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Por Ángel Pacífico Guerra

Los primeros cien días del gobierno presidido por Guillermo Lasso coincidieron, el 4 de septiembre, con el suntuoso matrimonio del hijo del Vicepresidente, en el emblemático templo quiteño de San Francisco

Bastante ha dado de qué hablar este acto, en todos los tonos, colores y contrastes. No podía ser de otra manera, tratándose de una boda que, de cualquier manera, mal podía escapar de las connotaciones políticas, al punto que al parecer el Presidente de la República se abstuvo de acudir a la celebración.

Las críticas adversas han venido de sectores ciudadanos sorprendidos por las galas pocas veces vistas en el Ecuador, como un desafío a las condiciones normales de los habitantes de este maltratado país, asolado por la corrupción oficial y privada, la criminalidad del narcotráfico, la escasez de empleo, y un sinfín de etcéteras que casi han llegado a ser lugares comunes.

Un viejo adagio popular viene a cuento con este motivo: “el que tiene plata hace lo que le da la gana…”. En este caso, se engalanó de flores el templo escogido, sus contornos y accesos, quizá en excesiva ostentación de fortuna, se encargó a empresas y empresarios expertos en ceremonias religiosas y paganas, se escondió a los mendigos del entorno habitual de las iglesias, sitios predilectos para pedir limosnas y se pidió al Concejo Metropolitano ciertas medidas que nunca se aplican en matrimonios comunes y corrientes.

Algo o mucho de ofensivo hubo en semejante inversión matrimonial propia de protagonistas vinculados a economías millonarias nacionales y extranjeras, en un país al que su segundo mandatario lo conoce en territorio, en la gente, en las costumbres, en sus pobrezas y discriminaciones y, sobre todo, en el accionar político. ¿Era prudente para el joven Borrero no sopesar los efectos de su boda en la reacción ecuatoriana? ¿Era prudente poner en riesgo la confianza popular, acaso resentida, por la ampulosidad, la exageración, la sobredimensión del acontecimiento?

Todo viene y va: rápidamente irán esfumándose del asombroso despliegue de las redes sociales las imágenes ceremoniales tan esplendorosas de esta boda. Pero quedan al margen críticas y comentarios que deberían darse y no se producen, pues los ojos y el pensamiento se enfocan en detalles, acaso secundarios.

Bien vale, en este punto, tener presente que fue el templo de San Francisco el escenario majestuoso de la ostentosa celebración. ¿Y quién fue San Francisco, el patrono de ese templo? Un personaje angelical, símbolo de la pobreza, del desprendimiento, del amor al prójimo, a la naturaleza, símbolo de la castidad y las virtudes más nobles pregonadas por la religión católica.

¿Por qué nadie ha criticado a los clérigos franciscanos por aceptar semejante derroche de economía, de deforestación y de mundana ostentación, en las puertas y en los interiores de su iglesia? Es que, hay que repetirlo, el que tiene plata hace lo que le da la gana. Y bien que lo haga, si la fortuna viene de fuentes pulcras, pero al margen de las connotaciones políticas propias de un matrimonio “oficial”, sí conviene, al interés de quienes gobiernan, manejar con prudencia sus impulsos particulares. En fin… la boda en mención ha dado para desviar de los temas rutinarios. Los gajes de la vida…

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