Conforme avanzamos en edad y en experiencia en la vida, asumimos que todo lo hacemos bien, que ya no hay mucho que aprehender, que en nuestras tareas no hay sorpresas, que todo lo que debemos ejecutar y cómo hacerlo lo sabemos de memoria: la rutina nos absorbió y no permite visualizar los cambios que podemos impulsar.

Sería necio hacer únicamente las promesas y trazar las metas de lo que haremos el próximo año, si antes no evaluamos cómo nos fue en el que termina y qué dejamos de hacer para alcanzar los buenos propósitos que nos animan e impulsan a ser mejores personas. Las estadísticas no son muy alentadoras, se estima que el veinte por ciento abandona lo prometido al cabo de una semana, y cuando ni siquiera llegamos a medio año, el sesenta por ciento ya ni se acuerda de lo que se plateó cumplir, es decir, el motor que nos impulsó a inicios de año se apagó, no tuvo la suficiente fuerza y energía, no estuvo latente en nuestro plan de vida.

Destacamos entonces lo importancia de evaluar, porque eso nos permite ser autocríticos de lo que dejamos de hacer, de tal forma que lo que nos vamos a plantear para el próximo año, parta de las situaciones que quedaron pendientes, reafirmarlas si ese es nuestro propósito y trazarnos el camino para que se haga una realidad; si lo conseguimos, nos provocará grandes satisfacciones y saldremos de la zona de confort, nos reanimará en nuestras relaciones personales y nos reconfortará anímicamente.

Tengo la impresión que conforme avanzamos en edad y como lógica consecuencia en experiencia en la vida, asumimos que todo lo hacemos bien, que ya no hay mucho que aprehender, que en nuestras tareas diarias no hay sorpresas, que todo lo que debemos ejecutar y cómo hacerlo lo sabemos de memoria, es decir, aquella rutina nos absorbió y no nos permite visualizar grandes cambios que podemos impulsar para ponerle buena actitud y compromiso por hacerlo integrando nuevos aprendizajes, nada es fácil, ahora más que nunca se requiere mucho esfuerzo y persistencia, enfrentamos un mundo competitivo en el que los valores por lo importante, ceden ante lo urgente.

Los psicólogos recomiendan que al momento de trazarnos metas estas deben ser realistas, relevantes, que nos motiven a ser persistentes porque consideramos que alcanzarlas provocará cambios en nuestra vida y seguro nos sentiremos muy bien cuando las consigamos. Lo vivido a partir de la pandemia produjo cambios en nuestra vida, nos ha servido para reflexionar sobre la vida y la muerte, la importancia de no dejar promesas incumplidas con la familia, los amigos, reunirnos y reafirmar los lazos de amistad que ponen chispa a la vida y se convierten en un momento de terapia que alcanza grandes medidas de satisfacción personal y grupal.

Podemos iniciar entonces por preguntarnos, seguimos encontrándonos con los amigos y al despedirnos expresamos frases como está de reunirnos lo más pronto y no ejecutamos ninguna acción para conseguirlo, de tal forma que siguen siendo expresiones acomodadas a una situación sin ningún cambio para materializar lo que queremos; evaluamos nuestro trabajo y estamos conscientes que podemos mejorarlo pero no ejecutamos un plan que nos permita lograrlo; estamos cansados de la política en la forma que incumplen las promesas que se trazan en las campañas y sin embargo al momento de ejercer nuestro voto, seguimos el camino lleno de espinas y con abundantes ofertas demagógicas que las hacen quienes no demuestran estar preparados para ejercer el cargo público al que aspiran; continuamos escuchando y condenando todos los actos de corrupción y de viveza criolla que se generan en el sector público y privado, y sin embargo al momento de respetar elementales normas de tránsito y cortesía, nos pasamos y creemos que estamos por encima del bien y del mal; seguimos repitiendo frases como “chulla vida”, “la vida es ahora”, pero al momento de planear alguna actividad como un viaje, un paseo, una caminata, seguimos posponiéndola demostrando total inconsecuencia con el discurso que lanzamos al momento que opinamos de estos temas que son trascendentes para nuestra vida.

Que las emociones de grandes momentos en la vida, enciendan en forma permanente nuestra memoria emocional y se conviertan en la energía que nos permita que el nuevo año sea consecuente con lo que decimos y pensamos y nos anime al final del calendario, evaluar y con satisfacción poder decir, cumplí lo que me propuse, lo logré, lo pude hacer, valió la pena el esfuerzo, fue útil pasar del dicho a la acción, pequeñas metas logran grandes objetivos, me renové, y ahí sí gritar a todo pulmón, lo mejor está por venir.

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