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Yo soy soldado de Pancho Villa. / Y, de los suyos, soy el más fiel. / Nada me importa, perder la vida… / Que es cosa de hombres, morir por él. / CANCIÓN MEXICANA.
 
El cuarenta por ciento de miembros de una comunidad tiende -- más o menos por mitades -- a la extrema derecha o a la extrema izquierda; son los duros. El restante sesenta por ciento tiende hacia el centro; centro-derecha y centro-izquierda; son los moderados, el gran estabilizador social de las democracias occidentales. Quién quiera entender la política práctica, deberá analizar esta fundamental dicotomía del carácter humano
 
U  na diputada argentina -- Diana Conti -- encabezaba un grupo denominado CRISTINA ETERNA. Pamela Aguirre -- el equivalente ecuatoriano de aquella -- dirigía el grupo llamado RAFAEL CONTIGO SIEMPRE.  Ellas sabrían bien si actuaban por sus convicciones o por sus conveniencias… Sus seguidores -- ¿o fieles? -- en cambio,  se iban  encolumnando, casi espontáneamente, debido a su personalidad dictatorial. (Es decir, autoritaria e impositiva; opuesta a la democrática: dialogante y consensuadora.)  Ellos suelen apoyar, con firmeza, a sus caudillos; que son prepotentes y exclusivistas; y, hasta y además, carismáticos o mesiánicos… Nótese: Unos y otros -- los de arriba y los de abajo -- se necesitan, mutuamente, en mayor o menor medida… Agregado: Los dictatoriales suelen ser, también, radicales, y, aun, extremistas. (Aquí, una hipótesis de las opciones políticas: El cuarenta por ciento de los miembros de una comunidad tiende -- más o menos por mitades -- a la extrema derecha o a la extrema izquierda; son los duros. El restante sesenta por ciento tiende hacia el centro; centro-derecha y centro-izquierda; son los moderados, el gran estabilizador social de las democracias occidentales.) Implicación: Quién quiera entender la política práctica, deberá analizar esta fundamental dicotomía del carácter humano. Hagamos, hoy, una parte de tal trabajo; centrándonos, sobre todo, en los dictatoriales.
 
   ¿Por qué mucha gente sigue a los dictadores?  Para empezar, descartemos las explicaciones toscas. (Que las hay y circulan…) Alguna vez, hemos mencionado una rotunda expresión de la periodista española Elvira Lindo: El pueblo es burro… (Con cuidado: La frase estaba en un contexto más o menos humorístico…)  Y, en días recientes, oímos otra exageración similar: De cada diez cabezas humanas, una pertenece al que piensa; al animal racional. Las otras nueve pertenecen al animal de carga; a los jumentos, que siempre estarán esperando que alguien los ensille. (Aquí, en cambio, importa más bien lo literal; y el contexto, poco…) Semejantes exageraciones, en verdad, llaman la atención, manifiestan bastante, enfatizan mucho… Pero también engañan. La media verdad… Y, por eso, ahora, conviene precisar. El pueblo, en efecto, a veces, puede ser burro; mas muestra, otras veces, una considerable capacidad de visión y discernimiento. Y, si ha sido bien educado, quizás acierte con frecuencia… (Al paso: A pesar de todo, pues, -- por lo último -- parecería que el cuestionado sentido común sí existe. Prueba: Aquel dicho sesenta por ciento moderado, prudente, componedor, equilibrador…) Y, luego, -- un plus que es muy probable -- el animal racional no debe ser tan minoritario como pretende la segunda exageración. (Debe haber, en realidad, bastantes más cabezas que piensen, mediten y cavilen…) Entonces, en éste, -- como en otros asuntos -- hay que afinar los criterios. Y, así, pasito a paso, los ajustes y los matices nos irán aproximando a la verdad. 
 
      Primera razón: El animal social. Su antecesor -- como se sabe -- es el animal gregario. Por la debilidad natural, los homínidos y el hombre siempre necesitaron juntarse con sus semejantes; formar grupos. (La unión hace la fuerza; o, al menos, puede mejorar la resistencia a los atacantes…) Y, por supuesto, -- para funcionar bien -- todo grupo necesita de un jefe. Por ello, el hombre más fuerte, el más hábil o el más astuto, tomó, prontamente, la dirección de los demás. Hay, pues, en esta actitud, un doble atavismo: la necesidad grupal; y la del dominador, del hombre fuerte, del mandón, del bravucón… De estos tipos humanos, precisamente, salen los dictadores, los caudillos. (El líder democrático, en cambio, es un tipo humano muchísimo más reciente y evolucionado. De hecho, apareció, en la política, hace menos de tres siglos; con la Revolución Liberal. Aunque, aisladamente,  talvez siempre existiera.) Implicación: Por lo dicho, resulta más obvio, más natural, y más fácil apoyar a un jefe autoritario, antes que a uno democrático. Es la vieja  tendencia, fuerte y consolidada; la inercia del pretérito muy pasado…/ Bien… Grupo y jefatura son, pues, indisolubles. (Excepciones muy minoritarias: La soledad de ciertas personas y el anarquismo de ciertos conjuntos…) / Y-- a mayor abundamiento -- los autoritarios siempre insistirán en que el hombre, sin el grupo, es un Don Nadie; una abstracción… Remacharán en esto. (Dándole una exagerada importancia al factor comunitario, cohesivo. Podremos llegar, así, hasta el comunismo;  el extremo de la izquierda totalitaria. Muy otra cosa: El compromiso, voluntario, entre la sociabilidad y la individualidad, conduce a la democracia. Resultado: El liberalismo, la posición central…)
 
   La segunda razón: El hombre es un animal obediente. Parafraseando a Borges, podríamos decir que la rebelión de las masas es sólo un cuento fantástico de Ortega y Gasset. (Los motines y las revueltas son, más bien, raros eventos: El Mayo Francés, de 1968; el Bogotazo, de 1948;  La Gloriosa nuestra, de 1944…) La gente común busca, como instintivamente, a sus jefes, a sus dirigentes; o a quienes considera que pueden ser sus protectores… Una vez, oímos que un sujeto  le decía a otro: Yo, contigo, soy un incondicional...  (Débiles de carácter, aduladores, incompetentes son capaces de semejante proceder.) Y -- si una “alta” causa está de por medio -- estas dóciles criaturas hasta pueden sacrificarse por un superior… El soldado de Villa. / Lo contrario y distinto: el hombre rebelde, al estilo del prototipo de Camus; un individuo destacado por su alta inteligencia y su firme carácter. (Muy otro, pues, respecto al adocenado y común revolucionario-- que, con frecuencia y en forma paradójica, -- es nada más que un auténtico obediente.)
 
   Tercera razón: El hombre es un animal admirativo. ¿No oyeron ustedes aquello de los clubes de fanáticos de un actor, de un deportista? (El colmo gaucho: la esperpéntica Iglesia Maradoniana. Sorprendente: En 1926, la muerte del actor Rodolfo Valentino provocó una ola de suicidios en varias ciudades del mundo. Admiradores consternados…) Con motivo de los 90 años de Fidel Castro, hemos leído ciertos artículos que lo elogian; escritos, aún, por unos cuantos conservadores y liberales…  Verdad: El caudillo cubano es una gran figura de la historia del siglo XX. (Y estamos de acuerdo, por supuesto, con el reconocimiento, objetivo y distante, de tal hecho. Pero la admiración es otra cosa… Es un sentimiento que no podemos compartir. No podemos admirar a Hitler, a Stalin…) / Una parte de este asunto es la tendencia vicaria: En la política, la identificación de un militante, o un simpatizante, con un caudillo. (Algo similar a lo que sucede cuando un espectador se identifica con el héroe de una novela, de una película.) / Y cuando, a todo esto, se agrega la marcialidad, -- desfiles, marchas impresionantes,  parafernalia abundante y colorida -- el hombre admirativo llega a sentirse parte de un gran proyecto, de una hazaña. Sale, falazmente, de su usual insignificancia… 
 
       Bueno… Los animales sociales, obedientes y admirativos no tienen, en realidad, nada de censurable. Muestran, sólo, unos aspectos de la imperfecta naturaleza humana. (Mientras la política se mantenga dentro de los carriles de la moderación y la tolerancia.) Lo censurable ocurre, en cambio, cuando los minoritarios extremos crecen, se expanden y se fortalecen. (Generalmente, por los errores y las omisiones de los centros imprevisores y debilitados.) Así, estos extremos adquieren una importancia desmedida. Se vuelven prepotentes, agresivos, abusivos… Se exceden fácilmente… (Lo conocemos bien y lo hemos sufrido mucho…) De este modo, los países llegan  a las crisis, a los enfrentamientos, a la división. (El Chile de Allende, la Venezuela de Chávez, la Argentina de los Kirchner, el Ecuador de Correa…) Desastroso, sin más. Y, aun, puede ser peor...  Lenta, gradual y subrepticiamente, pues, suelen aproximarse las peores dictaduras (Castro, Pinochet…) Y cuando, en efecto, llegan,-- como dicen los  católicos -- ¡que Dios nos encuentre confesados…!