La ceremonia cívica de izar el emblema patrio del Perú en el paraje solitario.

Los Presidentes Mahuad de Ecuador y Fujimori del Perú sellaron en 1998 la paz con frecuencia perturbada entre las dos naciones. El primero está prófugo luego de causar perjuicios económicos al país y, el segundo en prisión, por cruentas violaciones a los derechos humanos. Pero la paz subsiste y ecuatorianos y peruanos hoy viven como buenos vecinos y hermanos

Dos soldados peruanos izaban disciplinadamente la bandera de su país el 26 de octubre de 2018 en el Puesto de Vigilancia Fronterizo Cabo Cotrina, sobre la loma que domina amplios territorios: al frente Ecuador, a la izquierda el Perú.

Ellos –Carlos Jiménez Zapata y Enos Trujillo Orellana- eran niños cuando en 1998 se firmó la paz que acabó el conflicto limítrofe de estruendos bélicos, odios y pérdidas humanas. Ajenos a la celebración de las dos décadas de paz que citaba ese día en Quito a los presidentes Lenín Moreno y Martín Vizcarra, acaso buscaban sentido al flamear del símbolo patrio en el paraje solitario.

Cabo Cotrina es uno de los veinte y tres Puestos de Vigilancia Fronteriza del Perú (PVF) en los límites con la provincia ecuatoriana de El Oro. La vía carrozable llega del Ecuador por el cantón Las Lajas, cuya capital es la pequeña ciudad Victoria, desde donde se llega al sitio luego de pasar por la parroquia La Libertad: otro nombre evocador de algún conflicto armado.

Poco antes del PVF está el hito delimitador: una pirámide de algo más de un metro de alto, con los nombres de ECUADOR y PERÚ en las caras contrapuestas, más datos geodésicos y topográficos. Fuera de la pequeña estructura, toda diferencia es imaginaria en la geografía internacional.

Más bien llama la atención que del lado del Ecuador se ha arrancado la vegetación para la explotación agrícola y el verano lo ha secado todo, mientras la parte peruana está intacta y protegida. Del lado ecuatoriano hay caseríos y del peruano solo selva y despoblado, con vida silvestre entre árboles de guabo, gualtaco, naranja, plátano y limón. Los puercos sajinos y los venados, de repente, husmean las cercanías del PVF, mientras las aves de rapiña hacen vigilantes cabriolas en lo alto y una profusión de pájaros regala un concierto internacional de música ambiental con trinos y gorjeos.

Cada diez días se renuevan los soldados, siempre restringidos en sus condiciones de vida por la situación geográfica, del clima o la carestía del agua. Las fuentes más cercanas son una quebrada ecuatoriana a cinco minutos en motocicleta u otra, a más de media hora, en el Perú. Un pequeño panel solar apenas genera deficiente electricidad, pero la paz propiciará pronto que un cableado relativamente corto –acaso dos kilómetros- lleve desde La Libertad energía ecuatoriana al puesto peruano.

 

El hito marca el límite fronterizo entre los dos países. En las fotos las dos caras de la estructura

¿Qué hacen allí esos hombres alejados de la familia y de los centros poblados de su país? Varias veces al día se reportan, por radio, con un puesto en Tumbes. Es una rutina para hacerse presentes, pues nada ocurre en las horas y días, todos iguales y monótonos. Una cocina precaria les facilita prepararse las comidas y servirse en el comedor, de aburrida sobremesa.

En las paredes hay inscripciones impregnadas de civismo, un código de conducta y hasta una estampa con la imagen de Cristo y palabras garabateadas de corrido, con significado más bélico que religioso: “Ho Dios concédeme dos deseos la victoria y el retorno y si es uno solo que sea la victoria”. ¿Para qué regresar, derrotado, a casa?

Un curioso atractivo para los ecuatorianos –especialmente los turistas- es llegar al hito y al PVF. Y los soldados tienen ocasión para departir con gente extraña, informarse de novedades y, sobre todo, aliviar momentáneamente la soledad que tanto pesa en las largas horas y los días interminables de incomunicación.

El PVF, un galpón de madera cubierto de asbesto acanalado, lleva el escudo de la Policía Nacional del Perú al frente, el nombre Cabo Cotrina y las iniciales institucionales PVF y PNP. Adentro, el dormitorio, el comedor, la cocina y sala de reuniones, todo construido por la guerra de 1941, como una trinchera, para decenas de militares y policías. Desde que se firmó la paz, ocho efectivos se turnaban cada tres meses al comienzo, pero luego se los redujo a dos, que se cambian cada diez días.

Carlos y Enos cumplen con disciplina sus obligaciones y guardan buenas relaciones con los ecuatorianos, en armonía, paz y amistad. Además, sus únicos vecinos, pues no hay peruano alguno en la cercanía. “A veces nos obsequian carne”, dice Carlos, lo cual permite cambiar la rutina alimentaria de conservas y enlatados, que los hacen durar hasta el cambio de guardia.

Campamento y vivienda de los guardias fronterizos peruanos.

Nadie vigila a los vigilantes del suelo patrio, y ellos enarbolan puntuales la bandera a las ocho, cada mañana. Carlos en posición de firmes, la diestra abierta y pegada de perfil a la sien, la mirada en la insignia que sube lentamente, mientras Enos maneja las cuerdas del ingenioso mecanismo que la impulsa al cielo, en un ritual que da sentido a su presencia en el lugar: saludar con civismo su heredad histórica, en el comienzo y confín de la Patria. En la tarde, a las seis, se la arrean sin mayor ceremonia.

Carlos, el soldado orgulloso de su país, cordial amigo de los ecuatorianos que viven cerca.

Un grupo de accidentales turistas ecuatorianos vio izar la bandera el 26 de octubre reciente. Y contagiados del fervor de la patria ajena, aplaudieron a los soldados que acaso sentían más arrebato que los mandatarios en los pomposos protocolos y banquetes por los veinte años de paz corridos desde 1998.

¿Acaso no llegó ya el día en que sobran los puestos fronterizos de vigilancia? ¿No son suficientes los hitos que marcan, con un paso, la referencia territorial de dos países que dejaron para siempre las armas fratricidas? Carlos y Enos no tenían uso de razón cuando se firmó la paz, pero ahora viven en su experiencia vigilante la absurda prolongación de arcaicas penurias en la vecindad de pueblos que respiran la misma libertad y paz y sueñan los mismos sueños. Es tiempo de pasar de la vigilancia fronteriza a la cooperación sin fronteras entre pueblos hermanos. (RTE)