Por la boca muere el pez”. El difundido refrán encuentra aplicaciones constantes en el quehacer económico nacional. Tanto en los círculos oficiales que hace dos años atrás trazaban un sombrío panorama dejado por la dictadura constitucional de Rafael Correa y que hoy hablan de una “recuperación” casi milagrosa, como en las Cámaras de la Producción que proclaman la “recesión” y al mismo tiempo intentan insertarse en los esperados beneficios de la nueva política económica del régimen que responde a la estrategia neoliberal y a las propuestas del Fondo Monetario Internacional y más organismos de financiamiento internacional.

Sin embargo, a la imposición de los grupos monopólicos que apoyan a Lenín Moreno se oponen poderosas fuerzas sociales que desde ahora anuncian la ruptura de la tregua. Una proforma presupuestaria desfinanciada por efecto de una acumulación de endeudamiento externo e interno, fue el preámbulo para el regreso del FMI al país. Y es que en las repercusiones de esta crisis queda claramente comprometido el futuro político de la Revolución Ciudadana cuyo discurso de cambios no resistió la palabra del quehacer gubernamental.

Hoy más que nunca es indispensable enfrentar la realidad sin prejuicios ni fingimientos y sin avergonzarse de lo que ella deja ver cuando se desnuda. Es doloroso quizá, pero detrás de la bruma de las palabras, de las frases que mucho se repiten por convicción o conveniencia, lo que se descubre es la endeblez de la democracia ecuatoriana. Y es que ella apenas ha echado, difícilmente, por cierto, escasas, débiles y poco profundas raíces. La democracia ecuatoriana es frágil, no por ser adulta de solo cuarenta años de edad, sino porque las condiciones de la sociedad a la cual corresponde son poco propicias para su desarrollo. Esto se evidencia en la reducida flexibilidad de las instituciones que entraña y en la facilidad con que frente a ellas se aumenta el autoritarismo. Es frágil porque para las clases dominantes de este país cuyos corifeos del momento se debaten entre la nostalgia del pasado reciente y la angustia de ser desenmascarados en sus fechorías. Fuera de estos actos y de estos rituales la participación política del pueblo equivale a rebelión.
En los últimos años los niveles de vida de los ecuatorianos se han deteriorado violentamente. Los salarios reales han caído en forma drástica y son insuficientes para atender las necesidades mínimas familiares. El desempleo y el subempleo han aumentado de manera alarmante. Al centro del problema se encuentran la crisis económica y la explosión del endeudamiento externo, fenómenos que han adquirido una gravedad sin precedentes. Para enfrentar la crisis el gobierno ha sido obligado por el FMI, con diferente intensidad, a poner en práctica una política económica consistente en la eliminación de cualquier tipo de controles sobre los precios de los bienes y servicios y las tasas de interés, con la excepción de los salarios; en la rebaja de aranceles y otras medidas de protección a la economía y en la regulación del gasto público. El propósito de este conjunto de políticas es garantizar la disponibilidad de divisas necesarias para el servicio de la deuda externa.

Es imposible ocultar las relaciones que existen entre estas medidas y el pago de la deuda externa, a pesar de los intentos por presentar a la deuda como un asunto que concierne exclusivamente a los banqueros y gobiernos. O por esconder y presentar en forma aislada su impacto sobre los sectores sociales y productivos, mostrándola en forma fragmentaria, poco a poco, y nunca o casi nunca desde el punto de vista de los intereses de los sectores sociales afectados.

La deuda externa afecta a todos y no podemos dejarla como un problema que atañe exclusivamente a los organismos financieros internacionales y los gobiernos, porque de seguir aplicando estas recetas ortodoxas, monetaristas, neoliberales o como quiera que se las quiera llamar, nuestro país profundizará su crisis económica y estará al borde de una explosión social y política sin precedentes.

En estas circunstancias produce desconfianza oírle al presidente Moreno que lo “social” que incluye casi exclusivamente a la salud, la educación y el empleo es su principal preocupación, pues sabemos que lo social es una de las armas más burdas de la demagogia política.

A todo esto, se ha sumado el permanente clima de inestabilidad política que vive el país y la desconfianza que genera la actuación del resto de poderes del Estado. Lenin se va quedando solo… y comienzan a crecer las filas de arrepentidos.