La ciudad continúa siendo el termómetro de la política europea. Grandes, multitudinarias manifestaciones, invaden les Champs Elisées, con sus hileras de árboles de hojas pardas por el otoño, con manifestantes obreros y de diferentes actividades relacionadas con el transporte, que rechazan, como en todas partes del mundo, las alzas en los combustibles que afectan su calidad de vida

Para quien la visita por primera vez, y además posee alguna cultura relacionada con su papel histórico, artístico, político y de las letras universales, París aparece entre la niebla del otoño como un objeto largamente acariciado y soñado. La ciudad de la Revolución Francesa y también de la guillotina, de Descartes pero también del Marqués de Sade, de la Comuna pero además de la feroz represión contra los disidentes en la “Noche de San Bartolomé”, parece ante los ojos de quien la mira como un verdadero centro urbano de culto, en el cual el visitante va reconociendo en la realidad palpable lo que ha leído, soñado, imaginado, inventado inclusive.

La Rive Gauche, el sitio antaño predilecto de la bohemia artística, como los demás distritos está tomada por el turismo, que en verdaderas “hordas” ocupa los espacios más emblemáticos de la “Ciudad Luz”.

Pero París, aparte de su cognomento turístico, es una ciudad viva, bullente, siempre actual, donde la moda sienta sus reales y la gastronomía sigue siendo una de las ocupaciones más importantes del ser humano civilizado. Sin ir más lejos, París continúa siendo el termómetro de la política europea. Grandes, multitudinarias manifestaciones, invaden les Champs Elisées, con sus hileras de árboles de hojas pardas por el otoño, con manifestantes obreros y de diferentes actividades relacionadas con el transporte, que rechazan, como en todas partes del mundo, las alzas en los combustibles que afectan su calidad de vida. Improvisados oradores se yerguen, megáfono en mano, para denostar al gobierno de Macró y exigir su salida, entre furiosos aplausos, mientras ante cualquier desborde la gendarmería francesa cerca con balas de goma y bombas lacrimógenas. París como capital de la rebeldía, hace honor a su apelativo, de los tantos que tiene.

Con tan poco tiempo y con poco dinero para disfrutar de museos, el visitante elige una casona del siglo XIX, cerca de la Torre Eiffel, convertida en discreto museo: la casa donde vivió Balzac y escribió “La Comedia Humana”. Allí está su cafetería mítica, donde preparaba la infusión que la bebía por litros porque se la pasaba las noches borroneando páginas y páginas. Un homenaje al Maestro, a sus utensilios, sus cuadros, las hojas manuscritas amarillentas que dejó y su retrato: gordo y bigotón, con un aura de grandiosidad.

El Sena, con sus eternas aguas de color ceniciento, parece seguir invitando a los héroes románticos y sus heroínas a botarse a la corriente y morir de esa célebre “muerte por agua” en el río más prestigioso del mundo, quizá después del Jordán o el Yang-Tzé, esto último para los miles de millones de chinos. Luego, a seguir las huellas del Existencialismo en el Café Coupole, sitio donde Jean Paul Sartre, otro “monstruo sagrado” en la memoria da el “punto de orden” en materia de ideas y opciones políticas. Alguien muy parecido al pensador, quizá un poco más alto, cruza la calle con una gabardina blanca. Es un espejismo, privilegio que un viaje por tierra de casi veinte y cuatro horas, concede a los errantes fatigados. ¿Y Simone, su compañera? Quizá se puede advertir su perfil detrás de los ventanales del café.

Mientras París exista, y la rebeldía exista, los sueños de libertad del ser humano no van a morir ahogados en el conformismo consumista que vuelva al sujeto tan unidimensional y estrecho. París desfila en el teatro de la memoria que el viajero mantiene como un desfile sin fin, desde los Tres Mosqueteros y el Jorobado de Nuestra Señora, hasta Deniel-Cohn Bendit en el “Mayo Francés”, Baudelaire, Manet, Margarita Gauthier, Rastignac, Camús, Sartre, Raymond Aron, y el pequeño Gavroche, aquel niño que en Los Miserables sacrifica su vida por el sueño romántico de libertad y socialismo de un estudiante enamorado, ante las barricadas de una de las insurrecciones de París.