Late la urgente necesidad de revelar la verdad que vivimos, como un ejercicio que garantiza la autenticidad personal e institucional al servicio de la comunidad. Hacer de la verdad un disfraz de protesta lleva en sí mismo y desde siempre los más equívocos ropajes y las más equivocadas interpretaciones

Nuestro tiempo requiere una intensa actividad educativa y un compromiso de todos, para que la búsqueda de la verdad, que no se puede reducir al conjunto de opiniones o alguna de ellas, sea promovida en todos los ámbitos y prevalezca por encima de cualquier intento de relativizar sus exigencias o de ofenderla. Es una cuestión que afecta particularmente al mundo de la comunicación pública, la política y al de la economía. En ellos, el uso sin escrúpulos del dinero plantea interrogantes cada vez más urgentes, que remiten necesariamente a una exigencia de transparencia y de honestidad en la actuación personal y social.

“Conocerán la verdad y la verdad los hará libres” son palabras de Cristo recogidas por Juan el Apóstol, para todos los tiempos y para todos los que conocen algo de la verdad y quieren tener alguna constancia de su libertad. Entre nosotros late la urgente necesidad de revelar la verdad que vivimos, como un ejercicio que garantiza la autenticidad personal e institucional al servicio de la comunidad a la que nos debemos. Pero hacer de la verdad un disfraz de protesta lleva en sí mismo y desde siempre los más equívocos ropajes y las más equivocadas interpretaciones.

Caín se reencarna con frecuencia y a la imaginación calumniosa le sobra por cobarde e injusta. Pensar que la verdad dicha a medias, fuera de contexto, ha sido y es el proceso de inducción malévola con el que intencionalmente los canallas tratan de alterar con agresión destructora a la palabra, es hablar de una verdad a medias, de una verdad con renta o simplemente lo que es peor, con una verdad hipotecada con la calumnia.

Muy al contrario que otras verdades que corren como la pólvora y atraviesan como un vendaval poniendo todo del revés por el gusto perverso de llevar la contraria, o de marcar la diferencia, es otro tipo de perversión. Son verdades de slogans que pasan a la velocidad trepidante de veinte segundos antes de poder reaccionar, o de modas rabiosas que se contaminan boca a boca a altas horas de la madrugada. Y de las que un día nadie más se acordará.

También hay verdades numéricas que hablan del tanto por ciento y que mezclan manzanas con peras para que cuadren los resultados. Verdades estadísticas que sólo dejan decir si o no.

La verdad de las verdades políticas es que nunca dicen nada para no mentir. Se dicen medias verdades para que todos entiendan lo que quieran entender y al final solo se ven grandes mentiras. Son verdades que se eructan en mítines o que se señalan en titulares de periódicos. Y verdades emocionales que chantajean sin dejar de victimizarse. Y verdades que aman absolutamente para después odiar con la misma intensidad, que prometen todo y no dan nada. Verdades fatuas que no brillan más que un fósforo. Verdades ingeniosas que en un momento creen saberlo todo.

También hay verdades hipócritas que se vuelven calumnias al volver la esquina. Y mentiras piadosas de limosna y palmadita. Pues bien, hay verdades de cama que bajo las sábanas son puro fingimiento, y chismes airados que crecen como rumores hasta convertirse en mitos eternos.

Hay muchos que mueren por la boca como los peces, y otros que no sueltan prenda aunque su verdad salve vidas futuras.

Hay verdades invisibles que nadie atiende porque son tan abundantes como el aire y mentiras insólitas que dan muchos frutos porque con ellas se puede engañar y especular sin miramientos.

Hay verdades, en fin, que claman en el desierto porque a nadie le interesan y mientras se transmiten vía satélite todos aplauden.

Hay también verdades testarudas, iracundas, orgullosas o cobardes, que justifican cualquier venganza, genocidio, guerra o masacre.