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por: Rolando Tello Espinoza

La trayectoria de un profesional forjado con esfuerzos y éxitos en la docencia, en la ingeniería, en el gremialismo, en la construcción y en la vida. Y sigue al frente de su trabajo, ajeno a la edad y hasta a la temible pandemia.

Raúl Carrasco Zamora, nacido el 6 de marzo de 1929, hace 93 años

Raúl Carrasco Zamora en 1951 conectaba los enchufes del alumbrado público de Cuenca al anochecer y los desconectaba al clarear un nuevo día. Con un gancho al extremo de una pértiga, accionaba el mecanismo anterior a los censores que operarían luego el sistema según la luminosidad natural.

Estaba recién graduado bachiller en el colegio Benigno Malo, luego de dos años de aspirar a marinero en la Escuela Naval de Salinas, pero frustró la carrera al no aprobar dos materias, sin permitírselo exámenes supletorios. Entonces se decidió por la Ingeniería, pero tropezó con el problema de las clases que empezaban a las siete de la mañana y él a las ocho reportaba su información a los técnicos de la empresa eléctrica. ¿Renunciar al empleo con 280 sucres mensuales, o a la Universidad? El profesor de las siete, Marco Tulio Erazo, comprensivo, le ayudó a resolver el dilema y facilitarle los estudios.

En 1957, ya Topógrafo, estuvo por suspender su carrera por razones económicas, pues ya llevaba tres años de matrimonio y hace mucho dejó su oficio en el alumbrado público. Pero se le abrieron caminos en la universidad, al remplazarle al profesor de Topografía, Daniel Palacios Izquierdo, de quien fue ayudante en el Laboratorio de Ciencias Físicas y Matemáticas y andaba explorando el potencial hidroeléctrico del río Paute en los desniveles topográficos de la Cola de San Pablo.

En 1959, ya ingeniero, se incorporó a la docencia en las facultades de Ingeniería y Arquitectura, así como al ejercicio profesional, asociado a constructoras de proyectos viales, de puentes y edificaciones. Lo que hoy importa es conocer de sus experiencias en la obra de El Labrado, hace medio siglo, entonces la más importante del país en cuanto a tecnología e hidroelectricidad.

La construcción fue adjudicada en 1969 a la firma Técnica Cía. Ltda., presidida por Medardo Torres Ochoa, con Eugenio Castro Ledesma como Gerente y Raúl Carrasco Director Técnico, el último vivo para contar que la firma creada en 1968 ya había hecho puentes y otras obras en Cuenca, en Loja, Guayas y El Oro. En Cuenca, la empresa municipal ETAPA le había contratado cuatro tanques reservorios de 1.500 metros cúbicos de agua cada uno, en diferentes barrios, pero El Labrado fue el gran desafío por sus características, de diez mil metros cúbicos de hormigón ciclópeo de 24 metros de alto, más siete mil de tierra compactada, en tres tramos de nueve metros de alto. La mole empezaba con espesor de 17 metros y coronaba en una vía de tres metros de ancho y más de 300 de largo. El peso total se calculó en 220 mil toneladas.

La obra fue contratada en las postrimerías de la alcaldía de Ricardo Muñoz Chávez (abril de 1966-julio de 1970) y se la ejecutó en la administración municipal de Alejandro Serrano Aguilar (agosto de 1970-abril de 1977). El arzobispo Manuel de Jesús Serrano había ido a bendecir el inicio de los trabajos. Los diseños y estudios hizo la firma canadiense Ingledow Kidd y Asociados que, con la nacional Inconet, asumió la fiscalización, a cargo de Ian Mackintach, técnico que pasó siempre en la obra.

¿Cuándo se contrató la obra? La Empresa Eléctrica Regional no tiene información. El periodista Hugo Ordóñez publicó en El Universo el 21 de marzo de 1970 el artículo “Nuestra Electrificación”, enviado el 9 de ese mes al diario, que dice “el martes último” se firmó el contrato de la presa. Sería el 7 de ese mes.

El transporte de los materiales –hierro, arena, tierra, piedras y cemento- fue difícil, por la precariedad de la carretera de 40 kilómetros que apenas permitía usar volquetas de pequeña capacidad. Raúl Carrasco fue a España, donde se construía la represa La Almendra, para conocer técnicas que pudieran aplicarse en Cuenca.

Allí observó que para transportar materiales de un extremo a otro se utilizaba un blondín, accionado con poleas a través de un cableado, y también un sistema de rieles para un pequeño vehículo motorizado de carga. Entonces acudió a Rosendo Mejía, experto en metalurgia, para proponerle que hiciera esos equipos. “Fue extraordinario el talento del artesano que de inmediato hizo todo en el sitio y su aporte fue clave”, recuerda el nonagenario profesional.

También recuerda una anécdota: por entonces se exhibía en Cuenca la película Zorba El Griego, en la que un funicular cae al suelo y el protagonista Anthony Quinn festeja con una danza que es un grandioso espectáculo. “Ahora baila”, dijo Medardo Torres al maestro Mejía que, alegremente, corrigió las averías de su invento estropeado con pequeños daños apenas puesto a funcionar. Él fabricó también una trituradora de piedras para hacer el ripio.

La presa encareció por el imprevisto acarreo de tierra desde sitios lejanos, para mezclarla y compactarla, pues la del entorno no tenía calidad para asegurarle una larga vida. Por esos tiempos los contratistas honraban sus firmas, sin pretextos para pedir reajustes de precio. “No nos fue bien económicamente pero cumplimos”, dice el personaje, seguro de que El Labrado es obra emblemática de su profesión, pues sigue útil y operativa en aquel gélido paraje.

Los episodios le afloran al ingeniero Carrasco como de una veta geológica para evocar la construcción de la presa: Medardo Torres ejercía el vicerrectorado de la Universidad de Cuenca clausurada por el presidente Velasco Ibarra el 22 de junio de 1970, llevándole preso a Quito al rector, Gerardo Cordero León. Entonces el ingeniero Torres prefirió confinarse varios meses en El Labrado, para no correr igual suerte.

La obra entusiasmaba a los técnicos y a sus cuarenta obreros, así como a los proveedores de materiales con sus volquetas rugientes por la cuesta antes milenariamente silenciosa y solitaria. Los nombres de Armando Cordero y Harman Valdivieso surgen a su memoria que, como la presa, no ha envejecido en medio siglo. A un gringo de apellido Fisher le vio alguna vez chapoteándose en el río para recoger arena y venderla para la presa, pero al ser tan poco lo que ofrecía se prescindió de él, pues hasta hoy no habría podido entregar las miles de toneladas del material extraído del río Machángara.

También ocurrieron experiencias insólitas. Su hijo Fabián, adolescente, solía acompañarle y gustaba manejar una máquina de transportar materiales, o pernoctar en el campamento, donde hizo amigos para ir de pesca o caza por los montes. Una vez ya era noche y no regresaba, causándole una gran preocupación. Al otro día, temprano, asomó entusiasmado para contar el aprendizaje de lo que eran la noche y el amanecer en los cerros inhóspitos. Décadas después, (2011–2016), Fabián, también ingeniero, sería Rector de la Universidad en la que su padre fue estudiante y docente.

Por los cerros de Saymirín se conectaban caminos traficados por contrabandistas con mulas cargadas con “perras” de aguardiente desde tierras calientes de la provincia del Cañar. A veces pedían hospedaje en rincones del campamento para guarecerse en la noche y se les concedía. Otras veces eran los guardias de estanco los que pedían alojamiento y también se los daba: unos y otros llegaron a ser amigos de los fabricantes de la represa que precavían con prudencia el riesgo de un mal encuentro entre ellos.

“En el fondo, yo prefería ponerme de parte de los contrabandistas. Alguna vez, al tener anuncio de que los guardias llegarían esa noche, mandamos a avisar a los contrabandistas para que se pusieran a resguardo. Los empleados del estanco, cansados de esperarlos, retornaron a Cuenca, dejando el camino libre para que las recuas de contrabando siguieran por sus caminos”, evoca.

El ingeniero Raúl tenía consciente o inconscientemente razones para estar de lado de los contrabandistas. Él era niño de cinco años cuando en 1934 su padre, Agustín Carrasco Valdivieso, recibió un disparo de guardias de estanco que le causaron la muerte en su hacienda La Playa, en Nabón, donde como en Saymirín, cruzaban caminos de los contrabandistas y sus cazadores.

Era de noche. Los negociantes del licor habían ido a pedir que don Agustín intercediera para recuperar las mulas y los alijos confiscados. “Mi padre había salido de la casa con una linterna como señuelo para un encuentro. Pero la respuesta fue un disparo certero en dirección al foco que proyectaba una raya de luz en las tinieblas. Mi padre entró a la habitación a manos de mi abuela materna y una empleada que le sostenían, pero instantes después estaba muerto”, dice el hombre que recuerda ese episodio como lo más cruel que vio y vivió en su infancia y en su vida. Por eso, siempre, prefirió a los contrabandistas, sin haber sido nunca parte de ellos.

Al cumplir este 6 de marzo 93 años, admira la frescura de su mente y la robustez de su cuerpo para pensar, recordar y caminar ágilmente. Jubilado desde 1996 en la Universidad, ahora dirige su fábrica de vigas pretensadas de hierro y hormigón en la parroquia Jadán, al suroriente de Cuenca, desde hace más de veinte años, con la marca RFV, iniciales de Raúl, su nombre, y de Fabián y Vladimiro, sus hijos. Antes de la pandemia del COVID él iba en la mañana y en la tarde a la fábrica, lo que suspendió varios meses por el confinamiento desde marzo de 2020, e ir luego dos veces por semana hasta el reciente rebrote que le obligó a otro encierro, del que ha empezado a salir para continuar la rutina de su vida y de su trabajo.

La presa cincuentona de El Labrado ha desvanecido los temores de hace medio siglo sobre su futuro. El periodista Miguel Merchán, del pseudónimo V. Noir, apuntó en los días de la inauguración: “Una obra de esta naturaleza mal ejecutada puede ocasionar gravísimas tragedias como ha sucedido en diferentes lugares de la tierra. Cuando se produce la rotura del muro o del dique donde se abren las compuertas para dar paso a las aguas, estas arrastran lo que encuentran a lo largo de kilómetros y más kilómetros… Abrigamos la esperanza y la confianza de que nada desagradable sucederá en El Labrado”. Y nada ha sucedido, pues pese a los avances de la tecnología, es referente de seguridad para proyectos similares hoy en marcha.

Por eso Raúl Carrasco, luego de su trayectoria académica, de especializaciones en Japón y España, de haber fundado el Colegio de Ingenieros Civiles y la Cámara de Construcción de Cuenca, de haber sido Prefecto del Azuay y de 1990 a 1992 Ministro de Obras Públicas, guarda inolvidables recuerdos de esta gran obra profesional.

Raúl Carrasco y Violeta Castro, que contrajeron matrimonio el 27 de diciembre de 1954, con sus hijos María Eulalia, Lucía, Fabián, Vladimir, Raúl y Eduardo.

Cargado de años, de sabiduría y de fortaleza física, es hombre de conversar infatigable y agradable. Desde 1968, por comodidad, cuando estudiaba en España, conserva su barba jovial y espesa que de rubia se hizo cenicienta y luego blanca, como la cascada que desborda de El Labrado, para confirmar aquello de que cada cosa acaba pareciéndose a su dueño…