Por Marco Tello

Marco Tello

El vientre abultado por la levadura de la muerte da a su andar vacilante la sensación de que ensayara los pasos para el otro mundo; su reverencia ocupa media calle y va entre la gente como un camión cargado de ataúdes


Como una mano invisible que corriera el velo de la noche, aquella niebla avanza sobre el mural, sin dar tiempo a precisar si va cubriendo la imaginación o el recuerdo de los diez segundos transcurridos desde que te dejaron en esta desolada habitación, envuelto en una sábana.
 
-¿Fue necesario que vivieras ochenta y siete años que caben holgadamente en una avemaría? -inquiero, preocupado.
Los personajes que montaron y desmontaron la iconografía de tu infancia se desvanecen en confusos remolinos, igual que en una cinta rodada desde lo alto por un ángel ciego, sumiéndote en un desasosiego interior similar al que debió sentir el fotógrafo ambulante que un domingo de diciembre apareciera por el pueblo.
Cansado de ambular, plantó en la esquina de la plaza un toldo, espantando a las gallinas, y convenció a un viandante para que se colocara frente a la cámara, casi a la intemperie. Le alisó las solapas y le ladeó el sombrero para darle un toque de intérprete de tango, mientras pregonaba la magia del artefacto, seguro de que atraería a todo el vecindario. Después de varias vueltas alrededor del trípode, se inclinó para tomar la foto y vio con estupor que su cantante había desaparecido.
 
Habría terminado allí la historia si no hubiera intervenido el azar. No bien hubo desarmado el toldo, se vio asediado por la furia de la dueña de las aves ponedoras, erudita en temas de linaje. Así que al tercer fallido intento de correrlo a palos, ella se resignó a recitarle sus florilegios ancestrales, olvidando el motivo de la cólera.
 
-¿Y mis gallinas? –se acordó, asustada.
Señalándolas con un golpe de vista, el hombre rozó involuntariamente el disparador, ignorando que fijaba para siempre la imagen de su futura suegra. Abandonadas con los polluelos a su suerte, las gallinas picoteaban entre los zarzales, acostumbradas a sortear la adversidad porque descendían de unas aves de abolengo que habían atravesado a la carrera las aguas del Atlántico, perseguidas muy de cerca por las carabelas de Colón cuando tocaba a vela desplegada las costas volcánicas de La Gomera.
 
-Váyalo sabiendo, majadero –concluyó.
 
Iba el hombre a replicar, pero el conjunto es ocultado por el avance irrefrenable de la niebla, que también devora al párroco. El vientre abultado por la levadura de la muerte da a su andar vacilante la sensación de que ensayara los pasos para el otro mundo; su reverencia ocupa media calle y va entre la gente como un camión cargado de ataúdes.
 
Se diluyen asimismo en la neblina el pintor y su difunta mujer; él con porte altivo y las barbas descuidadas del oficio; ella, encorvada sobre la horma del sombrero, hala una hebra que emite un sonido similar al de la cuerda en un antiguo Stradivarius. Rezagado del conjunto musical, la silueta del ciego baterista trastabilla en la opacidad como si copulara con su sombra.
 
-Entonces, no fuiste el único que logró burlar al panteonero –observo, titubeante.
 
-“Para volver a morir, por voluntad de Dios, como el pobre Lázaro” –habrías replicado.
-¿No fue el Dios a quien en tu soneto le hizo falta un azul para su cielo?
 
-“Fue otro artista; hace más de quinientos años halló en la ciudad eterna un azul para su bóveda” –piensas ya sin pensar.
 
-Debió de ser Miguel Ángel.
 
-“En sus frescos se detuvo la eternidad, igual que en un poema subyugante que siempre he recitado en una lengua muerta”.
 
-¿Lo recuerdas?
 
-“(…) Mater Dei, ora pro nobis pecatoribus nunc et in hora…”
 
-“Nunc et in hora…” –insistes, reanimado por la lenta melodía de Franz Schubert, pero sin alcanzar a concluir, porque tus ojos se han clavado fijamente en el viejo reloj detenido para siempre a las once en la torre inconclusa, quizás para marcar con precisión la eternidad.
 
Ahora yaces muerto. Lo saben todos, menos tú: es la ventaja de estar muerto. En el mundo inestable y paralelo del lenguaje, pasaste de la primera persona a la tercera; en la agonía, en cambio, has sido la segunda. La primera he sido yo, tu otro Yo, Manuel Gobino, aquel niño hoy canoso que aprendió en el barro a jugar con las palabras. Muy pronto flotaré sobre la lumbre de las velas, a la hora en que las almas, no todas por supuesto, regresen a sus cuerpos, y borraré después palabra por palabra las líneas de este manuscrito. Quien lo haya leído entrará a formar parte de tu sueño.