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La desconfianza se debió a la opacidad que genera todo lo que ha rodeado a la política. La ciudadanía cada vez se ha sentido más frustrada a la hora de participar, porque no fue escuchada ni atendida. A veces, incluso, ha sido despreciada e insultada

En los territorios de la política, la realidad, que es terca, ha demostrado ccon las recientes elecciones que ciertos cantos de sirena eran eso, y sólo eso, pero se avizoran cambios protocolarios, de nombres y despachos, que quizá fuesen más allá de los primeros días del impacto mediático, con verdaderos cambios en programas, en actitudes y en los hechos.

La política ecuatoriana espera políticos de talla que entusiasme con su liderazgo a los ciudadanos, con personajes cuya visión de futuro despierte la adhesión de la gente y genere esa ilusión colectiva por participar en las transformaciones, que moldean la convivencia en sociedad. Las sorpresas electorales van por esos esperados cambios.

Es urgente superar esa alergia a la política, como consecuencia del accionarde líderes que la ejercen sin altura de miras. La política había descendido a niveles próximos al barrizal  en que se dirime la lid partidista, más preocupada de sus miserias internas y a la conservación de cuotas de poder que al interés general de los ciudadanos,  con escándalos que han sacudido a la opinión pública, sobre innumerables casos de corrupción, corruptelas e irregularidades de todo tipo, que los partidos con oportunidad de gobierno, a cualquier escala de la Administración, han logrado acumular.

Preocupa, y mucho, el miedo, el pánico al debate y a la confrontación de ideas que percibimos en la reciente campaña, porque ese medio, en el fondo, supone una defensa cerrada de la democracia formal, aquella que practican los sectores más liberales y conservadores del cuerpo social, todos aquellos que, después de obtenido el crédito electoral, reniegan de cualquier posibilidad de disentir, y niegan nuestra capacidad y nuestro derecho de ciudadanos a no estar de acuerdo y a poder decirlo. Votar y callar, era la máxima que se imponía en pasadas elecciones.

   Las limitaciones de la política formal (partidos e instituciones), deben ser superadas de aquella incapacidad para interpretar y comprender bien la realidad, seleccionar el capital humano y gestionar eficientemente los recursos públicos, representar a la ciudadanía generando entornos transparentes, confiables y permeables, y proponer soluciones sostenibles e innovadoras a los retos sociales con una acción ejecutiva y legislativa adecuada en tiempo y forma, para recuperar la confianza ciudadana con ejemplos de eficiencia y eficacia.

   La politiquería marchó hacia atrás, incapaz e inerte, ante la destrucción de un modelo socioeconómico que favorecía el desorden cortoplacista e hipotecaba nuestro futuro –y el de las generaciones venideras- en forma de deuda insostenible. Los niveles de desafección democrática no dejaban lugar a dudas, con datos abrumadores, demoledores de ciertos políticos, partidos e instituciones. Los resultados electorles han abierto caminos hacia algún optimismo.

   Gran parte de la desconfianza se debe a la opacidad que genera todo lo que ha rodeado a la política. La ciudadanía cada vez se siente, además, frustrada a la hora de participar, porque constata que no es escuchada ni atendida. A veces, incluso, ha sido despreciada e insultada.

   Y si así fue la política a grandes rasgos, peor es la imagen de sus representantes. El convencimiento de que, en el interior de esas formaciones, la política ecuatoriana está llena de políticos mediocres que han accedido a ella no por convicciones ideológicas sino por mejora de empleo. Proliferan grises funcionarios que administran entidades sufragadas con dinero público, que eligen a sus dirigentes en función de afinidades y fidelidades personales, lo que les posibilita una permanencia “profesional” en lo que debería ser una dedicación vocacional y puntual en la política. Por eso se ha votado por el cambio.

  Aquellos políticos, con muy pocas excepciones, poco pudieron aportar a favor de una juventud a la que aburren y espantan. A estas alturas de la globalización y avances tecnológicos, también han quedado atrás quienes no han mejorado la forma tradicional de hacer política.

   La gente a falta de periodismo independiente, se ha puesto a twitear mientras en el otro extremo una gavilla de vagos a tiempo completo ha hecho de las redes sociales un basurero repleto de estiércol político. El terreno está abonado con hartazgo social y el silencio cómplice de diarios, radios y televisiones que han sido teolerantes ante la corrupción política. Las sorpresas electorales inducen a pensar que han llegado tiempos de cambio, y eso es saludable.