey. De esta suerte, el 12 de abril de 1557 el fundador marcó sobre el terreno la traza de una ciudad vislumbrada desde Lima por Hurtado de Mendoza. Fue Ramírez Dávalos el capitán mejor escogido para plasmar el sueño del Virrey, por su respeto a los naturales, a pesar de que cuando sofocaba la sublevación indígena de Jalisco, en 1541, recibió una pedrada que le voló la dentadura, y por la firmeza con que, en calidad de Corregidor del Cuzco, reprimió la rebelión de los encomenderos acaudillados en 1553 por Francisco Hernández Girón.

Así nació una ciudad que “parece a la vista ponderación del pincel apurado de la fantasía”, al decir de Merisalde y Santisteban, una ciudad digna de ser el asiento del paraíso terrenal, sostenía el padre Juan de Velasco, otro soñador.




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