¿Hay que reconocerle un mérito a Moreno? Sí, claro: Nos sacó del pavoroso camino de la venezolanización. Aunque no pudo librarnos de las implicaciones geopolíticas, que todavía nos persiguen: el asunto Assange, el terrorismo de las FARC, el narcotráfico, los refugiados…  Si Guillermo Lasso triunfaba, su trabajo habría sido mucho más difícil          

Lo que tenemos hoy día – la situación política y social ecuatoriana – no es un simple desorden; no es, tampoco, un enredo cualquiera; es mucho más: es todo un real y verdadero despelote. La gruesa palabra – probablemente de origen rioplatense, pero difundida en varios de nuestros países – denomina a unos desarreglos y deterioros mayúsculos; a unos avances largos en el camino de la ruina. ¿Vamos, de nuevo, hacia el estado fallido?  Quede claro: Correa no los produjo. Ya estaban. Y él – con unas mañas astutas y casi diabólicas – supo agudizarlos, usarlos y aprovecharlos. El Obispo Julio Parrilla, de Riobamba, lo ha señalado con claridad: El país está averiado, dice. Y esta avería se originó ya en los tiempos de los tatarabuelos; y, sólo, se ha ido agravando a causa de los últimos y numerosos errores y horrores. (Palabras más, palabras menos.) Bueno, bueno…  Lo vemos todos. Menos – como no – el veinte por ciento de la izquierda dura; el mismo que, en cuanto le atañe, carece de autocrítica; y se perdona, o ignora, con suprema ligereza, su reciente y muy culpable pasado. (Botoncito de muestra: En estos días, le están echando a Moreno la “culpa” de haber apelado al FMI. Pero no tienen en cuenta que tal cosa no habría sido necesaria, si ellos mismos hubieran gobernado con eficacia y sensatez; y si no se hubieran robado, por camionadas, el dinero de la nación.  Como diría el argentino Martín Caparrós: He aquí otro caso de Peronismo explícito.  Es decir, la lengua del populista reclama los derechos de los pobres, para engañar; y, simultáneamente, sus manos vacían, afanosas, el arca abierta.)

Y debemos hablar, ahora, de nuestro Presidente.  Don Lenín Boltaire Moreno Garcés es un personaje perfectamente viteriano: es decir, confuso a plenitud y por todo lo alto. (Volvemos, otra vez, al Principio de Juan Viteri Durand: En el Ecuador, todo tiende a volverse confuso.) ¿Y por qué usamos la palabra personaje; en apariencia, inadecuada?  Pues, porque resulta que la personalidad del gobernante es muy difícil de definir. ¿Es, verdaderamente, un político?  Respuesta justa: A veces, lo parece… (Pero… ¿Un buen político cometería el grave error de confesar – un auténtico sincericidio, matarse con la verdad – que está contando los días que le faltan para dejar la presidencia?)  Bueno, -- siendo así de chueca la cuestión – ya no hace falta demostrar que Moreno no es un mesías, que no tiene carisma, que no es un líder, que no es ni siquiera un cacique… Resulta obvio. ¿Es un intelectual, un hombre bien educado? Tampoco. Si lo fuera, no cometería otro error: improvisar, al estilo chulla, en la Universidad de Salamanca o en el Salón de la Ciudad, de Cuenca. Podría ser racional, sobrio, hasta un poco elegante… (Sin embargo, -- al igual que otros viejos revolucionarios de cafetín – sí tiene ciertas pretensiones de esa laya.) ¿Es un ejecutivo, un empresario?  Igualmente, no; aunque, por un tiempo, haya manejado algún pequeño negocio propio. Si lo fuera, mostraría cierto grado de iniciativa, de decisión, de pragmatismo. Y, más bien, al contrario, lo suyo es la dejadez, casi la apatía… ¿Es un diplomático?  Cuarto no.  Los años de Ginebra – en una misión supremamente postiza – no le han dado ni prudencia, ni tacto; ni apenas, pues, el delgado barniz de tal actividad.  

  Entonces, ¿qué es? Bueno…  Es lo poco que tenemos, es el sujeto que las circunstancias produjeron, es lo que el viento nos trajo… No nos podía traer – claro – el estadista que necesitamos, para, por fin, institucionalizarnos.  En la crónica desorganización nacional, Moreno continúa la larga fila de los más o menos improvisados, de los acomodaticios y de los oportunistas: Otto Arosemena Gómez, Jaime Roldós, Fabián Alarcón, Lucio Gutiérrez… Y, mejor, no nos metamos en el berenjenal de las incongruencias, de las ingratitudes, de la hipocresía, de las disputas rastreras, del posible fraude de su triunfo sobre Lasso, de la “traición” a Correa, de la sospechada corrupción de sus parientes…

Paradoja: Pero, a pesar de todos los pesares, el país, malamente, depende mucho de esta gestión presidencial. El mandatario es potencialmente poderoso… Podría hacer más que bastante; y puede dejar de hacer bastante más. Bueno, en fin… ¿Y hay que reconocerle algún mérito a Moreno? Sí, claro. Nos sacó del pavoroso camino de la venezolanización. (Aunque no pudo librarnos de las implicaciones geopolíticas, que todavía nos persiguen: la cola del asunto Assange, el terrorismo de las FARC, el narcotráfico, los refugiados…)  Si Guillermo Lasso triunfaba, su trabajo habría sido mucho más difícil. La izquierda dura le habría hecho una oposición cerrada y agresiva. (No fue así, porque la inesperada maniobra del Presidente la descolocó y, en buena medida, la neutralizó.) Y, aquí, citemos, otra vez, al Obispo Parrilla: Te vamos a perdonar todo lo malo que has hecho, por lo bueno que hiciste; pero basta ya, hijo; no sigas pecando… (La cita no es textual, pero el sentido originario, lleva.)  Adelante. Al cúmulo de acciones, vacilaciones y omisiones morenistas, -- y a falta de un término preciso – el periodismo le está llamando ahora La Transición. ¿Bonito nombre español…?  Concluyamos el punto: El despelote ecuatoriano, entonces, está presidido; literalmente: sólo presidido – no intervenido – por Don Lenín. Y eso es eso: El confuso mayor arriba de toda la entera y voluminosa confusión.  ¡Qué tal!  ¿Podía, usted, imaginar un hecho semejante?  Es decir, un hecho tan típico, disperso, inorgánico, popular y nacional como éste.

No hay que dividirse. Hay que enfrentar – con una sola candidatura – a los correistas y a los morenistas. La izquierda dura no puede vencerle a una buena alianza centrista.) Para ello, olvidémonos de los parches y los esperpentos. (CPCCS, la elección más fragmentada de la historia, la consulta minera de Girón…) Hay que cambiar la constitución; ¡cambiarla! Es la clave del proceso. Poner las reglas democráticas. (Recordemos que esta de Montecristi – que hoy nos rige – fue, prácticamente, la consecuencia de un golpe de estado de Correa; y, por otra parte, la maléfica artimaña de los abogados españoles, asesores de Chávez.) Hay que convocar a los dos o tres mejores constitucionalistas del país; y encargarles un proyecto   corto y esencial. Luego, el Congreso – asumiendo la función de constituyente – deberá aprobarlo.  Tal proyecto deberá contener las propuestas fundamentales; pedidas ya, desde hace un tiempo, por varios grupos conscientes e ilustrados: (1) un estado federal; (2) un gobierno parlamentario. / Después, el nuevo gobierno deberá juzgar a los corruptos de la Década Siniestra; y recuperar lo que se pueda del dinero robado.  Y deberá expedir una ley de partidos; que tendrá que cumplirse rigurosamente. Y, además, deberá convocar a representantes de todo el espectro político; para convenir en un acuerdo nacional, para los próximos 15-20 años. (Sin un acuerdo, no habrá futuro, ni progreso… La unión hace la fuerza. País desunido, país sucumbido.) De esta manera, podremos ir removiendo, gradualmente, los escombros del despelote. Y poner orden. (La primera ley del Reino de los Cielos…) Y, entonces sí, -- como se dice – iremos adelante con los faroles de la procesión. En otras palabras, los ecuatorianos podremos hacer todo lo que hemos estado demorando en forma por demás lamentable; y todo lo mucho, e importante, que hay que hacer para institucionalizarnos, para fortalecernos, para enriquecernos y para desarrollarnos. Para ser, al cabo y en definitiva, un verdadero país.