Pensar es una tarea difícil…  Pocos están realmente preparados para ella.
 ( Claudio Malo González; palabra más, palabra menos, en un artículo periodístico. )

Pasamos de la meseta – callejón interandino -- a la llanura costera, apenas con un brusco y corto descenso. Los ecuatorianos somos gente de todos los colores; con, nada más, que el común denominador de nuestra matriz indígena. Hemos sido, casi siempre, indolentes; y, por ello, seguimos siendo pobres, en un país con muchos y abundosos recursos naturales

Lilo Linke – una inmigrante judía, que llegó al Ecuador durante la Segunda Guerra Mundial --   escribió un libro titulado ECUADOR: PAÍS DE CONTRASTES. Es fácil, y cierto, señalar que este título es impreciso y un tanto obvio. Y hay quién lo ha hecho. (Razón dada: Todos los países – salvo los de mínima superficie – los tienen.)  Pero, nosotros -- al revés de aquel -- vamos a defenderle a la buena señora. En realidad, sólo le faltó añadir un adjetivo: extremos.  Así, habría salido de la obviedad; y habría entrado, de lleno, en el campo de la precisión. Ejemplos. Uno. Pasamos de la meseta – callejón interandino -- a la llanura costera, apenas con un brusco y corto descenso. (No tenemos, como Colombia, unos grandes valles “templados”.) Dos. Los ecuatorianos somos gente de todos los colores; con, nada más, que el común denominador de nuestra matriz indígena. Tres. Hemos sido, casi siempre, indolentes; y, por ello, seguimos siendo pobres, en un país con muchos y abundosos recursos naturales. En fin…

Un amigo nuestro, argentino, contaba esta anécdota. Había estado – en un mes de Marzo, caluroso, lluvioso y pegajoso – en Guayaquil.  Cuando se quejó de tiempo tan molesto, alguien le había explicado: Es que, señor, estamos en invierno… ¡Invierno!, – había dicho el referido – entonces, en Verano, ustedes estarán quemándose en el mismísimo quinto Infierno… / Nosotros debimos explicarle el misterio. En el Trópico, -- le dijimos – las temperaturas son aproximadamente las mismas durante todo el año. Por lo tanto, allí, las estaciones sólo se diferencian por las lluvias. Ergo, para los guayaquileños, la época lluviosa es el Invierno; y la época seca es el Verano. (En la Zona Templada, en cambio, las estaciones se determinan por las temperaturas. Es decir, la época fría es el Invierno; y la época cálida es el Verano.)  ¿Una yapita?  Bueno…  Con bastante frecuencia, en las noches del Verano, los guayaquileños deben ponerse un suéter… / Más sabe el loco, en su casa, que el cuerdo en la ajena -- nos reconoció. Agregado: Los cuencanos buscamos, en Salinas, los calores playeros; y nos encontramos con los fríos de Humboldt… (Alemanes, como el Alzheimer.)  ¿Vio usted?  Esos son nuestros calores fríos. Una paradoja.

Un caballero cuencano llevaba un apodo curioso: El Yaraví. ¿Por qué?  Pues, por su presencia, usualmente tristona; y sus opiniones casi siempre negativas y pesimistas. Vaya, al respecto, un cantar: / Yo, con mi mano, encendí, este fuego, en que ardo y quemo;/ yo confeccioné el veneno, conque la muerte me di. / (Bueno, prescindamos de la incongruencia – ¿el letrista o se quemó o se mató o qué y cómo?  -- y vayamos a lo esencial del asunto.) El yaravismo – esa mezcla patética de quejumbre y melancolía – es la condición habitual de un buen número de ecuatorianos. (O, por lo menos, el estado al que llegan, con cierta frecuencia.  En la ÉGLOGA TRÁGICA, de Gonzalo Zaldumbide, se lee: “De pronto, se oyó un rondador.  Era un indio, que, al volver del trabajo por la tarde, daba al viento su alma gemebunda en los siete caños desiguales.”  ¡Perfecto!  El yaravismo, en nuestras profundas raíces.) Pero – atención – el yaraví no es triste al cien por ciento. Todo yaraví tiene su “fuga”. De pronto, hacia el final de la canción, el lamento se detiene; las guitarras tocan rápido; las voces suben; y estalla un inesperado: / Y así es la vida, guambritá, / ir por el mundo, chinitá, / ¡siempre sufriendo! / He aquí el misterioso, y gozoso, final feliz del yaraví.  Y – usted ya lo ve – así son nuestras penas alegres. Otra paradoja. Y – para cerrar esto – se nos viene un recuerdo. Cierta vez – en nuestra lejana juventud – buscamos, con bastante empeño, el libro, de Leopoldo Benítez Vinueza, ECUADOR: DRAMA Y PARADOJA.  ¡Nos chasqueamos! Tal libro es un título; en el sentido más exacto y literal. Queremos decir que, desgraciadamente, es nada más que eso: un título interesante; sin el texto, en apariencia, explicador y robusto, que promete…  

¿Se puede ir todavía más allá?  Sí, se puede. Hay, en efecto, quiénes pasan de la tristeza habitual al masoquismo. En otras palabras, un buen número de ecuatorianos parece gozar, y mucho, al sufrir más o menos inmotivada y gratuitamente. Nos acordamos, aquí, de algo contado por Juan Viteri Durand. Estaba él alojado en un hotel de Ipiales. En el cuarto vecino, unos estudiantes – compatriotas -- bebían. (Al paso: Cometían un notorio abuso y causaban una grosera molestia.) De pronto, uno de ellos empezó a sollozar. Y se quejaba: ¡Qué trágico!  ¡Estamos tan lejos de nuestra patria…! Para sorpresa de Don Juan, nadie se río, nadie se burló. Y, más bien, todos acompañaron, de buena gana, al lamentador. Miré usted…  Un destierro, tontamente postizo, a la distancia de una carrera de taxi de la frontera… ¡Qué tal!  Y no crea que cosas parecidas les ocurren solamente a unos inmaduros estudiantes borrachos. Vivió – hace poco menos de un siglo, en México -- una poeta, llamada Rosario Sansores. Es la autora de esa famosa letra que dice: /Cuando tú te hayas ido, / me envolverán las sombras…/ ¿Advierte usted, en estas últimas palabras, alguna falla sicológica?  ¡Humm…!, no sé.  Sí, la hay.  ¿Cuál?   Esta: En vez de disfrutar las tibias tardes, -- en esa pequeña y propicia alcoba – la pobre individua imagina, con anticipación, la ausencia de su amado…  Una sufridora…; en el lenguaje delicado de Rafael Correa. Para notar y pensar: Cuando el maestro Carlos Brito les puso música a los versos de Doña Rosario, no pensaba, seguramente, que estaba completando todo un símbolo de la ecuatorianidad.

Terminemos. Sabemos bien que los ecuatorianos somos bastante parroquiales. (Municipales y espesos – diría caprichosamente Jorge Enrique Adoum.) Igual – acabamos de decirlo – somos, en general, paradójicos y tristones. Como buenos andinos, somos lentos; y, por costumbre, más bien rutinarios. (La “iniciativa” es, justamente, la cualidad que le aportamos nosotros al “latinoamericano perfecto”.)  Por otro lado – y esto es ya cultural y social – no acabamos de salir de nuestros cien años de soledad intelectual. Y seguimos hundiéndonos en el pantano de nuestro populismo. Y la revolución social, mitificada, – que, según Agustín Cueva Dávila, se preparaba ENTRE LA IRA Y LA ESPERANZA – se fue desprestigiando con los “tirapiedras”; y se evaporó con Correa… Y la revolución cartesiana – tan necesaria, indispensable; la única revolución verdadera – no asoma por ninguna parte. Y, aquí, llamémosle, imaginariamente, a Don Juan Viteri. Lo necesitamos. Venga, usted, señor, pase. Usted juntó, en sus escritos, los elementos dichos; y los resumió en una frase: En el Ecuador, todo tiende a volverse confuso. Y éste es el principio que nosotros hemos bautizado con su nombre. (Y esta confusión grandísima se da, nada más y nada menos, que en la tierra de la luz cenital. La sorprendente y enorme paradoja: ocurre en el país donde está el Chimborazo, el punto de la Tierra más cercano al Sol; en EL PAÍS DE LOS CIEGOS, esa impresionante ficción de H.G.Wells.) Y, ahora, a la realidad. Don Juan falleció, hace unos tantos años; talvez, en uno cualquiera de esos oscuros y lluviosos días quiteños, Ya no puede oírnos…  Pero vaya, aquí, nuestro reconocimiento a su obra. Él dijo -- con claridad -- algo que mucha gente ni siquiera nota; y que algunos – si acaso lo notan – se lo callan y no lo quieren decir. (Guardan las formas; son vergonzantes…) Y, claro, – valga la redundancia – hablar de la confusión total e integral, con claridad, es notable. Es una suprema paradoja. Claro: La paradoja con la que, el talento de Viteri, supo expresar todas las nuestras.