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Recordemos la reflexión de Eliécer Cárdenas Espinoza en su último artículo de Avance (septiembre, 2021), “La Casa, ¿Y la Cultura?”. Con indudable conocimiento de causa -él mismo fue semilla, y también fue floración-, desaprobó la gestión administrativa de la Casa de la Cultura Ecuatoriana a partir de la vigencia de la actual Ley Orgánica. El criterio sobre los efectos del nuevo orden legal era desfavorable, porque apagaron la creatividad y empobrecieron las expresiones culturales.

Por supuesto, ya se había desvanecido la utopía que persiguieron los fundadores de la Casa (agosto de1944): rescatar mediante la gestión cultural una autoestima lacerada por el desastre bélico y debilitada por efímeros gobiernos que frustraron la ilusión de cambio, emprendida, dos décadas atrás, por la joven revolución juliana. Pero la buena intención ha terminado en un ente burocrático que se mueve por inercia. Privada de autonomía y sometida al control autoritario, la gestión había quedado a merced de la inoperancia. Ahuyentados, muchos actores han ido cediendo el paso a los grupos minoritarios clientelares.

Sería injusto creer que, al evocar la figura de Benjamín Carrión, añoraba Cárdenas el carácter elitista de la Casa, considerado como su pecado original. Para descifrar la intención, debería presumirse que el comentario se sustentaba en el alto concepto de cultura que correspondía a un intelectual que vivió en permanente sintonía con los valores y las expresiones culturales de todos los tiempos para así entender y juzgar el aquí y el ahora.

La cultura es un proceso; es decir, dinamismo y cambio, pues cuanto el ser humano toca para embellecer el mundo o para deformarlo se convierte en cultura, a tal punto que hoy tiende a confundirse con la moda. Pero en su origen, el vocablo guardaba íntima vinculación etimológica con el arte de cultivar la tierra. La faena agrícola ha demandado siempre mucho esfuerzo y constancia: preparar el suelo, echar la semilla y vigilarla desde el primer brote hasta el momento de recoger el fruto, la justa recompensa. En el ámbito del pensamiento y del arte se encuentra algo similar, irreversible; por ello, hubo momentos de la historia cuyas propuestas han gozado de vigencia permanente. Sucedió, por ejemplo, cuando se descubrió la belleza del orbe y, con ella, la libertad individual para recrearla y la autonomía intelectual para interpretarla. Todo lo que aún admiramos como fruto perdurable de la capacidad creativa de la mente humana ha sido el resultado de un largo proceso de cultivo.

Nos referimos al período denominado Renacimiento, cuyo proceso demoró más de medio milenio para fructificar -hacia el siglo XV-, desde la época lejana en que los siervos de la gleba, lanzados a la diáspora por la presión demográfica, abandonaron sus territorios; se iniciaron como vagabundos, salteadores y feriantes; pero también se aventuraron por tierra y mar hacia mundos ignotos y aprendieron a observar, a convivir, a compartir y negociar.

Las personas surgidas de ese aprendizaje se establecieron en las pequeñas urbes, sobre todo en Italia, centros que prosperaron hasta transformarse en prósperas ciudades gobernadas por un sistema de autonomía y democracia. De este modo, el impulso migratorio había contribuido no solo a estimular la economía, sino a perfilar una nueva cultura, urbana, universal. Pronto se descubrió a los clásicos griegos y latinos y, para emularlos, se refundó la Academia. Paralelamente, se hallaron otras fuentes de placer: la lectura, el arte, el amor a las letras, dialogar, filosofar. Comerciantes afortunados pusieron la riqueza al servicio del talento creativo, propiciando la aparición de un nuevo ser humano, dotado de equilibrio emocional, de serenidad; un individuo refinado, inclinado al buen humor, que unía al gusto por el arte la fortaleza física y la alegría de vivir.

Un modelo elitista impensable en la uniformidad social contemporánea, se dirá. Empero, no ha habido mejor manera de ser dignos de pertenecer a la especie humana. Quizás fue esa amplia noción de cultura la que provocaba el malestar de Cárdenas Espinoza frente a la gestión de la Casa, una noción en la que caben plenamente la propia vida, la obra y la memoria del escritor, más allá del breve fulgor existencial.