Google Translate Widget by Infofru

Author Site Reviewresults







        

 

La calle Borrero, con la acequia que desciende desde el barrio El Chorro, entonces se llamaba La Victoria.

En la comodidad de vida del siglo XXI, a pesar de los sobresaltos y amenazas existenciales, la forma de afrontar las necesidades cotidianas hace más de un siglo hoy parecería increíble a los milenians que no sospechan de aquellos viejos tiempos

El 14 de marzo de 1896 el Intendente de Policía del Azuay impuso medidas de salubridad en Cuenca, ciudad con alrededor de 20 mil habitantes. El documento es una joya histórica sobre una realidad urbana y humana del pueblecito más “llanura grande como el cielo” que centro urbano con servicios públicos elementales.

Entonces empezaba a excavarse el sitio en el que se levantaría la Catedral de La Inmaculada; por las calles corrían acequias con agua para consumo humano o para evacuar desechos higiénicos. Faltaban casi dos décadas para conocer un automóvil; los dueños de las casas estaban obligados a prender mecheros en el frontis, en las diez y ocho noches del mes sin el alumbrado público de la luna…

 

NOMBRES DE LAS CALLES DE ENTONCES Y LOS DE HOY:

Malo, hoy Sucre; Pola, hoy Córdova; Rivas, hoy La Mar; Plaza, hoy Sangurima; Portete, hoy Tarqui; Zea, hoy Juan Jaramillo; Santander, hoy Gran Colombia; Carabobo, hoy Luis Cordero; Boyacá, hoy Benigno Malo; Solano, hoy Padre Aguirre; Parra, hoy General Torres; La Victoria, hoy Borrero; Pichincha, hoy Hermano Miguel.

La electricidad era algo remoto apenas escuchado; el avión un sueño; el teléfono un misterioso instrumento del que se tenía lejana noticia. Caminos precarios de herradura que conectaban por siglos con otras partes del país, se continuaban utilizando. El ferrocarril, esperanza lejana y extraña, del que se hablaba desde el gobierno de García Moreno, había vuelto a interesar a Eloy Alfaro, que ni presentía su “hoguera bárbara”.

Ya para la época Cuenca se había convertido en un referente nacional de cultura, con su universidad y el colegio nacional dirigidos por prominentes intelectuales forjados con esfuerzo, pese al aislamiento: Juan Bautista Vázquez, Honorato Vázquez, Remigio Crespo Toral, eran jóvenes valiosos e importantes, como lo fuera décadas atrás Fray Vicente Solano, primer periodista que abrió en Cuenca la puertas de las imprentas que esperarían un siglo para sacar un diario. Carlos Cueva Tamariz, político y hombre público de renombre en el siglo XX, no había nacido todavía, pero hace veinte años es finado.

El decreto de la autoridad policial para dictar normas de higiene que debía respetar la población.

El fútbol era aún un deporte ignorado y se hacía carreras de caballos, pesca con barbasco en el río Tomebamba en los días festivos y devotas procesiones al madrugado son de rosarios de la aurora. Los templos ya proliferaban por la ciudad y se los construía otros, mientras llegaban comunidades religiosas del exterior a consolidar las devociones que había cargado con su cruz a cuestas a las generaciones venidas desde la fundación española.

La aburrida vida cotidiana era “municipal y espesa” y la corrupción era desconocida, quizá mala palabra, pues por aquellos tiempos eran pecados mortales los robos públicos y privados y se castigaba sin contemplación a los culpables, hoy “presuntos” culpables.

Personajes políticos y líderes religiosos, culturales y sociales predominantes en el siglo XX no habían nacido todavía cuando el Intendente de 1896 dictó esas medidas severas de salubridad en Cuenca. Y ahora de ninguno quedan ni las cenizas, pero son parte de la historia cuencana, de su desarrollo, de su sociedad. Los grandes emprendedores del progreso industrial y comercial tampoco habían nacido, pero el tiempo arrollador ya los ha alejado de este mundo y hoy de ellos quedan sus descendientes.

En fin, aquel decreto puesto en vigencia hace un siglo y casi tres décadas, vale conocerlo, apreciarlo y valorarlo como testimonio de un pasado que a la vez de reflexión, provoca ironía, con los adelantos experimentados en este lapso por Cuenca, el país y el mundo y más aún sus habitantes.

El documento permite advertir con admiración lindante en el estupor los caminos recorridos y de los que los milenians hoy tal vez ni sospechan, pero es preciso mostrarlos, para comprender que lo que somos y tenemos, tienen viejas raíces sustentadoras del presente y semillas con las que las nuevas generaciones mañana darán sus frutos.