La aguja sobre la cubierta de la Catedral de Notre Dame, al desprenderse consumida por las llamas

Materiales y tesoros valiosos de la tierra conviven con los valores espirituales en el templo monumental, cuya arquitectura y elementos paganos se transforman en símbolos de religiosidad. Es un espectáculo milenario y millonario expuesto al mundo a través de un efectivo marketing comercial: el turismo religioso

La catedral de Nuestra Señora de París –Notre Dame-, construida en los siglos XI y XII, ardió en llamas entre el 15 y 16 de abril de 2019. El mundo creía ver, estupefacto, por la TV en vivo, cómo se quemaban en pocas horas ocho siglos de historia.

Pero el fuego no cumplió todo su cometido. La estructura de la obra arquitectónica resistió a sus embates y los principales bienes religiosos y de arte, vitrales, altares y capillas se salvaron del desastre o son susceptibles de reparación, que durará varios años. Cientos de bomberos de París impidieron el total desastre.

La obra es considerada como uno de los monumentos arquitectónicos más importantes de la Iglesia Católica. A lo largo de los siglos ha recibido mantenimientos e intervenciones, pero sus características mayores han permanecido intactas.

El escritor francés Víctor Hugo (1802-1885) hizo de la Catedral el escenario de su novela romántica e histórica Nuestra Señora de París, consagrada en la Literatura Universal, puesta al cine y la televisión en diversas versiones, con la bella gitana Esmeralda y el maltrecho Quasimodo como protagonistas de episodios sociales, históricos y religiosos de la Edad Media, al trasfondo del estilo gótico que defiende el autor, cuando entonces muchas de sus edificaciones importantes eran demolidas.

La novela de Víctor Hugo universalizó y perpetuó a Notre Dame de París, la catedral, a la que durante el reciente incendio agencias internacionales la confundían con la obra literaria y afirmaban que se consumía la iglesia de la obra El Jorobado de París.

Aún no se aclaran las causas del incendio, que no serían criminales, pero sí de manos desaprensivas. Víctor Hugo afirmó que a lo largo de los siglos el tiempo, las revoluciones y las modas afectaron al templo y su criterio sería válido hoy: “La iglesia de Nuestra Señora de París es aún, en la actualidad, una obra sublime y majestuosa; mas, por hermosa que se conserve a medida que va envejeciendo, nos indignan los deterioros y las mutilaciones que el tiempo y los hombres han infligido al venerable monumento, sin respeto a Carlomagno, que colocó la primera piedra, ni a Felipe Augusto, que puso la última… Sobre la faz de la antigua reina de nuestras catedrales, junto a una arruga, se halla una cicatriz, Tempus edax, homo edacior, que yo traduzco así: El tiempo es ciego; el hombre, un estúpido”.

“Si pudiéramos inspeccionar en compañía del lector las diversas huellas de destrucción, una a una, producidas en la antigua iglesia, achacaríamos al tiempo la menor parte de culpa y la mayor a los hombres, sobre todo, a ciertos artistas de la peor calaña, puesto que, en los últimos dos siglos, ha habido personas que se han arrogado el título de arquitectos”.

La Catedral fue el punto más visitado por los turistas del mundo y edificio obligado para llevar la fotografía del recuerdo

Casi 130 años han pasado desde que Víctor Hugo escribiera la novela (1831) y su descripción de la fachada de Notre Dame mantiene casi intacta la descripción que hoy tendría actualidad: “… Es indudable que hay pocas muestras arquitectónicas tan bellas como esta fachada, en la que se ven, simultáneamente, tres portadas ojivales; el cordón bordado de realce y festoneado de los veintiocho nichos reales; el inmenso rosetón central, entre dos ventanas laterales, como el sacerdote entre el diácono y el subdiácono; la alta y frágil galería de arcos trebolados que sostiene la pesada plataforma sobre sus finas columnas; y, por último, las dos negras y macizas torres con sus tejados de pizarra, que constituyen las partes armoniosas de un conjunto magnífico, sobrepuesta de cinco pisos gigantescos, que se presentan a la vista en armonía y sin confusión, con sus innumerables detalles de estatuaria, escultura y cinceladura, en admirable consonancia con la serena magnitud del conjunto; vasta sinfonía de piedra, por decirlo así, obra colosal de un hombre y de un pueblo, una y múltiple, como las Ilíadas y los Romanceros, de quienes es hermana; prodigioso producto de la suma de todas las fuerzas de una época, en que en cada piedra se ve brillar bajo cien formas la fantasía del obrero subordinado al genio del artista; en pocas palabras, especie de creación humana, poderosa y fecunda como la acción divina, de la que parece haya tomado su carácter dual: el de la variedad y la eternidad”.

El literato insiste en culpar al hombre por deteriorar más que el tiempo la belleza y la originalidad del templo, empezando por elevar el nivel del piso de acceso y suprimir las once gradas anteriores al templo “que añadían altitud majestuosa al edificio”. Y pregunta: “¿Quién derribó las dos hileras de estatuas? ¿Quién dejó vacíos los nichos? ¿Quién labró, en medio de la portada central, esa ojiva nueva y bastarda? ¿Quién se atrevió a poner esa fea y recia puerta de madera, esculpida al estilo Luis XV junto a los arabescos de Biscornette? Los hombres, los arquitectos, los artistas de nuestro tiempo son los responsables”.

El espectacular incendio hizo caer en cuenta al mundo la presencia intemporal del majestuoso monumento y a reflexionar si los grandes templos católicos de Europa y otras partes del mundo, con largas filas de turistas pagando las visitas, guardan el espíritu divino que inspira la religiosidad. ¿Seguirá habitando Dios, allí dentro, en medio de mercaderes? Quizá haga falta discernir entre la Verdad sublime y la pragmática realidad.

El hombre sigue siendo, como pensara Víctor Hugo, el mayor depredador del monumento histórico. ¿Quién prendió la chispa que contaminó el fuego por el templo? Parecería increíble que los sensores para detectar el humo y el fuego fallacen, a estas alturas del Siglo XXI… (RTE)