Dos décadas han pasado desde que la UNESCO inscribió a Cuenca entre las ciudades que son patrimonio cultural de la humanidad. La declaratoria fue motivo de complacencia, orgullo y estima para los cuencanos y ecuatorianos. También, culminación de esfuerzos desde décadas en el pasado, por la preservación de los bienes de valor arquitectónico, paisajístico, histórico y humano de un pueblo emprendedor.

El saldo de estos veinte años es positivo. Mucho ha cambiado, para mejor, Cuenca. Esfuerzos públicos y privados han contribuido al embellecimiento de la ciudad que, como acaso ninguna otra en el planeta, dispone de cuatro ríos que atraviesan por su predio urbano imprimiendo encanto al paisaje y convirtiendo al agua en uno de sus símbolos emblemáticos.

Pero también se ha atentado contra bienes patrimoniales, a veces impunemente, ante el silencio encubridor de funcionarios públicos remunerados para cumplir la obligación de vigilar y proteger tan valiosos recursos, cuya omisión debería investigarse y sancionarse, si ello amerita.

En esta entrega AVANCE se refiere con esmero al tema patrimonial de Cuenca y recuerda casos de negligente gestión para sancionar a los contraventores. Ojalá la actual administración municipal valore ese material periodístico, al que debería añadirse el caso de la corona de laureles de oro del poeta Remigio Crespo Toral, trofeo de valor cultural e histórico, cuya recuperación fue posible con un aporte periodístico de esta revista. ¿Qué fin tiene esa corona, rescatada de un escondite conventual en el que corría el riesgo de perderse para siempre? Su sede permanente no debe ser sino el museo que lleva el nombre del poeta.