En España, se mezclaron varios, y muy diversos, grupos humanos. El resultado: la cultura
nacional más compleja de toda Europa
Ian Gibson

América Latina sigue insistiendo en unas tonterías gatunas; las de siete vidas. Todas ellas se podrían reducir a una sola: Los españoles nos hicieron daño… Unos detalles, para precisar el asunto: Acabaron con nuestras buenas culturas indígenas; nos impusieron una cultura europea medieval y pobre; se llevaron nuestro oro y otros recursos… En fin, frases sesgadas, generalidades, lugares comunes…

os latinoamericanos debiéramos conocer mejor a España. (Lo contrario también se podría y debería preconizar.) Así, podríamos comprender plenamente lo que, por los dos lados, es lo nuestro. Y si esto vale para las personas comunes, vale mucho más para los especialistas. Por ello, nosotros recomendábamos que – en las correspondientes especialidades universitarias – constara la asignatura Historia de España. (Pero, nos jubilamos sin lograrlo…) Y, ahora, – yendo a lo más amplio del asunto – en nuestra región, carecemos de un pensamiento social y cultural adecuado. A propósito, nos acordamos del grueso reproche de Pío Baroja: Latinoamérica es el continente tonto… (Bueno, quizás, el autor vasco, -- un poco tendiente a la desmesura -- haya exagerado…) Pero, también, otros españoles, a su modo, señalaron la misma falta. Es muy conocida la exhortación de Ortega y Gasset: ¡Argentinos, a las cosas…! Es decir, piensen bien, obren bien, atiendan a lo esencial. Y, entre nosotros, Francisco Álvarez González encontró, para ello, las palabras pertinentes y exactas: América Latina no necesita la revolución marxista; necesita la revolución cartesiana… / Así es, en verdad.

Si hubiéramos entendido el complicado mundo, quizás, las enormes tragedias de Cuba y Venezuela se habrían evitado. Y – claro – los ecuatorianos, tampoco habríamos caído en el desastre del Correísmo. Adelante.

América Latina sigue insistiendo en unas tonterías gatunas; las de siete vidas. Todas ellas se podrían reducir a una sola: Los españoles nos hicieron daño… (Unos detalles, para precisar el asunto: Acabaron con nuestras buenas culturas indígenas; nos impusieron una cultura europea medieval y pobre; se llevaron nuestro oro y otros recursos… En fin, frases sesgadas, generalidades, lugares comunes…) Pero – increíblemente – aun ciertos intelectuales muy conocidos han caído en ellos. Y, en este punto, nos encontramos con Pablo Neruda. A ver. En su célebre autobiografía, CONFIESO QUE HE VIVIDO, usa una retórica exagerada y artificiosa, para ponderar las bondades de nuestro idioma. ¡Otro de esos narcisistas lingüísticos! Y termina diciendo – sorprendentemente -- que éste es el mayor don que nos legaron los torvos conquistadores. ¡Vaya! ¿Contradictorio? Examinemos, con cuidado, la afirmación.

Por el contexto, se pensaría que él que nada tiene que ver con aquellos. Pero, un momentito: Neruda no fue un mapuche; y los conquistadores fueron, en plena realidad, sus tatarabuelos. Ojo, al respecto: Nuestros antecesores y sus hijos – criollos y mestizos – hicieron el gran Imperio Español. Es decir, ellos, precisamente, extendieron, por decenas de paralelos, los territorios de La Corona; y multiplicaron por cien el número de hablantes del castellano. Muy a propósito: el poeta chileno se llamaba Neptalí Reyes Basoalto. Y – como se sabe – el apellido Reyes es común en toda la América hispana. ¿No habría algún Reyes entre los primeros 105 españoles que fundaron Santiago de Chile? Sólo se debería revisar la correspondiente nómina. (De paso: Si se hiciera la lista de los fundadores de las ciudades hispanoamericanas del siglo XVI, se tendría, prácticamente, la nómina completa de los conquistadores. Véase el caso de Cuenca: Allí están los apellidos de ellos; los que formaron la clase dominante colonial y la élite.) Y no importaría, tampoco, si este Reyes, o el Basoalto, de Chile, vinieron después. Porque, de hecho, todas las familias de los conquistadores deben haberse mezclado entre sí; y, desde luego, con los nuevos peninsulares, que iban llegando. Pregunta que surge aquí: ¿Habría aceptado Don Pablo que él, también, descendía de uno de aquellos “torvos” espadachines? Nunca lo sabremos... Y, a continuación, díganos usted, estimado lector, – quitando el reverencial respeto a la fama – ¿qué opina de ese título CONFIESO QUE HE VIVIDO? Bueno, mientras lo piensa, nosotros seguiremos. Cualquier editor sabe que hay que titular correctamente un libro. Y un buen título debe ser claro, preciso y expresivo. Y, además, – si se puede – interesante y llamativo. El título nerudiano merece un pequeño comentario. No lo vamos a hacer. Pero anotemos, -- por razones de brevedad -- solamente, que éste es ingenuo, pedantesco y vacío. Y citemos, en nuestro apoyo, lo que un español más – Gregorio Rafael Galiana, que vivió en Cuenca – escribió, con sencilla ironía: ¿No tendrá nada más que confesar? En fin, fallas de juicio. El corto juicio de Neruda, pues; representativo de todos nuestros cortos juicios continentales.

Y – para peor hacer – esa misma colectiva ligereza de cascos es la que ha terminado sobrevalorando al poeta austral… Hasta el punto, de que hay quienes han propuesto su nombre para el aeropuerto internacional de Santiago.

Y, ahora, pasemos de las correcciones históricas a la preparación de nuestro futuro. (Que, también, para eso, vale el conocimiento de la realidad española.) Hoy día – cuando los ecuatorianos estamos paralizados por la animadversión y las dudas – el Pacto de La Moncloa vuelve a servirnos de ejemplo. Entender al otro, perdonar y ser perdonados es positivo… Sólo con la unión, un país puede ir hacia adelante. El pragmatismo social, pues, debe primar sobre la tontería populista, sobre las utopías socializantes, sobre la improvisación, sobre el cortoplacismo. Con aquella actitud sensata, la atrasada España de los años setenta pudo ubicarse en el Primer Mundo. (Mientras que la Argentina -- más rica y más avanzada que España e Italia, en tales fechas – sigue resbalando en la pendiente de su decadencia. ¡Un medio siglo perdido!) Algo concreto: En el camino de su desarrollo, España se convirtió en una potencia turística. Desde hace unas décadas, los ecuatorianos hablamos del turismo receptivo. Pero, de hecho, no hay quien programe y maneje, en buena forma, la actividad. ¿Por qué no contratamos los asesores necesarios o preparamos a nuestra gente para la tarea? Y, además, por el estilo, podríamos aprender sobre la democracia, el gobierno, la descentralización, lo educativo, la investigación, la tecnología… Y, hasta, quizás, podríamos evitar las exageraciones, desaciertos y errores peninsulares; que también los hubo, en el meritorio proceso…

En fin, España y las españas: Nuestro origen, nuestra identidad, nuestra variedad, nuestra mezcla, nuestra unidad, nuestro destino… Mucho para aprender y reflexionar. Y, claro, también, mucho para hacer.