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Una pareja de esposos desde hace años rellena los baches de la vía Cuenca-Pasaje, sector Yunguilla, para cobrar un peaje voluntario a los conductores. Trabajan mejor que el Ministerio de Obras Públicas.

Una de las expresiones más grotescas del centralismo que sufren las provincias del sur del país, es la catástrofe de la vialidad para conectase entre sí, con el norte, y con la costa. Y no hay autoridades que defiendan y protesten

Las características de la carretera Panamericana de Loja hasta la provincia de Chimborazo, pasando por Cuenca, convierten a esta en una ruta de submundo, en relación con las magníficas vías que van desde allí a Quito y hasta la frontera con Colombia.

Las carreteras de la costa tienen similares características y compiten en buena calidad con las del norte del Ecuador. Pero el problema del centralismo –bicéfalo centralismo- se acrecienta con la actitud sumisa de autoridades “de provincias” que no exigen un trato igualitario y justo. Hay temor e indolencia.

A modo de ejemplo, se aborda en esta nota la carretera Cuenca-Girón-Pasaje: en ninguna población una autoridad sería indiferente ante tan horrorosa realidad, pero en el caso azuayo no pasa nada. Nadie con autoridad protesta. La vía fue repavimentada aproximadamente hace una década y sin mantenimiento se ha destruido, como muestran las fotos captadas en este mes.

En el austro ecuatoriano las carreteras son vías de verano, pues apenas caen aguaceros los derrumbes y destrozos cierran el tráfico por la Cuenca-Molleturo-Naranjal, Guarumales-Méndez, Sígsig-Chigüinda-Gualaquiza, Azuay-El Oro y otras de permanente conexión con el país. Y tan oprobiosa situación se la observa y acepta “como ver llover”. Es una realidad infalible.

En la vía Cuenca-Léntag las señales más visibles de tránsito son las cintas amarillas que anuncian el peligro en determinados sitios: no existe señalización en el centro ni en los costados, para facilitar la conducción en zonas de neblina.

Lo que sí hay son radares “técnicamente” instalados en lugares escogidos para multar por exceso de velocidad, ocultos después de curvas que siguen a tramos rectos de rápida circulación. Cerca de Portete de Tarqui una recta de varios kilómetros termina en una curva con un radar que no cumple otro fin que sorprender al conductor incapaz de bajar súbitamente la velocidad sin riesgo de accidentarse.

Los radares, los baches y los parches en la carretera Cuenca-Girón-Pasaje son un contraste irónico frente a las pésimas condiciones de la vía y los modernos artefactos para sancionar a los conductores apresurados. Los valores recaudados ni siquiera aportan a mejorar las vías y parecen destinados a mantener una burocracia que medra en cargos creados para pagar favores políticos o de otra índole, sin descartarse algún tipo de corrupción acaso también vinculada al centralismo.

Un contraste, magnífica vía al norte del país. A la derecha, un rompe velocidades invertido, convertido en fosa, en el sector Santa Marianita, cerca de Girón.

Algo más en la Cuenca-Pasaje: la angostura de la vía forma colas de vehículos desde Narancay a Tarqui, en ida y vuelta. El primer ministro de Obras Públicas del gobierno que fenece, Paúl Granda, cuencano, ofreció una autopista de 14 kilómetros para remediar el problema, lo que no pasó de unos dibujos coloridos de la fantástica construcción que ni ha empezado en cuatro años de gobierno.

Un problema de ayer, de hoy y seguramente del futuro es el centralismo. Ni los gobiernos “revolucionarios” ni el que prácticamente ya tiene terminada su gestión, han hecho nada para cambiar esta realidad. En le edición Nro. 1 de la revista AVANCE –septiembre de 1981- apareció una nota alusiva al tema, con el título “Centralismo, ofensa y menosprecio”, que mantiene actualidad y vale transcribirla en parte, cuando está por producirse un cambio (¿un cambio? en la administración nacional:

En verdad, este es un tema odioso de abordarlo, pero es preciso y las autoridades “de provincia” seguramente están de acuerdo en ello. Pero el cambio de mentalidad debe producirse no solamente en las esferas del gobierno, sino también en las mismas provincias. Ya debe desterrarse el gesto implorativo de los reclamos, para imponer la personalidad de los pueblos. Hemos acostumbrado tratar a los funcionarios capitalinos como el humilde al poderoso. El trato sumiso ha producido hechos como el de que mientras las autoridades “de provincia” soliciten audiencia a los funcionarios capitalinos –y casi no hay funcionario que por vivir en Quito se califique de “nacional”- , esos jefes nacionales cuando visitan las provincias, lo hagan para honrar las sesiones solemnes. Y los provincianos nos sentimos “honrados” con la presencia de esos burócratas capitalinos –ratones pipones-, que sólo salen de su sede con bolsillos repletos de viáticos y seguros de que son autoridades importantes. Mientras unos solicitan audiencia para que se les atienda, otros “hacen el favor” de visitarnos.

Una protesta valiente se produjo en 2001, cuando el Gobernador del Azuay de entonces, Daniel Toral Vélez, renunció denunciando al Ministro de Gobierno y al Presidente Gustavo Noboa el centralismo y el burocratismo. He aquí unos párrafos:

 Dibujo del acceso a Cuenca por la Panamericana Sur, anunciado por el Ministro de O.P. Paúl Grada a inicios del gobierno que termina. Quedó en papeles.

“Usted, señor Presidente, me manifestó personalmente su deseo de atenderme cuando lo requiriera. Incluso se dignó darme su número telefónico directo. Infortunadamente, no obstante mis reiteradas llamadas y comunicaciones enviadas, nunca cumplieron su objetivo. Sus directos colaboradores se encargaron de colocar una muralla entre usted y su representante personal en el Azuay. En los trece meses de función nunca pude entrar en su despacho, para plantearle los problemas de mi provincia y sugerir las soluciones”.
Es lamentable darle a conocer que tres veces seguidas me he trasladado a la capital, incluso, la última previa consulta, aprovechando de una llamada telefónica que me hizo el señor Ministro. Las tres ocasiones retorné completamente humillado y con una justificada indignación, pues fueron dos o tres días de angustiosa espera, en cada ocasión.

La paciencia ha concluido en mi, señor Presidente. No puedo por un día más ser testigo del menosprecio hacia mi provincia, cuando se han almacenado tantos problemas y que estos ya se han desbordado… Por todas estas razones y por otras que, por el respeto que usted se merece, no lo menciono, he decidido presentarle mi renuncia irrevocable de la Gobernación del Azuay…¨

Daniel Toral permaneció en el despacho hasta que se aceptara su renuncia. Pero pasados unos días asumió la Gobernación quien lo sustituiría, sin que él siquiera recibiera la aceptación de su renuncia. Hoy se revolvería en su tumba de mirar las fotos de la vía Cuenca-Léntag…

Acceso por la Panamericana Sur: angosto, congestionado, pero irónicamente plagado de radares y señales para bajar la velocidad.




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