Pocas veces se asistió en los últimos tiempos a la consumación de lo que en la jerga revolucionaria se denominó linchamiento mediático. Quienes creían que aquellas prácticas nefastas habían sido despejadas del horizonte nacional por la acción de los vientos de libertad impulsados por el régimen, debieron sentirse defraudados    

El país se asoma al nuevo año con el alma en tensión. So pretexto de enmendar los errores de la década pasada, se ha cargado sobre el ciudadano común la responsabilidad de restituir los dólares esfumados. A costa del empobrecimiento colectivo ¿se solucionarán los graves problemas que afectan a la educación, a la economía, a la salud, a la seguridad? Si el poder público ha decidido que otros expíen la culpabilidad ajena, debe cuando menos hacerlo con la verdad a flor de labios, sin eufemismos ni circunloquios. El argumento de gobernar pensando en el futuro no ha de sustentarse en la asfixia del presente.

Las dobles intenciones en materia política oscurecen el porvenir. Aunque se han vuelto habituales, tienen la virtud de ser inocultables porque se delatan por sí solas en la expresión. Hay, por ejemplo, un límite acentual que impide en el habla española la articulación de palabras sobresdrújulas, salvo las seguidas por pronombres personales átonos, cuya brevedad las torna practicables:  entrégamelo, devuélvesela, prométemelo. En el caso de voces esdrújulas cuya forma singular deba pluralizarse, la lengua se defiende desplazando el acento a la sílaba posterior para evitar tensione sobresdrújulas: de régimen, regímenes; de espécimen, especímenes. Sin embargo, no es infrecuente escuchar por los micrófonos barbaridades al estilo de régimenes, espécimenes, contra toda prevención. La utilidad de este esfuerzo se manifestó en el impulso espiratorio necesario para articular de un solo golpe, antes de la designación, un nombre impronunciable por quienes estaban fuera del trato: Sonnenholzner.

En un plano contiguo, bastaba atender a estas tres versiones, en apariencia iguales, sobre el destino de la alta funcionaria que iba a ser juzgada políticamente y remplazada, para descubrir a los comprometidos en el relevo: “La Vicepresidenta debe renunciar”, “La Vicepresidenta debe de renunciar”, “La Vicepresidenta debería renunciar”. Las tres expresiones, escuchadas en el momento mismo del escándalo, revelaban tres posiciones políticas diametralmente diferentes. La primera impartía una orden, dictada por alguien interesado de antemano en la salida de la funcionaria; la segunda exponía un respetuoso deseo que no ocultaba la gravedad de la cuestión; la tercera, en cambio, daba un saludable consejo, sin faltar al respeto debido a una dama, al margen de su culpabilidad o su inocencia.

Ahora bien, en lo tocante a respeto, no puede soslayarse una reflexión. Pocas veces se asistió en los últimos tiempos a la consumación de lo que en la jerga revolucionaria se denominó linchamiento mediático. Quienes creían que aquellas prácticas nefastas habían sido despejadas del horizonte nacional por la acción de los vientos de libertad impulsados por el régimen, debieron sentirse defraudados. Si los medios obraron bien y cumplieron con su deber al informar sobre la gravedad de los hechos en que se había empantanado la señora, no era de su competencia ponerla contra la pared para que la acribillaran.

Aquel ensañamiento público fue amplificado sin piedad en las redes. Antes de renunciar, la señora Vicepresidenta había dejado de ser tal, y había dejado de ser una dama. El ciego furor llegó al extremo de representarla como un animal que gesticulaba obscenamente en las redes. Ojalá que por un elemental sentido de decoro nacional aquel tipo de imágenes se haya desvanecido de la mente colectiva. ¿Dijeron algo al respecto las defensoras y los defensores de los derechos humanos? ¿Alguien se pronunció en las campañas por la erradicación de la violencia contra la mujer? Por coincidencia, sí habló a renglón seguido la defensa de los animales para exigir que no se los aluda en la representación de lo que hay de negativo en el comportamiento humano.  

Así las cosas, el problema de los derechos ha saltado por arte de magia de lo político a lo académico. Deberán ser las venerandas sombras circunspectas de la Real Academia de la Lengua las que diriman en las apelaciones de protección de los derechos del mundo animal en el lenguaje, a que en el futuro no haya más alusiones bucólicas de carácter ovejuno; que no haya elefante blanco ni caballo regalado; que tampoco haya edad del burro ni hambre canina ni candidaturas de a perro.