En la lucha contra la concupiscencia clerical del siglo XI, se cuenta de Pedro Damián que ordenó la castración de sacerdotes casados. Hasta muy avanzado el siglo XIX, la Iglesia toleró igual procedimiento en los niños cantores a fin de que nunca perdieran su registro de voz angelical

Circulaban los primeros números de AVANCE cuando desapareció un alto oficial de las Fuerzas Armadas. Al cabo de los días, el militar reapareció en un rincón de la selva dando pábulo al rumor de un ajuste de cuentas pasional. No había otra explicación para el hecho de que los captores lo hubiesen devuelto vivo sin ton ni son.

El episodio mueve ahora a recordar lo que hace siglos le sucedía al vencido opositor si se entregaba a condición de que le fuera respetada la vida. No bien descendía a las oscuras galerías, le arrancaba los ojos el verdugo bajo la justificación de que solo se le había prometido ante Dios conservarle la vida. En el caso del alto oficial no se trataba de los ojos sino de la fantasía colectiva que “Vida en broma” recogió en un juego de palabras: los malhechores confundieron orden de captura con orden de capadura.

La extirpación de los órganos genitales externos masculinos era antiguamente la peor afrenta a la que el vencedor podía someter a los vencidos porque conseguía vengarse sin decapitarlos, sino destruyéndolos como varones y como seres humanos. En el peor acto de barbarie que registra nuestra historia republicana, las turbas enloquecidas por un odio que iba más allá de la muerte enarbolaban los genitales del caudillo liberal antes de entregarlo a la hoguera.

Pero no siempre la emasculación fue solo eso, un acto para denigrar. Culturas hubo que preferían emplear a los eunucos, en lugar de los esclavos, para el servicio de los príncipes o para atender a las mujeres del serrallo. Lo que era degradación suprema venía a representar un plus –así se dice ahora- que elevaba la prestancia y el valor de la mutilación en la oferta ocupacional. Esto acababa a veces en el absurdo de convertir la castración en un acto voluntario alentado por el deseo de mejorar la posición económica o social. Valía la pena, entonces, someter los atributos masculinos al tajo inenarrable del barbero –antecesor del cirujano- en procura de una ilusoria gratificación.

Consideraciones religiosas convirtieron la castración en un instrumento punitivo o la dignificaron como un acto de sublimación espiritual. Se cuenta que en los primeros siglos del cristianismo Orígenes se despojó de su virilidad para que nada en el mundo lo apartara del camino de Dios. En la lucha contra la concupiscencia clerical del siglo XI, se cuenta de Pedro Damián que ordenó la castración de sacerdotes casados. Hasta muy avanzado el siglo XIX, la Iglesia toleró igual procedimiento en los niños cantores a fin de que nunca perdieran su registro de voz angelical. (La voz angelical de las mujeres no podía resonar en el templo). En el siglo XVIII alcanzó celebridad como cantante de ópera el castrato italiano Carlo Broschi, “Farinelli”, cuya vida de triunfo y desencanto fue recreada en el cine hace un par de décadas.

Ya que el mundo ha cambiado, el tema de la emasculación se presta apenas para una breve referencia cultural. Sin embargo, no resulta fácil definir si aquella práctica ha desaparecido o tan solo ha mutado. ¿No se manifiesta en la predisposición de la mente a someterse a la voluntad del caudillismo aparentemente democrático?

A muchos oficiantes de este nuevo tipo de amputación intelectual les hará bien recordar lo que Heródoto contó, hace más de dos mil años, de Panionio de Quios, quien se enriquecía comprando jóvenes apuestos, castrándolos y vendiéndolos a buen precio en los mercados de Sardes. Una de sus víctimas, Hermotimo, llegó a ser un eunuco muy influyente en la corte del monarca persa Jerjes. Cierta vez, se encontró casualmente con Panionio en la playa. A Hermotimo le faltaron palabras para agradecerle por la alta posición que, gracias a él, le había deparado la fortuna, y le instó a que lo visitara.

Conmovido por frases tan dulces, Panionio no demoró en hacerse presente con toda la familia. Pero fue grande su sorpresa cuando en vez de palabras de bienvenida, Hermotimo le recriminó por haberse enriquecido a costa del oficio más abominable del mundo:

-¿Qué daño te hice yo para que me arruinaras la vida? –le preguntó-, y acto seguido ordenó que lo castraran.