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Tras once días de saqueos, manifestaciones cargadas de violencia, de parte de algunos manifestantes como de la Policía y del Ejército a causa del Estado de Excepción, el Presidente de la República tuvo que retroceder en sus impopulares medidas, porque no tenía otro remedio si quería evitar el empeoramiento de las cosas.

El paro del Transporte y en seguida las movilizaciones indígenas, fueron una tónica bastante violenta para el país, luego de que el Presidente Lenín Moreno, en un imperdonable error de cálculo, posiblemente presionado por algunos grupos de la producción y sus ministros neoliberales, disparó el descontento al eliminar de un plumazo los subsidios a las gasolinas y el diésel, acción que por si fuese poco, le rubricó al decir en varias ocasiones que “las medidas son inamovibles y que no retrocederán”.

El volcán de las movilizaciones indígenas de la CONAIE con su cortejo de bloqueos y la marcha de treinta mil aborígenes a la Capital de la República fue oportunidad ideal para que bandas de elementos con consignas oscuras, más delincuentes comunes, hicieran de las suyas con saqueos, destrucción de lugares públicos y la quema y saqueo del edificio de la Contraloría.

Es que a los “movilizados” se había unido, cual una peste difícil de discernir, una masa no por pequeña menos letal, que desprestigió las marchas y su causa, para convertirle, en alguna medida, en simple destrucción, miedo y saqueos. El Gobierno desde un principio culpó al exiliado en Bélgica y la agrupación fiel a su caudillaje por las destrucciones e “intentos de desestabilizar la democracia”, como aseguró Moreno y también sus voceros.

Tras once días de saqueos y conatos de saqueos, manifestaciones cargadas de violencia, tanto de parte de algunos manifestantes como de la Policía y miembros movilizados del Ejército a causa del Estado de Excepción, el Presidente de la República tuvo que retroceder en sus impopulares medidas, porque no tenía otro remedio si de verdad quería evitar el empeoramiento de las cosas. Nebot y Cinthia Viteri, desde su fortín en Guayaquil, movilizaron a sus huestes en repudio a un posible intento de entrada de indígenas, verdaderos o simples infiltrados, aún no se sabe, para supuestamente saquear el Puerto Principal, donde sí hubo saqueos aislados. Nebot en sus horas lanzó su famoso grito que le pesará en sus expectativas de ir a la Presidencia, “vuelvan a sus páramos”, llamado que fue tomado como racista, anti indígena, anti serrano, anti protestas.

El Ministro de Defensa Oswaldo Jarrín, atrincherado en sus preceptos de la época de la Ley de Seguridad Nacional, amenazó, acusó, hizo discursos políticos dignos de la “Guerra Fría” y la Ministra Romo no se quedó atrás al desdecirse de su militancia en posiciones progresistas para secundar la terquedad de su empleador, el Presidente de la República. Con ello, la Ministra cavó su sepultura como política y activista social.

Escaldado quedó el Gobierno y el círculo que le indujo a asumir la cómoda par ellos, y egoísta, carga de eliminar subsidios que a los sectores empresariales no les afectaba para nada, pero que en cambio ha sido considerado aquel subsidio tradicionalmente, sea o no verdad, como un escudo contra la desenfrenada alza de los combustibles. Los “infiltrados” desaparecieron como por conjuro luego de los diálogos que pusieron fin a las jornadas, cuando unos emplumados y pintados los rostros líderes indígenas aparecieron, acto por supuesto destinado al consumo de la bienpensante sociedad europea y en general del exterior, al parecer como “Toro Sentado” ante la capitulación de “caras pálidas”, no por caucásicas, sino por la palidez del miedo.

El Gobierno de Lenín Moreno dejó su talante conciliador para aparecer como un neoliberal intolerante. Los indígenas “descubrieron” que ahora tienen en sus manos un tesoro, no el oro o el petróleo, sino la llave que cierra los caminos y atemoriza a las ciudades. Finalmente, el correísmo, con legisladores y dirigentes refugiados en la Embajada del México de López Obrador, deberán explicar algunas coas hoy oscuras.