La cultura de contrabando trajo consigo el árbol de navidad y la nieve artificial, las luces de colores, tarjetitas musicales, coronas de plástico colgadas en la puerta principal de la casa; el pavo relleno y las canastas con múltiples artículos para el consumo y la bebida en la noche espantosa del año

Ya nadie se acuerda de Dios en Navidad. Todo cambió en las últimas décadas mediante una operación comercial de proporciones mundiales que es al mismo tiempo una devastadora agresión cultural en medio de tantas angustias de dinero para quedar bien por encima de nuestros recursos reales. Y, semejante despropósito es para celebrar el cumpleaños de un niño que nació hace más de dos mil años en una caballeriza de miseria, a poca distancia de donde había nacido, mil años antes, el rey David.

Para millones de cristianos ese niño era Dios encarnado, pero sería interesante saber cuántos de esos millones creen también en el fondo de su conciencia que la Navidad de ahora es una fiesta abominable, pero que no se atreven a decirlo por un prejuicio que ya no es religioso sino social.
La mistificación empezó cuando dejamos de creer en las mentiras poéticas de nuestros padres y los juguetes no lo trajeron los Reyes Magos o el niño Dios, cuando los pesebres domésticos eran prodigios de imaginación familiar, cuando los villancicos dejaron de escucharse en la radio y en las iglesias o cuando se dejaron de hacer como complemento de la cena familiar y se dejó de asistir a la misa de gallo. La novena era rigurosamente celebrada por abuelos, hijos y nietos entre cánticos y oraciones.

Y la fiesta de la navidad fue abolida cuando el niño Dios fue destronado por el Santa Claus de los gringos y los ingleses, que es el mismo Papá Noel de los europeos y que no es otro que el buen San Nicolás, proclamado el patrón de los niños.

Hace años que la navidad dejó de ser una oportunidad para el rescate de la ilusión y los sueños infantiles, el rescate de las cosas simples y con ella la fuerza para revivir la pureza y los valores humanos, que, a ratos, entre el consumismo, la fatiga y la frustración parecen naufragar junto con la generosidad olvidada o la solidaridad escondida. La navidad de estos tiempos encarna la grande contradicción que está en el fondo de nuestras angustias.

¿Y qué puede ofrecer un periodista a quienes le hacen el favor de leerlo regularmente o a través de esta columna, sino unas pocas letras más con motivo de la navidad? Envueltos en un celofán rojo y adornado con una rama de fragante pino, un texto que encontré entre mis papeles y libros. Se puede o no estar de acuerdo con esa lectura, pero tiene un mensaje que nos lleva a la reflexión. Su autoría corresponde a Jiman Bishop, un periodista norteamericano fallecido en 1997. “…hubo un hombre nacido de padres judíos en una oscura aldea, que creció en otro pueblo igualmente desconocido, trabajó en una carpintería hasta los treinta y después durante tres años fue predicador ambulante. Nunca escribió un libro, nunca ocupó un cargo, nunca poseyó una casa. No tuvo familia, no fue a la universidad, no puso pie en ninguna gran metrópoli y no viajó más allá de trescientos kilómetros de su lugar de nacimiento”.

“…Jamás llevó a cabo ninguna de las hazañas que supuestamente deben acompañar a la grandeza. Cuando aún era joven la opinión pública se volvió en su contra, sus seguidores le abandonaron, fue entregado a sus enemigos y sometido a una farsa de juicio. Sus verdugos se rifaron su única propiedad, una manta. Al morir, su cuerpo fue colocado en una tumba prestada. Sin embargo, ni todos los ejércitos que han hollado la faz de la tierra, ni todas las armas que han surcado los mares, ni todos los parlamentos que han sesionado, ni todos los soberanos que han reinado, juntos han transformado la vida del hombre en la tierra como lo hizo ese único, y solitario, varón”.