Por: Carlos Jaramillo Medina

El centenario edificio de la Escuela Central, una de las maravillas arquitectónicas de Cuenca, en el centro histórico.

El autor, arquitecto, construye textos sobre arte, urbanismo, paisajes o critica los errores en la práctica de los especialistas. Fue docente en la facultad de Arquitectura de la Universidad de Cuenca y ejerció labores de planificación urbana en la Municipalidad. En tres años ha publicado en su blog bajo el titular de Claraboya cien artículos sobre estos temas interesantes, con criterios constructivos que trascienden el habitual ejercicio profesional. Entregamos a los lectores el texto “centenario”, muestra de perseverancia y estudios profesionales.

 
 Autor de los artículos de Claraboya

El número es un símbolo abstracto que indica cuantos objetos hay en una colección. Pero los números también tienen significados ajenos a las matemáticas. Cuando esto sucede los números se convierten en símbolos metafísicos de los que la historia nos ha dejado un buen muestrario.

Por ejemplo, el número 100 es contundente y redondo. Alude a la importancia de la decena de decenas en el sistema de numeración. Por eso 100, en determinados contextos, equivale a muchos, como cuando decimos que había cientos de personas en un lugar. Y por eso mismo expresamos las proporciones, los intereses y las probabilidades en tantos por ciento. Y el hecho de que los humanos rara vez vivamos más de 100 años le da a este número un significado muy especial. La celebración del centésimo cumpleaños de un@ abuelit@ es un acontecimiento y se recuerda con cientos de emociones.

Este es el centésimo artículo de Claraboya con todo lo que ello significa. 100 textos escritos en los tres últimos años con temas diversos, argumentados, con una nutrida referencia bibliográfica, a veces polémicos y con ironía, para que los amables lectores reaccionen con opiniones y críticas muy útiles. El formato seleccionado corresponde a la “tribuna corta”, de página y media, con un aproximado de 620 palabras por texto.

Una claraboya es la apertura en el techo o en la parte alta de las paredes por donde se filtra la luz. Es satisfacción del deseo de cielo, vía de acceso al mundo de afuera y confirmación de la continuidad de la casa y el universo. Es posibilidad de movimiento hacia arriba y hacia abajo, hacia afuera y hacia dentro. Delata un anhelo de apertura y una actitud receptiva.

Y puede constituirse en un símbolo de apertura y primera vía de acceso al mundo y al universo. También en un viaje que implique desplazamiento y registro en los planos espacial, temporal y humano en el que coexistimos.

En el ámbito de la arquitectura y la ciudad, Claraboya con más de 60 artículos, escudriñó sobre el creativo trabajo de Francis Kéré, Anna Heringer, Paulo Mendes de Rocha, Lacaton y Vassal, Carme Pinós, etc., que con su estrategia diametralmente opuesta a la de los “arquitectos estrella” del panorama internacional, diseñan y construyen con los recursos locales, con sostenibilidad paisajística, respeto climatológico y reelaboración de los tipos arquitectónicos existentes.

Y también se puso el dedo sobre la llaga de la arquitectura del lujo y la extravagancia de los proyectos faraónicos de la urbe posmoderna que acumula en sus edificios desproporción, efectos de poder y clase y, sobre todo, espacios manifiestamente destinados a la apología del derroche. Mar-a-Lago de Trump es un ejemplo paradigmático.

El patrimonio lo hemos comprendido como una auténtica herencia que se concreta en la selección y apropiación de un conjunto de bienes y manifestaciones culturales de una sociedad determinada y en un tiempo específico. Narramos en varios artículos la experiencia poética de la ciudad y la arquitectura como una de las fuentes de conocimiento: la Iglesia de San Francisco de Quito y la leyenda de Cantuña, el Barranco del Río Tomebamba, la Calle de la Condamine, la Avenida Solano, la Iglesia de la Virgen de Bronce, la Casa Azul, el Pase del Niño Viajero…

La verdad científica y la belleza de la naturaleza, las simples cosas y las realidades cotidianas también han apelado a nuestras reflexiones con 30 artículos. Porque lo simple y lo pequeño, la miniatura, e inclusive los seres feos no son necesariamente incompatibles con la experiencia estética y pueden constituirse en otras tantas cifras de la clave del universo.

El jardín y las utopías, la aromática voz de las plantas, la corona armónica de las espigas del coronavirus, el tomate, una tajada de sandía, el bendito trigo, la jugosa mandarina, la música de las arañas, las abejas que pierden su norte, los patitos a la deriva, ser una gallina… se han expuesto a la luz, como pequeños organismos vivientes maravillosos, a través de nuestra Claraboya.

El coronavirus se expandía en el año 2020 de Este a Oeste de igual modo que el movimiento del sol ya observado hace milenios por las culturas más antiguas de la Tierra. Y desde las ventanas de la casa mirábamos, como en una película de ciencia ficción, a la fauna salvaje que salía de sus refugios a visitar las ciudades hasta entonces dominadas solo por los humanos.

A mediados de aquel año escribimos el artículo con el título “Que Dios y la OMS no lo permitan” que contenía dos preguntas para cuando la vacuna estuviese lista: ¿Quiénes deben recibirla de manera prioritaria? y ¿Cuál debe ser la estrategia de asignación de la vacuna? Y al término del año 2020 el texto “Trinca Vacuna” para denunciar el acaparamiento del fármaco que beneficiaba solo a los gobiernos poderosos y a una pandilla reducida de amigos de los países pobres, entre estos a nuestro atribulado Ecuador.

Las 100 Claraboyas se convierte en una excelente ocasión para dar las gracias a todos los amigos que, por sus comentarios, tan interesantes como numerosos, han hecho de este Blog algo más que una simple colección de textos. También quiero expresar mi gratitud especial a mi hermana Olga. Con su paciente trabajo revisó y corrigió los ensayos originales con el fin de darles claridad, concisión y sentido, agregando valor y volviéndolos inteligibles para nuestros amables lectores.

Que nuestra Claraboya, con su río de aire y luz, nos permita continuar en el viaje de la búsqueda de la belleza prístina de las cosas sencillas del mundo y la naturaleza, y también interpretar la ciudad y la arquitectura como relatos que se conjugan en el pasado, el presente y el futuro.


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