José María Velasco Ibarra

Cuenca ha escrito páginas heroicas en el destino nacional, cuando las organizaciones sociales y la juventud tuvieron papel preponderante en defensa de la dignidad ofendida por el centralismo arrollador o la demagogia. En 1961 el presidente Velasco Ibarra fue derrocado por su prepotencia de venir a la ciudad convulsionada en su contra, en desafío al pueblo que no quería su presencia el 3 de noviembre, cuando la Municipalidad suspendió el festejo conmemorativo de la independencia. Fue el comienzo de su caída, cinco días después. Aquellos “tiempos heroicos” pasaron y en la actualidad la indiferencia es la respuesta frente al centralismo, el discrimen, la desatención pública a la ciudad y la provincia, por los gobiernos de las últimas décadas. Vale recordar al pueblo, a autoridades locales y provinciales, así como a la juventud, el ejemplo de sus mayores, que reaccionaban con valentía y patriotismo ante las injusticias. Y vale hacerlo con dos artículos del periodista Hugo Ordóñez Espinoza en diario El Universo, donde escribía con el seudónimo de Diego Pérez y el sobretítulo “Al Pie del Capulí”. El 14 de noviembre publicó un artículo sobre el papel de los cuencanosen la histórica gesta antivelasquista.

Al pie del capulí
La Batalla de Cuenca

Por: Diego Pérez

Dentro de la grande y victoriosa campaña que el pueblo ecuatoriano acaba de librar en defensa del honor nacional y de la constitucionalidad, la batalla de Cuenca ocupa un lugar predominante, que la historia tendrá que reconocer.

Todo el país sabe que fue una batalla heroica, admirablemente heroica. Menospreciada primero y luego desafiada por el Dictador, ultrajada por una gendarmería hidrofóbica, víctima en última instancia del desesperado despecho de Pozo Lagos, la Ciudad estuvo férreamente unida, unida como un solo hombre para defender su dignidad y castigar a sus ofensores. Hizo las dos cosas a lo grande, a lo heroico como solo ella podía hacerlo. Demostró que no solo era la ciudad del pensamiento, de la poesía y el arte, sino también la ciudad del valor indómito. Era Cuenca el león dormido y el Histrión Sangriento y sus secuaces tuvieron la osadía de despertarlo. De ellos no queda sino el recuerdo vergonzoso, mientras el león, aunque generoso en la victoria, se mantiene en vigilia para cuidar su triunfo.

Pero la batalla de Cuenca no fue solamente heroica: fue, además, larga y dura. Su fase final comenzó el 4 de octubre, con el Paro General, que aquí fue completo, absoluto. La ciudad murió voluntariamente en ese día, para resucitar al siguiente. Y lo hizo en protesta a la descomposición moral, política y económica en que el Cuarto Velasquismo había sumido al país. Había comenzado la lucha abierta, que iba a ser lucha a muerte, entre Cuenca y el Régimen Velasquista.

En la noche del 16 de octubre, guardas del Estanco y de Aduana, empleados de Policía y otros asalariados, encabezados por el Gobernador de la Provincia asaltaron a mano armada el local de la FEUE y el edificio de la radiodifusora Ondas Azuayas. Al día siguiente los universitarios salieron a las calles en manifestación de protesta por el atropello. La policía se empleó a fondo para disolver la manifestación estudiantil. Disparó bombas lacrimógenas y repartió sablazos a diestra y siniestra. Contó con la ayuda de pistoleros de la Aduana. Pero ese día se selló la alianza que iba a ser invencible: la alianza de los estudiantes y el pueblo. La policía se batió en retirada y tuvo que ser protegida por los soldados. Dos días más tarde el 19, los universitarios efectuaron un desfile del silencio. Llevaban un ataúd que simbolizaba la dictadura de Velasco, y cuando llegaron al centro de la ciudad todos los choferes plegaron al desfile, que se convirtió así en una formidable manifestación de repudio al gobierno. Nada pudo hacer la policía para impedirla.

 En estos tiempos electorales, vale recordar el civismo, la sensatez y la dignidad que configuraron la personalidad de los cuencanos de décadas atrás, para defender la democracia, los principios éticos y la justicia. Es preciso escoger entre los candidatos a aquellos que den seguridad de que no traicionarán demagógicamente sus aspiraciones y esperanzas

A fines de Octubre, el Concejo resolvió abstenerse de formular programas para los festejos del 3 de noviembre. La FEUE y la Federación Provincial de Trabajadores del Azuay apoyaron entusiastamente la decisión municipal y luego otras instituciones hicieron lo propio. La FEUE resolvió hacer una manifestación de apoyo al Ayuntamiento el día 31. La policía la prohibió y bloqueó los puentes de acceso a la ciudad, que tenían que ser cruzados por los universitarios para llegar al centro de la ciudad, con fuertes contingentes armados. Los universitarios, apoyados por los colegiales del Benigno Malo, escribieron entonces una página de inaudito valor, pues, inermes vencieron a los gendarmes armados hasta los dientes y disparando sus fusiles como si hubiesen en una batalla campal. Otra vez recibieron el entusiasta apoyo popular y obligaron a los gendarmes a refugiarse en su cuartel, protegidos otra vez por los soldados. Por la tarde, por avión fueron enviados desde Quito policías “especializados en romper disturbios”. Cuenca nunca olvidará la barbarie que éstos desataron contra el pueblo. Pero entonces fue cuando más valeroso, más heroico, se mostró el pueblo cuencano, que no se dejó dominar por el terrorismo salvajemente implantado en la ciudad por los polizontes. Vinieron las luchas del 1 y 2 de noviembre, y finalmente la gesta del 3 de noviembre de 1961.

 
 Carlos Julio Arosemena, Vicepresidente de la República y Presidente del Congreso, sale del penal García Moreno, seguido por los legisladores Julio Estupiñán, Darío Machuca Palacios y Asaad Bucaram, al ser derrocado el presidente Velasco Ibarra, que los había mandado a prisión. 

En la tarde del 3 la ciudad era colocada en estado de sitio y sometida a la jefatura civil y militar del ya tristemente célebre Pozo Lagos, un sargentón que uno no sabe cómo pudo llegar a General del Ejército Ecuatoriano… A las nueve de la noche, las descargas de fusilería y los tableteos de las ametralladoras ordenaban el retiro y el silencio…Centenares de presos llenaban los calabozos policiales y los edificios militares…Los guardianes ofendían y atropellaban bárbaramente a los presos… Estaban censuradas la comunicaciones… Cuenca estaba en manos de una fuerza enemiga…el 7 no hubo fuerzas que pudiera impedir al pueblo de Cuenca que saliera a las calles para defender la Constitución…

Era el clarear de nuevo día…Y el 8 fue ya el nuevo día… Larga había sido la batalla de Cuenca: comenzaba el 4 de octubre y terminaba el 8 de noviembre.