Por Eugenio Lloret Orellana

 

Eugenio Lloret

Es feliz el niño, porque todo el contorno es suyo y la maldad no ha entrado en su alma.No es fácil ser feliz; hay que haber sufrido mucho para serlo. No es lo mismo ser feliz que estar satisfecho. El “ser” y el “estar” cobran toda su trascendental diferenciación

   
   

 

Hay, en la felicidad, algo tan tímido, tan confidencial, que se explica perfectamente el consejo sutil de Alfonso Kerr: sed felices en voz baja; es decir, sin que nadie se entere, pues la felicidad proclamada o dicha en voz alta ofende al extranjero como un reproche a su carencia, una injuria a su incapacidad.

La felicidad es una creación propia del ser humano y aquellos que realmente lo son, conocen tan bien su condición y sus exigencias, que se mantienen callados dentro de ella. Es el “ falso feliz “ quien proclama su “ felicidad “ a los cuatro vientos porque, como dijo tan profundamente Albert Camus “le importa más hacer creer que es feliz que serlo realmente”. Es feliz el niño, porque todo el contorno es suyo y la maldad no ha entrado en su alma.

No es fácil ser feliz; hay que haber sufrido mucho para serlo. No es lo mismo ser feliz que estar satisfecho. Aquí, el “ser” y el “estar” cobran toda su trascendental diferenciación.

El ser sustancial y el estar condicional matizan ambas condiciones; imparten a la primera su nobleza y dignidad, y rebajan a la segunda al nivel de una opción puramente fisiológica. Para ser feliz hay que elevar la mente y el corazón; para estar satisfecho hay que contentar vísceras secundarias.

El hombre es una animal que se aburre, por lo tanto sufre. Buscamos satisfacer todas y cada una de nuestras necesidades, aquellas que, muchas veces, nos imponen el egoísmo y los deseos altruistas y buscamos también saciar todos y cada uno de nuestros deseos, lo malo es que nunca seremos felices, pues en la medida en que satisfacemos nuestros deseos, aparecen otros y los anhelos a su vez generan más vacíos o frustraciones hasta desembocar en el hastío de la propia existencia, deseamos tanto que hay un punto en el cual ya no sabemos qué queremos y


 

 

el desinterés por la vida y la que la constituye, nos lleva a aburrirnos tanto que en algunas cosas caemos en excesos.

La misma prisa que el mundo actual se da para vivir, la celeridad con que exige todo, no es otra cosa que demostración de ese temor de que el tiempo no dé lo suficiente para que las promesas o los anhelos de la felicidad puedan concretarse.

Antes, el hombre esperaba algo del día siguiente, algo que llenara su propia vida, un quehacer que aguardaba completar. Pero hoy, por lo contrario, el vocerío reclama vivir el mundo presente, el relámpago de lo urgente que es el ahora, sin esperar nada del que le habrá de seguir. Por eso los existencialistas pudieron crear nada menos que toda una ancha filosofía en donde el vivir es sólo una forma de morir o el sueño de una sombra, para que tengamos conciencia que la felicidad es efímera y que cada cosa que hacemos no será la más relevante, somos como los puntos que hay en una hoja de papel en blanco, estamos ahí, pero prácticamente no somos más que angustia, inconformismo y soledad; desde esta perspectiva, la vida es un conflicto, es pugna hasta con nosotros mismos.

Pero del fondo vital, no meramente existencial solo nos queda sortear los obstáculos, luchar por continuar en el juego, luchar por ganarnos algo hasta alcanzar un nuevo sentido, creador y optimista, a la vida. “La vida- nos dice Ralph Emerson- es una serie de sorpresas”. Sorpresa el nacer, el crecer, el llegar a estado de conciencia, a la “edad de la razón”.

Pero con todo el pesimismo acumulado contra ella, la vida tiene una puerta de escape, una ventana por la que nos asomamos a contemplar el paisaje grato, amable, pleno de colores y matices, que es la música de fondo que nos alegra, el ensueño que nos arrulla, la verde esperanza que nos alimenta…