Por Rolando Tello Espinoza

Hombre que ha vivido a trancos dispersos y diversos, viajando por la cultura y por el mundo del que, camino a los noventa, casi nada le queda por conocer. “He sido un judío errante”, bromea con la satisfacción del andariego aún no dispuesto a acamparse.

 


Le gustaba hacer poesía desde los 40 del siglo XX, alumno del colegio jesuita Rafael Borja. Y la ha hecho toda la vida, “por culpa de antepasados remotos y próximos”, como Calderón de la Barca y la princesa Colla, hermana de Huayna Cápac, o Luis Cordero, el abuelo ex Presidente cuyo retrato dibujado al carboncillo por Enrique, su padre, cuando tenía 17 años, pende en sitio preferente, entre cuadros, esculturas y cientos de figuras de gatos traídos de viajes por el mundo.

La reciente publicación de Del Oculto Fulgor, su primer poemario, da ocasión para dialogar con el personaje del que los años y las décadas parecen haber resbalado dejando apenas pocas huellas. “No soy noventón, lo seré en noviembre”, afirma vigoroso y con júbilo, pues aún tiene 89 años que podrían pasar por 69.

Vive en el cuarto piso del multifamiliar Girasoles, en la elegante zona cuencana de El Ejido, en un apartamento con grandes ventanales por los que se ve la ciudad, esparcida en todas las direcciones, salpicada de cúpulas, torres de decenas de templos y de edificios de altura, en contraste con tejados rojizos de las casas comunes. Desde allí el poeta ve al sol temprano y al ocultarse al fin de la tarde: “me levanto a las seis de la mañana y no se si la vida comienza o concluye”, dice.

Claudio con su hermano poeta Jacinto, fallecido hace poco, departiendo en un acto público

Padre de cinco hijos y tronco de nietos y bisnietos, vive solo, desde hace alrededor de una década, cuando cordialmente decidió liberarse de la rutina matrimonial para sentir su vida. “La soledad es una amiga amable cuando se la busca, pero debe ser una carga dura si no es buscada”, comenta el hombre de cabello y barba blanquecidos y densos.

 

Del Oculto Fulgor ha sido una sorpresa cultural. “Afirmamos rotundamente que, con este libro, Claudio Cordero Espinosa ingresa a la historia de la gran poesía ecuatoriana y exige un lugar de privilegio”, apunta Felipe Aguilar al presentar la obra que contiene poemas de los últimos siete años, y alguno de 1954. Los anteriores, primerizos, “son mala poesía”, dice el autor, deliberadamente desprendido de ella.

Marco Tello, crítico y estudioso de la poesía cuencana, resume en pocas palabras en la contraportada del libro al personaje y su obra: “Penetrante lector, viajero infatigable, alterna en su universo poético las presentaciones y las representaciones de la cultura universal –Oriente y Occidente. Pero también desliza apuntes de viajes: los mares taciturnos y las cimas nevadas; el mágico esplendor de las cumbres andinas y los espejos de agua donde duerme la infancia; los encuentros efímeros; la música del alba, el rumor del crepúsculo… Poesía labrada hasta la transparencia. En ella, nos sacude y sobresalta el eco de los cantos ancestrales que alegran por igual el fondo de la noche y el fondo de la historia”.

La muerte, el amor, la naturaleza, la vida, son impulsos que laten en los versos libres de las composiciones poéticas. Los encantos del paisaje, el estupor por las islas Galápagos con sus acantilados, soledades y estruendos del mar agitan la conciencia frente al poder telúrico de la Naturaleza. Claudio ofició allá de secretario del Juzgado Civil, cuando otro poeta, Efraín Jara, fue Juez, a quien acabó remplazándolo en 1959, cuando él retornó al continente.

Su poesía es enigmática interrogación sobre quiénes somos, de dónde venimos y adónde vamos, sin respuesta en la religión, en la filosofía o la ciencia, pero sí en el arte y la poesía, que la hizo siempre, para sí mismo, hasta que descubrió que era poeta y urgido por amigos publicó el libro, “donde están las voces de la especie, las constelaciones familiares, en alguien interior en el que me habitan antepasados de todas las razas a las que obedezco”, dice el hombre que no cree en la inspiración, pero sí en mitos de dioses ancestrales ligados a la naturaleza en constante transformación.

El poeta comenta que al no haber publicado sus creaciones poéticas creía escribir para sí mismo, pero ahora advirtió que su poesía –enigmática, con palabras acaso no cotidianas ni bellas, pero necesarias- está destinada al lector culto, que valora la literatura y el arte, no al proletariado, “como en la época de Stalin”. Asegura que su poesía es política, por pacifista, contra la guerra y la violencia, es rebelde, exalta los valores humanos y de la naturaleza. Un día llegará en que el arte y la cultura, superada la opresión del capitalismo, sean por igual de todos, subraya con sus inclaudicables convicciones marxistas.

Siempre fue de izquierda y en lo religioso, aunque le bautizaron, confirmaron y le dieron la primera comunión, desde los 15 años dejó de ser creyente católico “sin avisarles a los curas jesuitas del colegio”, imbuido de las enseñanzas de nodrizas campesinas en la hacienda familiar de Charcay, que le hablaron de dioses cañaris, del Inti y la Quilla de los Incas. “Soy anarquista –dice- convencido de que el Estado no está por encima de nosotros. Creo en el hombre, capaz de practicar la bondad y la fraternidad. Acaso es una utopía, un sueño, pero la vida misma, como la poesía, está hecha del mismo material de los sueños…”

Claudio escondió la vena poética detrás de la rutina en la Universidad de Cuenca, donde se hizo abogado y fue catedrático de Economía Política de 1960 a 1993, hasta jubilarse. También estudió Teoría de Valores, en Europa, que le sirvieron para crear la Escuela de Economía de la Universidad de Cuenca, que luego se hizo Facultad y fue diez años su decano. Tanto le gustó el profesorado que tras jubilarse se quedó dos años de maestro emérito. Una experiencia dura fue cuando la cesantía por más de 30 años vino al suelo por la dolarización, dejándolo casi en la miseria, con la pensión del seguro social reducida a 80 dólares mensuales.

Hombre de humor, ama la vida, pero no evade expresar gran tristeza al recordar a Silvia, la hija que luchó varios años contra un cáncer que al fin acabó devorándola. Su ausencia es un dolor persistente que le punza con intensidad y ocupa varias alusiones Del Oculto Fulgor, el libro de poemas a través de los cuales expresa las experiencias y sensaciones vitales más vigorosas y sensitivas de su vida.

Conversador incansable, nada ni nadie le son extraños. Pero el diálogo tiene que terminar. ¿Y qué de la muerte y de más allá de la muerte? “Acabo de escribir un poema –responde- en el que digo que la Muerte es la bella amada, a la que no quiero ver. Me burlo de ella y la desafío. No le tengo miedo. Quisiera morir súbitamente, sin sufrimiento, quizá de noche, mientras duermo. Repudio la enfermedad y el dolor obsceno de la muerte. No quiero que me incineren, para reproducirme en hierba, flor o mariposa, en la continuidad de ese gran animal que es el Universo. La palabra misma, animal, conlleva lo animado”.

Silvia

Tan tenue, tan pálida, tan distante
hundiéndote cada día en el aire lentísimo de la nada
en su noche marejada sin retorno
volandera del viento que fluye sin cesar
imantada por el sorbo del vacío
del eterno remolino del perecer inacabable,
como la música que se pierde ascendiendo hacia el silencio
Amor sólo tú perduras intacta en mi corazón
para siempre
más allá de las tempestades de la muerte
y su finar indescifrable.

* Poema a la hija prematuramente fallecida.

 

El título del libro es una metáfora de la conciencia y la subconsciencia, de cuyas profundidades brotan las palabras como de canteras subterráneas de las que fluyen aguas cristalinas, o relámpagos de volcanes, en el fondo misterioso de la noche