Google Translate Widget by Infofru

Author Site Reviewresults







        

Hacia el final de la novela, una reflexión nos concierne, porque constituye una síntesis de nuestra triste historia patria, y porque sigue vigente a estas alturas del siglo XXI: “…para ser algo en el Ecuador –donde los patanes califican el mérito de los hombres decorosos-, es necesario no ser nada”

No bien hubo cundido el rumor sobre el triunfo patriota en Pichincha, el capitán Mideros sintió que un corpulento moreno, del ejército español en desbandada, lo hería y, ya en el suelo, trataba de asfixiarlo. Tras una desesperada resistencia, el capitán perdió el conocimiento. Se despertó, bañado en sangre, cuando creyó escuchar, incrédulo, la voz suplicante de Aurora, la amada imposible: -Vuelve, vuelve en ti, esposo mío.

Así culminó su vida de soldado el capitán Antonio Mideros, al servicio de la causa libertaria. Era aún muy tierno cuando vio a su padre, Francisco, batirse cual una fiera en la revolución quiteña del 10 de agosto de 1809. Un año después, el 2 de agosto, volvió a verlo entre los heroicos combatientes que asaltaron el Cuartel Real de Lima en pos de liberar a los próceres de la revolución, encerrados en oscuras celdas y cargados de grillos. Pero la última vez que lo abrazó fue cuando el cadáver fue identificado entre el hacinamiento de cuerpos informes, recogidos por los frailes agustinos y apilados en la nave central del templo de San Agustín. Mezclado entre los muertos, había sobrevivido Mariano Castillo, testigo del valor con que Francisco Mideros combatió hasta caer sin aliento. Castillo será en adelante maestro del huérfano y, poco después, animador infatigable y compañero de lucha del joven soldado, convertido en guía de las tropas revolucionarias en la niebla de los Andes.

La victoria ofrecía un brillante porvenir a la carrera militar del capitán, elogiado por Sucre ante los comandantes. ¿Por qué, entonces, prefirió que un final romántico cambiara su destino? La respuesta avanza a lo largo de la novela “Relación de un Veterano de la Independencia”, de Carlos R. Tobar, publicada en 1891 (Círculo de Lectores, 1987), obra en la cual el autor confía a la memoria de Mideros la descripción del estado de la sociedad colonial quiteña en tiempos de la emancipación y le encarga la narración del proceso bélico y de los horrores de la guerra.

Ferviente militante de la revolución fue Mariano Castillo, intelectual que no dudó en lanzarse al campo de batalla para defender sus ideales. Soñaba en una República conformada por hermanos, no por súbditos, gobernados por autoridades sabias y justas. Sin embargo, no dejaba de preocuparle el temor de que la emancipación abriera la grieta para sepultar a un dueño y de que luego saliera de allí mismo un nuevo amo, ante la indiferencia de la muchedumbre. Era evidente que la guerra se libraba entre hijos de españoles contra españoles; indios, negros y mestizos no contaban, pues eran reclutados como carne de cañón por ambos bandos. Al comienzo de la gesta heroica, en plena batalla, se disputaron el mando del ejército patriota los marqueses de Selva Alegre y los de Villa-Orellana.

No fue, pues, un final romántico el que cortó la carrera militar de Antonio Mideros, sino el desencanto. Alcanzada la independencia, se hacía realidad el recelo transmitido de maestro a discípulo: los países recién independizados se iban convirtiendo en botín de caudillos ambiciosos. Decepcionado, el propio Castillo se retiró a Piura y una mañana se disparó un tiro. Hacia el final de la novela, una reflexión nos concierne, porque constituye una síntesis de nuestra triste historia patria, y porque sigue vigente a estas alturas del siglo XXI: “…para ser algo en el Ecuador –donde los patanes califican el mérito de los hombres decorosos-, es necesario no ser nada”.

Indiscutible testimonio histórico, la obra de Tobar es una gran novela que cautiva por el esmero, elegancia y musicalidad del estilo; resulta hoy recomendable para otro tipo de aproximación por parte de los jóvenes: la lectura en voz alta. En los extensos e incesantes períodos enumerativos, la voz es obligada a respetar los grupos fónicos y a desplazarse por todo el campo de entonación de nuestro idioma, guiada por el esmero en el arte de puntuar. A menudo, la prosa se acerca por el ritmo a otra línea melódica, sobre todo a la cadencia del verso endecasílabo que se percibe al final de numerosos párrafos; verbigracia, en las páginas 238, 248, 256, 270, 275, 282.