Por Eugenio Lloret Orellana

 

Eugenio Lloret

Las obsesiones políticas, conjeturas, sospechas y presunciones se acentuarán a lo largo de este período pre-electoral caracterizado por la ausencia o indefinición de ideales superiores, en tanto que, el gobierno enfrentará no pocas dificultades derivadas de múltiples y sucesivas crisis, en lo económico y financiero, en lo político y social

   
   

 

Mientras Alianza País envejece acumulando crisis y postergando soluciones, no cabe la menor duda de que el Ecuador se encuentra ante un escenario irrepetible, de graves problemas e incertidumbres, donde está en juego toda una lucha por el poder y la calidad de liderazgo político.

La política ecuatoriana que apenas logra suscitar el debate o la reflexión que mueve las pasiones y aspiraciones de las gentes deviene en una pura tecnología, en un teje y maneje entre grupitos y personajes que operan en un ambiente de incertidumbre y desasosiego, en una guerra de trincheras entre una corriente política en el poder, y débiles oposiciones políticas, sin más horizonte que frenar por debajo del palabrerío la presencia del “correísmo“. Asistimos a una política llena de ambición y corta de ideas que genera en la sociedad un fatalismo alimentador de la abulia y la negación.
 
Mientras la Revolución Ciudadana ha perdido credibilidad frente a la crisis económica y social al sostener porfiadamente que se trata de percepciones y exageraciones y responde a la oposición con discursos en donde cada palabra, cada frase, está inmersa en un aceite visceral, está pasada por el cedazo del resentimiento y el odio, los eternos candidatos a todo están confundidos en un callejón sin salida frente a un electoralismo sin destino.
 
Seguimos engañados con los fuegos pirotécnicos de la palabrería, con las ilusiones del cambio, con la propaganda que no deja respiro. Vivimos entontecidos con discursos mediocres de aspirantes a presidente que gritan y hablan con faltas de ortografía. Son esos oportunistas vacíos y superficiales, profesionales del maquiavelismo corriente y arriesgados aventureros que buscan hacer de la política una suerte de ruleta, sólo para los apostadores.
 
Ciertamente, como suele ocurrir, existen individualidades que salvan este panorama desolador de hacer política, pero son la excepción frente a los arribistas inmorales que son de tal magnitud que los buenos desaparecen en ellos bajo pena de quedar infamados.
No se quiere entender que la grandeza y el valor de la política radican en la pasión moral a la hora de gobernar los asuntos públicos frente al poder, a preferir lo público a lo privado por encima de la ambición por el bolsillo y la vanidad.
 
Hacer política es, ante todo, tener convicciones exactas, constantes y firmes, basadas en la moralidad universal, y esforzarse por realizarlas bajo todas las condiciones del buen obrar. Un gran político, un gran estadista democrático, lo será tan solo un hombre cuya mentalidad posea en correcta armonía y en equilibrio el elemento racional, analítico, y el elemento sensitivo e imaginativo, como lo quería José Martí, cuya utopía aspiramos a verla realizada algún día.
 
Mientras tanto, las obsesiones políticas, las conjeturas, las sospechas y presunciones se acentuarán a lo largo de este período pre-electoral caracterizado desde ahora por la ausencia o indefinición de ideales superiores, en tanto que, el gobierno enfrentará no pocas dificultades derivadas de múltiples y sucesivas crisis, en lo económico y financiero, en lo político y social.
 
Entonces, ha llegado el momento de despertar del letargo, renunciar a toda indiferencia y convertirnos en ciudadanos activos y útiles en la participación política. Necesitamos de un electorado exigente y participativo que nos permita sacar provecho de las experiencias que tan penosamente han acumulado los ecuatorianos por culpa de los populismos y las chusmas..