Por: Rolando Tello Espinoza

Uno de los literatos de mayor renombre de la literatura ecuatoriana contemporánea es Jorge Dávila Vázquez, autor de sesenta obras de poesía, novela, cuentos, teatro, ensayo, crítica literaria, literatura infantil y juvenil. Ha recibido los premios más importantes que confieren instituciones culturales y del Estado. En 2016 el gobierno le entregó el premio Eugenio Espejo, dedicado a autores de obras consagradas. El 17 de junio pasado, al ser incorporado a la Academia Ecuatoriana de la Lengua, como miembro de número, presentó una ponencia sobre El Reino de lo Breve.

Casado cincuenta años con Eulalia Moreno Aguilar, padre de un hijo y una hija, es abuelo de cinco nietos. Una entrevista con el personaje aborda aspectos humanos de su vida cotidiana y temas trascendentales de cultura y de su preocupación existencial

¿Satisfecho de dedicar su vida a la Literatura?
Totalmente. Parte esencial de mi vida ha sido la Literatura, pues dos grandes preocupaciones he tenido: la familia y el trabajo literario. En ambas me he realizado, pues como padre y abuelo he disfrutado de muchas satisfacciones y como escritor también.

¿Qué más ha hecho, en la juventud y en la madurez?
Trabajé mucho. A los trece años, en la Botica Central, del doctor Sojos, aprendí a hacer pomadas, a mezclar polvos para hacer las cápsulas, las obleas. Estuve dos años y pasé a la botica del doctor Victoriano Cevallos, padre de Gabriel Cevallos García y después, de 16 años, fui al Banco del Azuay. Trabajé la vida entera y me jubilé a los 62 años con 46 de servicio. En el banco empecé como meritorio, como decían a los chicos que hacían de todo, llevar los cheques, traer los papeles, ser gritados por los empleados principales, bien tercos, a veces muy amables. Luego pasé a anotador, llevaba la contabilidad en una máquina. Éramos tres o cuatro, cada uno con un grupo de cuentas, anotábamos el dinero sacado o depositado y en la tarde hacíamos el balance. Después ascendí a ahorros y ya era cajero. Pasaron diez años y gané un concurso para auxiliar de secretaría en la facultad de Filosofía, donde empezó la mejor época de mi vida, cuando tenía veinte y seis e inicié la carrera de Filosofía. Tuve un jefe maravilloso, Julio Peñaherrera, estricto, pero el hombre más bondadoso de la tierra, preocupado siempre de sus empleados.

 
 Estos libros presentó el autor al asumir como miembro de número de la Academia Ecuatoriana de la Lengua

¿Por qué la mejor época de su vida?
Porque el trabajo me gustaba. Julio Peñaherrera era medio profeta y me decía que no he de hacer huesos viejos en el cargo. En efecto, al segundo año pasé a la biblioteca, hasta el fin de mi carrera burocrática en la Universidad. Luego me gradué y me dieron una accidentalía, fui profesor, hasta cumplir 29 años de trabajo en la Universidad. Allí tuve mis amistades que duran hasta ahora y mis mejores maestros: Alfonso Carrasco, Efraín Jara Idrovo, Alejandro Mendoza, una época gloriosa realmente. Y otros como Mario Jaramillo, Enzo Mella, un chileno que se refugio acá, maravilloso profesor de filosofía; Alejandro Serrano, Rodrigo Vázquez y tanta gente magnífica, unos profesores y otros amigos, lindísima época. Me llevé con María Rosa Crespo, pero nunca fue mi profesora; con Felipe Aguilar, que luego sería mi pariente político, primo hermano de mi mujer, con quien empezó una larga y estupenda amistad fuera de serie. Otros seres se fueron, como Walter Auquilla, Miguelito Miranda. Carlos Pérez no solo fue maestro y es amigo de toda la vida, con él hicimos video, cine, en tiempos de la inolvidable facultad. También Edmundo Maldonado, con quien hicimos teatro y estuvimos juntos hasta cuando su muerte nos separó.

¿Qué sobre su vida en el teatro?
Estudiaba en el colegio Antonio Ávila y un profesor fuera de serie, Guillermo Ramírez Aguilar, nos recomendó que hiciéramos algo para mejorar ante el rector Serbio Cordero la imagen de indisciplina del curso, pues nos tenía en mal concepto. Había un profesor al que no le queríamos y descubrimos que lanzando una bolita de papel a unos alambres eléctricos se desconectaba el alumbrado. Nuestras clases eran nocturnas y entonces se armaba el alboroto y se suspendía todo. Y eso pasó siquiera unas diez veces, hasta cuando nos dijeron que ya no vendría el profesor y amontonamos los pupitres hasta el cielo del aula, pero llegó el profesor y vino otro alboroto, que dio lugar al nacimiento del grupo de teatro para mejorar la imagen ante el rector. Yo escogí Los Justos, de Albert Camus, una obra difícil pero maravillosa y con el aporte de dos chicas del colegio Herlinda Toral nacieron las primeras figuras del teatro cuencano con Jorge Arce, uno de los actores consagrados del teatro cuencano, Luis Cordero, Gustavo Gavilánez y otros, todos alumnos del Antonio Ávila.

La presentación tuvo éxito y se planeó otras, con ensayos en un patio del convento de San Francisco, a donde asomaron aficionados al teatro como Edmundo Maldonado, Francisco Estrella, Estuardo Cisneros, con quienes nació la Asociación de Teatro Experimental de Cuenca (ATEC), que presentó más de treinta obras en diez años de una época dorada del teatro.

 El escritor Jorge Dávila con el Ministro de Cultura Raúl Vallejo y Eulalia Moreno de Dávila, luego de recibir el premio Espejo en el Palacio de Carondelet, luce en la
solapa la insignia de oro de la distinción. Adelante, el niño Juan Martín Dávila Palacios, nieto del homenajeado.

¿Vive de lo que escribe?
No, no, no. Poca gente en el Ecuador ha podido hacerlo, como Hernán Rodríguez Castelo o Miguel Donoso Pareja, que más que vivir de lo que escribían era por otras actividades marginales como dar conferencias, pago de seminarios o venta de textos a instituciones. Yo he recibido regalías a veces buenas, de la editorial Edinum, una de las más grandes del ramo en el país y de cuyas regalías no me quejo. La dirige Vicente Velázquez, un gran emprendedor y empresario respetuoso con los autores.

He vivido de mi trabajo como docente y otras actividades: nunca abandoné la docencia en la Universidad y estuve 14 años en la Dirección de Cultura del Banco Central, fui dos años presidente de la Casa de la Cultura de Cuenca y estuve siempre organizando los Encuentros de Literatura Alfonso Carrasco, hasta la edición décima. Jamás pensé hacer dinero con la literatura, pero sí lo he recibido al ganar en 1976 el premio Aurelio Espinoza Pólit con María Joaquina en la vida y en la muerte y en 1980 con Este Mundo es el Camino. En 2016 recibí el premio Eugenio Espejo, dotado de diez mil dólares y una pensión de cinco salarios básicos mensuales, que se suman a mi pensión de jubilado. De alguna manera he vivido de lo que escribo, pero con la pérdida del valor adquisitivo todo es relativo y tiene razón Manuel Cruz, con quien compartí el premio Espejo (y con Beatriz Parra), que dice que el dinero servía para viajar, para ampliar la casa, pero ahora no alcanza para comprar remedios.

¿La mejor recompensa de su actividad intelectual?
El contacto con la gente que le reconoce a uno en la calle o se contacta por las redes sociales para comentar sobre obras mías que las están leyendo. Esta relación humana es diálogo permanente y la mayor recompensa para un escritor. Yo no vivo encerrado en la torre de marfil y siempre busco al interlocutor en la literatura y encuentro hasta a niños que quieren conocerme.

 El científico Manuel Cruz, la soprano Beatriz Parra y el escritor Jorge Dávila, galardonados con el premio
Eugenio Espejo 2016

¿Está amenazado el libro por lo virtual?
No esta amenazado. Hay personas que dicen no conformarse con el libro digital y necesitan la palabra escrita en el papel. La dinastía Gutemberg tiene para largo. Hay que tomar lo digital como ayuda y no rivalidad. Yo conozco de padres de familia que dicen no haber sabido de libros míos y se han enterado de ellos al ver a sus hijos leyéndolos. Es posible que en largo tiempo vaya imponiéndose lo virtual, pero quedará el libro de hoy, resucitando cada vez, ya verá…

Familia y literatura, ¿se complementan o disocian?
En mi caso se han complementado. La primera creyente de lo que yo hacia era mi madre, convencida de que yo iba a escribir mucho. A los diez años le escribí un poema que nos hizo llorar a los dos, a mí porque no me publicaron en mi escuela. Luego, mi esposa siempre fue mi apoyo, especialmente en la época en la que yo escribía a mano y ella descifraba mis garabatos para ponerlos a limpio y mandar a la imprenta. Desde hace treinta años utilizo la computadora.

Frente a los problemas de hoy –del Ecuador en particular-, ¿aporta la literatura a resolverlos?
La literatura no está para resolver problemas. Los alivia si en una situación critica alguien coge un libro y reposa, pero no ha solucionado nada, no es su objetivo. Tal vez algo pudo suceder en la Revolución Soviética con Máximo Gorky. La Madre es un testimonio clarísimo de lucha de la época, un caso excepcional. Personalmente no soy indiferente a la corrupción, pero no me gusta hablar de lo que no sé y necesitaría tener experiencia a fondo para tratarla con conocimiento verdadero. En lo de la corrupción todo está muy deformado y creo que Correa no fue partícipe, porque no tiene medio, aunque no se puede negar que ocurrieron hechos, como en tiempo de Velasco, que vivió y murió en la pobreza y los antecesores de gobernantes nuevos, vinculados familiarmente con Velasco, dejaron más que sospechas. Ocurrieron cosas en tiempos de Correa, de las que él no se dio cuenta porque trabajaba en exceso y se agotaba en lo administrativo.

 
 El literato de paseo a orillas del Tomebamba, río próximo a su residencia.

¿Se afilió a un partido, es religioso?
Nunca me he afiliado, pero soy simpatizante de izquierda y profundamente religioso, aunque no muy devoto. Estoy marcado por la fe en Dios, soy católico pero no practicante. Tengo devociones, sin fanatismo, y una figura excepcional es María, tengo devoción por ella.

¿Los recuerdos más gratos, y los más tristes, de su vida?
Lo más grato tiene ver con la familia. Mi madre, desde niño a mi lado, mi amiga, mi confidente, eso no tiene comparación. Los hermanos me recuerdan los tiempos infantiles de vacaciones en Monay, en propiedades de mi tío Lucas Vázquez, el acomodado de la familia, en épocas de cometas, mascotas, paseos que eran una delicia para siempre. Luego los recuerdos de cuando uno se casa y vienen los hijos… No faltan los recuerdos tristes, como en todo ámbito familiar, la pérdida de los seres amados. La religión es un sostén muy fuerte.

¿Pasatiempos, deportes…?
Deportes no practiqué nunca. Mi pasatiempo favorito ha sido el cine. Cuando hace tiempos pasaron Las Mil y una noches, de Pasolini, me quedé en el teatro en matiné, tarde y noche, en el teatro Sucre. Pasolini me fascinaba, pero ni Decamerón ni Los Cuentos de Canterbury me enamoraron como la primera película citada. Han desparecido los cines, pero ahora compro películas para verlas en el televisor o la computadora.

¿Alguna memoria de César Dávila, su tío?
Ninguna. Nunca traté con él y creo que familiarmente hubo más bien distanciamiento, más
cuando venía de Venezuela o de Quito y ni siquiera nos visitaba. Sabíamos que iba a visitarle a mi abuela, su madre, pero no éramos parte del banquete ni de las farras que a él le encantaban. No obstante, mi tesis doctoral, titulada Combate Poético y Suicidio, sobre la vida y obra de Dávila Andrade, es una obra minuciosa de 450 páginas publicada por la Universidad Andina.

¿Cambiaría algo de su vida, si le fuera dado repetirla?
No cambiaría nada, lo repetiría todo, con todos los errores, he tenido una buena vida. La literatura es comunicación y la burocracia es servicio y gracias al apoyo de mi familia, estoy contento con todo lo que he hecho.

 

ALGUNAS DEFINICIONES

Jorge Dávila Vázquez, uno de los valores más importantes de la literatura ecuatoriana actual, acepta improvisar unas definiciones:

Vida: el milagro mayor de la humanidad.

Amor: sentimiento que lo purifica y transforma todo.

Odio: me es extraño, pero es la falta de amor.

Naturaleza: milagro en el que vivimos inmersos, donde todo nos es dado: el agua que purifica, el sol, la lluvia, el canto de las aves, las montañas…

Justicia: la esperanza mayor del hombre, esperándola siempre, aunque tarda y a veces no llega.

La muerte: el fin del camino. Todos vamos a ella irremediablemente, no hay inmortales.

Eternidad: para los que creemos, una vida continua.

Usted ¿cómo se define?, un ser que trabaja. Soy picasiano y no creo en la inspiración, sino en el trabajo. Diría a quien escribe que se aprende escribiendo. Yo escribo todas las noches y tengo listos varios libros de poesía, teatro y cuento. Desde que me jubilé hace doce años es cuando más he producido. La rutina de escribir va más allá de la edad o de la enfermedad. Es disciplina.