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En esta temporada electoral, adelantan en la avenida los trabajos de reconstrucción de las veredas. La atención que genera brinda al observador la oportunidad de constatar el empeño con que se ejecuta la obra. Así pues, llueva o solee, muy temprano se concentran los trabajadores y se van distribuyendo en el sector contiguo al árbol patrimonial, cargado aún de trinos            

En una avenida que corre al otro lado del río, hay un pequeño sitio preservado amorosamente por los planificadores de la urbanización. En ese triángulo de césped, se empina muy airoso un árbol nativo que compite con algunos edificios del barrio.

A pesar de su altura, pasa de ordinario inadvertido; pero los transeúntes no pueden resistir a la tentación de saborear las frutas rojas y brillantes que empiezan a mostrarse entre las hojas lanceoladas, en apretados racimos, en cuanto llegan las primeras lluvias del año. Personas de toda edad saltan, vuelven a saltar hasta arrancarle un fruto al árbol generoso, y prosiguen la marcha con la miel en los labios.   

En esta temporada electoral, adelantan en la avenida los trabajos de reconstrucción de las veredas. La atención que ello genera brinda al observador la oportunidad de constatar el empeño con que se ejecuta la obra (en general, el ciudadano común no repara en el esfuerzo que demandan las labores de mejoramiento urbano). Así pues, llueva o solee, muy temprano se concentran los trabajadores y se van distribuyendo en el sector contiguo al árbol patrimonial, cargado aún de trinos. Se les ve llegar ágiles, alegres, con la desenvoltura propia de los seres humanos libres de arrogancias. De andar altivo, las herramientas al hombro, alguno de ellos sorprende al caminante con la vieja costumbre de saludar a los mayores.  

Una vez en el lugar, ocupan sus posiciones como si fueran a librar un combate; no bien la maquinaria ha roto las capas de piedra y hormigón que han de ser remplazadas, ellos se encargan de abrir los cauces por donde correrán las instalaciones; amontonan otros a un costado de la vía los materiales extraídos de las zanjas profundas. Entre la polvareda, unas siluetas grises se balancean vaciando las fundas de cemento sobre un montón de arena, cuya mezcla va entregada a los carretilleros que, a su turno, ocupan el silencio dejado por las máquinas.

Desde la calle se elevan densas nubes de polvo en remolinos lentos y sube asimismo el estrépito del equipo mecánico y de las voces que imparten instrucciones. Un par de operadores han saltado a la mitad de la vía a fin de parar el tránsito hasta que los camiones que proveen materiales se estacionen. Surgidos de la nada, varios bultos los rodean y los liberan de la carga en lo que demora en rezar un credo, aunque apremiados por las bocinas de conductores impacientes.  

El ritmo se mantiene a lo largo del día con estrépito creciente. De seguro, a nadie se le ha ocurrido abandonar el puesto de trabajo o, peor todavía, tomarse por cuenta propia un descanso. Tan febril actividad mueve a pensar en el enfado que experimentarán estos conciudadanos laboriosos cuando acuden por un trámite a las dependencias burocráticas atestadas de un personal en buena parte superfluo, de mirar marciano.

Para ellos no existe la evasiva del “break” ni del agua de viejas. Llegado el momento, se alzan para el almuerzo y se pierden al final de la calle en contagiosa algarabía. Hay quienes tardan más en ir que en volver dada probablemente su frugalidad alimenticia. Otros no se han movido del lugar; acomodados en círculo alrededor de un naipe –diversión inmemorial-, echan suertes a la espera de reanudar la jornada. En la esquina, alguien oscila entre el follaje sobre el pequeño triángulo de césped, ocupado en llenar el casco del uniforme laboral con el aroma de las frutas que penden del árbol vigilante, agitado al mediodía por el viento del valle. No bien sus compañeros regresan, él les ofrece en el frutero improvisado lo que en tal circunstancia podría ser el postre más delicioso del mundo.

  Es penoso admitirlo; pero el árbol es quizás el solitario ejemplar de su especie que purifica altivo el aire en ese punto del paisaje urbano, a poca distancia del rumor del río. Si los vecinos hubieran imitado el ejemplo de quienes le reservaron un pequeño sitio en un rincón del barrio, bien habría podido llamarse aquella amplia avenida con otro nombre igualmente sagrado, patrimonial y sugestivo: Avenida de los Capulíes.